jueves, 13 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 2ª Parte



Al día siguiente, no sabemos quien fue a esperar a quien para hacer juntos el camino a la escuela. Estaban deseosos de encontrarse y decirse las preocupaciones que le invadían. Daban por echo que en cualquier momento la Guardia Civil se presentaba en sus casas y se los llevaban presos, pero ese pensamiento mutuo no lo querían expresar porque demostraría el miedo que sentían. Anduvieron un trecho sin cruzar palabra. Fue Juan quien rompió el silencio diciendo que él sabia como escapar de la cárcel. La respuesta de Pedro fue fulminante.
-Tú eres tonto. ¿quien va a ir a la cárcel?
Juan se arrepintió de haber descubierto su miedo tan pronto. Quiso enmendarlo contando que una vez que detuvieron a un hombre y lo metieron en la cárcel.
-Sí, la que está en la calle donde Valdemiro, ¿y qué? -interrumpió Pedro.
Siguió relatando que él se acercó por allí y vio que la cárcel era igual a los cuarteles donde vivían muchas familias, que tenía la misma puerta de madera, y pensó que un familiar de ese hombre si le traía una caja de cerillas lo podían sacar dándole fuego a la puerta.
-Eso. ¡con una caja de cerilla lo arreglas!. ¿Y si nos vieron entrar en el huerto y para que no hablemos presionan a nuestros padres? -dijo Pedro.
-O a nosotros -dijo Juan.
-Pues a mi, aunque me maten no abro la boca -prosiguió Pedro.
-Ni yo tampoco voy a decir nada, aunque me metan en la cárcel.
Pedro preguntó si se había dado cuenta de una cosa, que el hombre que llevaba el burro no parecía de Tharsis.
-Yo también creo que no es de Tharsis. ¿Y eso que quiere decir? -pregunto Juan.
-Que si el hombre no es de Tharsis, y el dueño del huerto sí, es que esto es un complot -respondió Pedro.
-¿Qué es un complot?
-Que uno hace una cosa y otro otra, para que salga mejor -acertó a explicar Pedro.
-¡Ah! Ya. Como cuando vamos a poner los pájaros. Que tú pones el arbolete y yo llevo el jilguero y el jamá -dijo Juan.
-Sí, eso mismo.
-El dueño de ese huerto no es quien llevaba el burro con la caja -dijo Juan- Que yo lo conozco.
-Sí, pero es quien dejó la puerta del huerto y de la choza abiertas para que otro metiera allí las cajas -respondió Pedro.
-¡Uf!, Pedro, me estas preocupando más. ¿pero que hacemos?
Llegaron al llano de la escuela donde confluían los niños de todo el pueblo. Se dirigieron a la clase de D. Gonzalo. A la entrada estaban apilados algunos troncos de madera que la Compañía suministraba para encender la chimenea. Los niños mayores se ofrecieron voluntarios para acarrearlos dentro. Otro niño estaba preparado para tocar la campana. El maestro estaba de pie en el entarimado e iba mirando a los alumnos al entrar. Pedro y Juan no se sentaban juntos y cada uno fue a su asiento.
Antes de ocupar su sitio, Pedro le había dicho que al recreo le dijera a Diego que los acompañara a las vías del tren.
-¿Qué Diego, “Dieguito”? -preguntó Juan.
-Sí, “Dieguito”, dile que vamos a ver pasar a mi tío, que si nos ve tocará el silbato de la locomotora.
Las vías del tren que venían de Sierra Bullones pasaba por bajo de la escuela. Los maestros no querían que los niños se acercaran por allí, pero cuando maquinistas, fogoneros, o guardafrenos no eran padres de unos, eran tíos o familiares de otros. Este trayecto acercando los vagones de mineral hasta Filón Norte se hacía todos los días. A veces viajaba en la locomotora un jefe de la mina, porque ellos vivían en Pueblo Nuevo y hasta allí hubo un tiempo que llegó el ferrocarril.
La clase olía todas las mañanas a limpia. Tarea de limpieza que tenia encomendada Carmen, empleada de la Compañía, que también se encargaba de las oficinas. El compañero de Juan derramó un día tinta en el pupitre que manchó el suelo, pero le hizo seña con el indice en la boca para que no se quejara. Sabía que en un rato tocaría salida y la mancha en la madera y en el suelo no estaría al día siguiente. El crisolín lo limpiaba todo, y Carmen lo usaba con profusión.
A la hora del recreo y según lo acordado, Juan le propuso a Dieguito que fueran a las vías del tren. Que el tío de Pedro los saludaría desde la locomotora. También podían poner algunas piedras en la vía y ver como el tren las pulverizaba.
Dieguito era hijo único, vivía en una casa de empleados. Se enteraba de todo lo que explicaba el maestro, por eso, cuando teníamos alguna duda y no queríamos preguntar para que no comprobara que no estábamos atentos a las explicaciones en clase, luego se lo preguntábamos a Dieguito. Su padre, según era de dominio público, “mandaba algo”. -Contaría de él Pedro.
Era también el que más bromas sufría en sus carnes. El que más tebeos tenía de Roberto Alcázar y Pedrín. El que tenía fotos de equipos de fútbol y de futbolistas, que apenas tenía nadie. Porque le gustaba el fútbol, y se ofrecía el primero a formar parte de uno de los equipos que se organizaban, pero siempre le decían que lo quedaban de reserva y se conformaba. Aunque un día no hubo más remedio que ponerlo a jugar porque uno del equipo se llevó una patada en la cabeza y salio diciendo que no jugaba más. Entonces entró Dieguito y él solo marcó un gol. A partir de entonces ya se contaba con él.
La broma que peor llevaba es que le hicieran el gazpacho. Con varios niños encima poca resistencia podía poner a que le metieran hierbas por todo el cuerpo: camisa, pantalones, cuello; hasta en los calzoncillos. Lo aguantaba intentando que después hicieran el gazpacho con otro. Pero lo que de verdad temía es que tras esa broma venia sistemáticamente los dos o tres alpargatazos que le propinaba su madre, cuando le encontraba briznas y manchas de hierbas en la ropa. Le repetía que no se dejara hacer eso, que le tenía que lavar toda la ropa. Que no se juntara con niños tan salvajes.
Pero ni la alpargata de la madre ni sus indicaciones iban a influir para cambiar de amistades. Este cambio vendría casi un año después, y la verdad que todos lo echaron de menos. Su padre fue trasladado a Corrales, y lo que conocieron de él por unos tíos suyos que vivían en el pueblo, es que fue a un colegio en Huelva.
Antes de llegar a las vías del tren, el sitio acordado, vieron que Pedro ya estaba allí esperándoles.
Nada más llegar, Pedro le soltó a bocajarro:
-Eres un chivato, tú qué tienes que decir nada a D. Gonzalo.
Dieguito no sabia exactamente de qué era chivato, pero lo que le había dicho a D. Gonzalo hacía unos días, es que Pedro le había enseñado una pieza redonda que parecía de oro, y como creía que tenia que valer mucho, quiso que el maestro le asesorara cuanto dinero podía sacar por ella.
-No sé si D. Gonzalo te ha dicho cuanto puede valer, pero si quieres lo hablo con mi padre para que nos diga si es oro bueno o mezcla -contestó el acusado de chivato.
Pedro comprendió que a quien había acusado actuó de buena fe, que lo que creía oro no era tal si no bronce, y se lo iba a decir ahora mismo.
-Escuchame bien, -contestó Pedro- porque si no me haces caso, ahora mismo Juan y yo te hacemos un gazpacho.
Este era un castigo que no quería sufrir, porque los alpargatazos y reproches de la madre le llegaban al alma.
-Explicarme qué queréis que haga -respondió.
-Mira, la pieza que te enseñé, maldita la hora, no es oro, es bronce. No vale como el oro, pero sí vale algo. Ahora quiero que me jures por tu madre, que lo que vamos a hablar no se lo vas a decir a nadie.
Jurar por su madre era lo máximo que se le podía pedir. Respetuoso con sus padres se dispensaban cariño mutuo, pero su madre era sagrada. Si nos hubiéramos acercado al confesionario que visitaba todas las semanas, seguro que no oiríamos un solo pecado en sus confesiones. A lo que D. Juan le diría que siguiera así y rezara dos padres nuestros.
-Os lo juro, no lo diré a nadie.
-No, júralo por tu madre.
-Lo juro por mi madre. -acabó diciendo.
Pedro se extendió explicando lo que descubrieron el día que hicieron la rabona. Las piezas de bronce guardadas en varias cajas en la choza de un huerto. Que estarían allí porque alguien las había robado para venderlas, y que el dueño del huerto, y el que las transportaban tenían un complot.
-No me digáis que también participan los guardas -respondió Dieguito.
-¡Los guardas! -exclamó Juan- esto es un lío y yo me quiero ir a mi casa. -dirigiéndose a Pedro- Tú lo que tienes que hacer es devolver esa pieza. Tú la cogiste y lo has liado todo.
-Al único sitio que vas a ir es a la cárcel. Y te va a llevar la Guardia Civil -contestó Pedro.
-Explicármelo todo si queréis que yo me entere y os pueda ayudar -les dijo Dieguito.
El tren pasó en ese momento y el maquinista, al ver a su sobrino, hizo sonar el silbato. Ellos reconocieron al conductor y le saludaron. El maquinista les gritó algo que los niños no escucharon, pero el fogonero sí: “Pedro, no vengáis por aquí”.
Ese día se unieron tres mosqueteros, que de haber leído a Alejandro Dumas no les hubiera importado hacer suyo el lema de los mosqueteros franceses: “todos para uno y uno para todos”. Habían decidido descubrir a los ladrones antes que los ladrones le descubrieran a ellos.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 6 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA



Una mañana de invierno Juan se revuelve entre las frías sabanas de la cama. Su madre acaba de llamarle: “tienes que ir a la escuela”. Su madre duerme en la misma cama, él y su hermana a los pies. Se levanta antes para ir preparándole el café con leche que desayuna junto a unas rebanadas de pan frito.
Antes tienes que quitarte las legañas”, le dice su madre, en la palangana con agua fría que le ha preparado en la cocina. Como el agua la tiene almacenada en el corral, en un bidón metálico que su padre trajo una vez de la mina y su madre cubrió interiormente con varias capas de cal, está fría como el carámbano. Mojando las punta de los dedos se las pasa por los parpados y cuando la madre no le ve le dice que ya se ha lavado. Otras veces, cuando no se levantaba con el tiempo tan justo como hoy, su madre coge un tiesto del “cuadrolata” y le calienta un poco de agua. Ese día sí se lavaba la cara de verdad. Es que cuando hace frio en esta casa es para temblar, como dice su abuelo, que se queja de los techos tan altos con que la hicieron. Alguna sabiduría le supone Juan a su abuelo porque desde siempre lo conoce con dos pulseras metálicas de cobre en ambas muñecas. Su madre le había explicado que eso es porque en su trabajo de guardafrenos había cogido mucho frio en el cuerpo y con esos adornos de cobre quería combatir la falta de movilidad que notaba en los dedos.
El café con leche ya estaba en la mesa junto a las rebanadas de pan frito. Algunas veces utilizaba como taza el envase metálico de una lata de leche, al que su padre ponía un primoroso asa y que colgaban en el cuadrolata.
El aparato de radio ya se había calentado y estaba emitiendo una radionovela, teatro radiofónico que tantos seguidores tenía entre las amas de casa. El aparato de radio era lo más moderno que tenían en casa, regalo del abuelo. “Yo me tengo que subir a una silla para encenderlo, conectando primero el voltímetro. Pero una vez vino un hombre y se lo llevó cargándolo en una moto y me dijo mi abuelo algo de cambiarle válvulas”. Le había comentado alguna vez a sus amigos.
Durante la radionovela se escuchaba una sintonía con una letra que a Juan confundía sobre el comportamiento humano: “diste fuego al chaparral y ahora que los ves ardiendo lo quieres apagar”
Este estribillo, al que le daba vueltas en la cabeza, acabó resolviéndolo condenando mentalmente a la pirómana: “si lo quería apagar no lo tenia que haber encendido”.
Llamaron a la puerta, y aunque estaba abierta, él sabia que era su amigo Pedro, para hacer juntos el camino a la escuela.
En la calle comprobó el frío que hacía. Se le metía por los perniles de los pantalones cortos y le llegaba hasta la barriga.
Le dijo a Pedro que se aligerara, que lo mismo sonaba la campana y les cogía bien lejos del llano de la escuela, desde donde antes de cerrar la puerta lo mismo les veían llegar. Pero sonó la campana cuando no estaban ni a mitad del camino y sabían que no llegarían a tiempo. Les costó decidir entre volver a casa y que sus madres comprobaran que habían faltado a la escuela, o hacer la rabona. Con algún remordimiento decidieron lo segundo. Se dieron ánimos para iniciar lo que no habían experimentado nunca, faltar a clase sin tener que ir al medico o quedarte con fiebre en la cama el día que tuviste paperas.
Se les ocurrió, que cuando los niños salieran de la escuela marcharían junto con ellos a casa, así las madres no sospecharían nada. Lo que no querían es que a la salida les viera D. Gonzalo, porque seguro que les preguntaba por su falta y la respuesta que darle todavía no la habían pensado. Mañana ya sería otro día y hasta se le podía olvidar que no estuvieron en clase. La clase de D. Gonzalo les resultaba muy amena, sobre todo cuando tenían que leer sobre la vida de “cien figuras universales” o “cien figuras españolas”, porque ponía mucho interés en que pronunciaran bien los signos de la escritura. La correcta lectura de una frase con interrogación o con símbolos de admiración. La diferencia entre una coma, el punto, o el punto y coma. También, cuando para introducirlos en la lectura, les hablaba de la vida o la historia del personaje.
Decididos a faltar a clase, se les ocurrió dar una vuelta por los huertos que había por los alrededores de la escuela. No esperaban encontrarse con nadie que les preguntara porqué no estaban en la escuela. Pasaron por un callejón donde las tapias de piedras de unos huertos se unían con las tapias de los siguientes. Chozas rusticas con paredes deformes de piedra y barro. Chapas y tubos reutilizados para cualquier apaño. Zahúrdas con uno o varios cerdos que gruñían al oírlos pasar.
Uno de estos huertos tenía la puerta abierta, y la curiosidad por ver lo bien cuidado que se adivinaba y que no se escuchaba ninguna voz a lo lejos, les animó a entrar. En algunos huertos y por sus estaturas, no podían ver su interior, pues por arriba de estas paredes de piedras solían sobresalir espinadas chumberas que persuadían al más valiente.
Pasaron dentro. Aunque su extensión no sabían decir si grande o pequeña, calcularon que sería más o menos dos veces la superficie de sus casas. Pedro vivía en otra casa de la Compañía igual. Tenía un pozo con un brocal rematado en dos muros de piedra donde un travesaño de madera sostenía una carrucha herrumbrosa. El cubo de cinc, cubierto de bolladuras y el contorno desgastado, estaba bocabajo junto al brocal; encima un trozo de cuerda de cáñamo enrollada en espiral, que por su extensión se adivinaba que el agua no estaba a mucha profundidad. Al otro lado del brocal había una pileta toscamente construida que contenía dos viejos culos de lebrillos, que antes de acabar aquí como maceteros debieron tener otros usos y que ellos habían visto en las matanzas de los cerdos para recoger la sangre que manaba del cuello de los cochinos cuando el matarife les clavaba el cuchillo, y una mujer daba vueltas a la sangre con sus manos. Estos maceteros estaban ahora repletos de hierbabuena que impregnaban el ambiente con su fuerte y agradable aroma. La choza tenia una parra, ahora sin hojas por la estación, pero sus ramas cubrían todo un entramado de cables y tubos que se había construido a modo de pérgola.
La puerta estaba abierta, y les resultaba extraño no escuchar a nadie por los alrededores. ¿Porqué estarían la puerta del huerto y de la choza abiertas? Se preguntaban. La curiosidad era más fuerte que saber que lo que estaban haciendo no estaba bien, y que si sus padres se enteraban les darían una reprimenda. Empujaron la puerta para entrar. Un golpe de luz inundó toda la estancia. Algunas herramientas para trabajar el huerto estaban a un lado. Del techo colgaban algunas ristres de ajos. En un rincón y en varias cajas de madera estaban amontonadas muchas piezas y restos de otras. Creyeron adivinar tuberías, válvulas, manivelas, y todas de un color amarillento. Revolvieron con las manos. Pedro se fijó en una pieza redonda de color más encendido que le cabía en la palma de la mano. No saben que tiempo pasaron observando aquel “tesoro”, pero advirtieron que alguien se podía acercar porque se escuchaba el caminar acompasado de una caballería. Para no verse sorprendidos por si aquellos pasos se dirigían hacia donde ellos estaban, decidieron saltar el muro de piedra que bordeaba el trasero de la choza. Se refugiaron entre las ramas de los eucaliptos. Desde allí vieron llegar a un hombre que conducía un burrito. El animal llevaba en su lomo un bulto envuelto con una lona oscura. El hombre paró el animal a la puerta del huerto que acababan de abandonar y cerrando la puerta lo amarró a una rama del olivo que crecía detrás del pozo. La lona cayó al suelo y pudieron ver lo que ocultaba: una caja de madera igual a las que contenían tantas piezas de color amarillo. La curiosidad y temor a ser descubiertos los mantenía inmóviles sin perder detalles. Con esfuerzo puso la caja en el suelo y después la introdujo en la choza. Momento que Pedro hizo seña a Juan y aprovecharon para salir corriendo y alejarse de aquel huerto.
Calcularon que no faltaría mucho para ver salir a sus compañeros, unirse a ellos y marchar a casa como si no hubiera ocurrido nada. Como si no hubieran echo la rabona. Camino de casa, Pedro sacó algo del bolsillo y lo puso en la mano de Juan. Era el trozo de metal redondo y amarillo que habían visto en aquellas cajas. Se empezaron a preocupar por si el dueño lo echaba en falta. Pasaron algunos días y la preocupación se había disipado hasta que llegó a conocimiento de D. Gonzalo la posesión de la pieza amarilla y brillante, porque alguien se fue de la lengua pensando que aquello tendría mucho valor.
La llevaron y se la entregaron en privado, asegurándole que la habían encontrado de forma casual. Se enteraron que aquella pieza era una pequeña polea de bronce, un material muy apreciado y caro, les dijo D. Gonzalo. Pedro y Juan se miraron y pensaron lo mismo. Aquellas cajas estaban llenas de bronce, y si estaban ocultas es porque alguien pensaba venderlas para obtener una importante cantidad de dinero. Vaya dolor de barriga que les entró, pensando que acabarían en la Guardia Civil contando todo lo que habían visto.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019




jueves, 9 de mayo de 2019

El pino de la calle Larga, referencias a Tharsis



Tenía subrayado párrafos en varias páginas del libro: “el pino de la calle Larga”, del puebleño Sebastián García Vázquez, que ahora, cuando van a rendirle homenaje en su pueblo, me vienen a la memoria.
Aparte de su interesante relato costumbrista, donde se recogen tradiciones, fiestas, y habla popular que nos son tan familiares, destaca igualmente la relación mantenida con Tharsis. No solo que puebleños abandonaran una larga tradición agrícola para emplearse de mineros, también que utilizaron el transporte ferroviario para un más cómodo y rápido desplazamiento a la capital. O mantuvieron con la Tharsis Sulphur relaciones comerciales.
Debió de ser, después de Alosno, de donde más personas acudirían al poblado que se estaba formando y que tanta mano de obra necesitaba, tanto mujeres como hombres. Que se emplearon en cometidos que poco tenían que ver a los que estaban acostumbrados. Quizás el más familiar pudo ser el de transportar mineral a lomos de caballería hasta Gibraleón, antes de la construcción del ferrocarril. Aunque este cometido parece que los desempeñaron principalmente arrieros de Alosno. La mayor parte de estos nuevos mineros debió ser empleada en el desmonte y apertura de los tajos. Después, a medida que se incrementaban las exportaciones del mineral, se irían consolidando otros trabajos, aumentando la población y la mano de obra: en las galerías, en la fragua, en la construcción de viviendas, y sobre todo en la del ferrocarril; que una vez en servicio amplió la oferta de nuevos oficios: equipos de mantenimiento, guardafrenos, guarda agujas, fogoneros, maquinistas, llamadores, etc. Esta afluencia de puebleños nos dejaron costumbres, apellidos, y familias en los dos pueblos; que se visitaban con regularidad. Compartían vivencias y seguramente arrastraban a otros familiares a abandonar el campo para cambiar de profesión. Mi abuelo, Francisco Ponce Macias, puebleño, cuenta mi madre que periódicamente, en un burrito y en compañía de su esposa, visitaba a los familiares que allí tenían, y que en estas visitas se intercambian regalos; telas o prendas compradas en Huelva, por productos del campo que traían a la mina. Entre las tradiciones, la más importante, la devoción por la virgen de la Peña, que trasladaron a sus hijos imponiendoles el nombre de la virgen. Esta relación entre puebleños viviendo en Tharsis y las familias que aquí crearon se mantuvo durante muchos años, quizás por eso, la colaboración de la Compañía para dar realce a la peregrinación al cerro del Águila, fue importante.
Pero la apertura del ferrocarril de Tharsis para viajeros, en 1881, supuso un fuerte estímulo económico para los pueblos cercanos, o por los que pasaba el ferrocarril. Relata Sebastián García, que en La Puebla se organiza el traslado en coche de caballos para recoger o trasladar viajeros hasta la estación. Si nosotros, una vez que bajábamos del tren, y en compañía de otros viajeros y los familiares que allí esperaban, hacíamos el camino a casa como en una peregrinación, que eso parecía Vista Hermosa; pero entre contar las anécdotas del viaje con los ojos llorosos de la carbonilla de la locomotora, con los coscorrones del traqueteo de los vagones, en un santiamén estábamos en el llano de la Escuela Grande. Los viajeros de La Puebla montaban en coche de caballos para llegar a sus casas mucho mas tarde. El autor, en el libro, incluso le pone nombre al conductor del coche que dos o tres días por semana hace el camino entre la Puebla y Tharsis trasladando viajeros.
Este interés por mejorar el transporte en ferrocarril fue puesto de manifiesto en 1882, cuando vecinos y autoridades de La Puebla y Paymogo vinieron a protestar a las oficinas de la Compañía para que pusieran un apeadero de la linea en Pueblo Nuevo, lo que acortaría algo el trayecto para quienes se desplazaban desde estos pueblos. Igualmente el reemplazo de mozos para el ejercito, que salían de La Puebla, acudían en caballería hasta la estación.
Aunque el hilo conductor del libro gira en torno a la fiesta del Pino, el Pino de San Juan alegre que decíamos entre nosotros, a su alrededor se tejen unas vivencias y unos personajes muy bien “retratados” por el autor.
Se habla igualmente de los varios casinos con los que constaba el pueblo, aunque por la descripción no creo que alcanzaran la dotación y servicios que prestaba el de Tharsis desde 1880. Sí destaca el autor que los mineros que acuden a estos casinos, trabajadores del Lagunazo o Las Herrerías, solían leer la prensa. El trabajo del campo requería mucha mas horas de dedicación diaria, mientras que el minero que terminaba su turno, la caminata hasta el pueblo no le robaría tanto tiempo como a quienes emigraron a Tharsis, para quienes seria mas factible quedarse a vivir allí, y con ello formar una familia.
Si por la distancia y la dificultad del transporte en el siglo XIX es más asequible el desplazamiento desde Alosno, el conocimiento de la puesta en explotación de los “grandes escoriales del Alosno” debió ser conocido en ambos pueblos antes que en otros más alejados. Deligny relata que se dejó acompañar por un guía desde la Puebla para reconocer los escoriales. También entre La Puebla y Alosno se plantearon recursos por el uso de los terrenos para pastoreo de la Huerta Grande, donde confluían ganaderos de uno y otro pueblo, por lo que pudieron estar al tanto de la actividad minera que se estaba desarrollando. Pero por lo que sabemos, la influencia de Francisco Limón Rebollo, alcalde de Alosno, fue muy importante en los primeros años de la minería en el poblado que acabó llamándose Tharsis.

José Gómez Ponce
Mayo 2019

jueves, 14 de marzo de 2019

CAMINOS, ARRIEROS Y BALANDRAS... Y 3ª Parte


EL FINAL DE EL CHARCO


El 17 de abril de 1858, un año después de habilitarse el embarcadero y demás instalaciones de El Charco, fue sancionada la ley que autorizaba a la compañía minera para construir un ferrocarril(51). El trazado del proyecto aprobado, cuyo diseño corrió a cargo de Deligny(52), partía de Tharsis para terminar en el «sitio llamado el Fraile, en la orilla del Odiel». ¿Por qué no se eligió El Charco como final de la línea? ¿Acaso se consideró desde el principio como un establecimiento provisional mientras se comprobaba la viabilidad del negocio? 
Éstas son preguntas que no hemos podido responder a la luz de las fuentes consultadas, pero lo que parece evidente es que la gran distancia entre aquél y el fondeadero del puerto y las dificultades que planteaba la navegación por los esteros debido al escaso calado, lo invalidaban para en un futuro centralizar las operaciones portuarias de transbordo a gran escala. 

Desconocemos si Deligny incluyó en su estudio la construcción de un embarcadero en El Fraile, lo cierto es que de éste no tenemos noticias hasta 1865, cuando es mencionado por Francisco Coello en el Informe sobre el Plan General de Ferro-Carriles de España (1865, 87). 
Por la escasa entidad que según los inventarios(53) hemos de atribuirle a este nuevo enclave, donde se habilitó sólo un pequeño muelle de madera y un almacén, es muy probable que también fuera concebido como sitio de embarque provisional para aliviar a El Charco de los problemas de espacio para almacenamiento que empezaba a padecer. Además, en agosto de 1867 se aprobó la prolongación del trazado férreo hasta el Puntal de la Cruz, incluyendo «las obras necesarias para el embarque de los minerales»(54). La compañía desechaba así a El Fraile como final del camino férreo, ya que al fin y al cabo presentaba, a pesar de estar más cerca del fondeadero, el mismo inconveniente que El Charco: la imposibilidad de acceso para grandes buques. Éste era un requisito indispensable para construir una moderna infraestructura de embarque que permitiera verificar las maniobras de carga del mineral directamente sobre la bodega de los buques, por ello será finalmente el Puntal de la Cruz el lugar elegido para establecer el Muelle de Tharsis. 
No obstante, ya antes de iniciarse la construcción de este enorme muelle de hierro, el Puntal se convirtió en el tercer punto para el trasbordo de mercancías de la Compañía, construyéndose para ello dos pequeños embarcaderos a partir de 1868. Desde entonces los tres puertos estuvieron rindiendo simultáneamente, pero éste fue ya el principio del fin de El Charco. De ello dan cuenta los inventarios, que reflejan un progresivo desmantelamiento de las instalaciones: por el de 31 de diciembre de 1868 se conoce que una de las grúas es remitida a la Punta; en 1869 se envía una casa de madera a Corrales y otra al Puntal junto con todo su mobiliario; y en 1870 se envía otra de las casas de madera a Corrales. Todo ello coincide también con lo que leemos en una serie de cartas redactadas desde mayo de 1874 sobre la necesidad de resolver lo que llaman «la cuestión del Charco», es decir, pagar contribuciones por unas instalaciones que entonces estaban totalmente inutilizadas: 

"Ayer se ha pagado en Huelva la contribución correspondiente al ultimo semestre de 1873 a 1874 por […] El Charco, de la jurisdicción de Gibraleón […] Es preciso ver si nos pueden hacer una rebaja, pues pagamos ahora lo mismo o mas que cuando el Charco era un establecimiento habitado y útil; sin embargo El Charco ni es habitado ni tampoco habitable, desde cerca de cinco años que esta abandonado completamente, las casas se han caído en parte y la que queda poco menos vale, solo vive un guarda, conservado por la empresa por sus buenos y largos servicios, el Charco no sirve absolutamente para nada, tiene cinco fanegas de tierra y algunas casas en ruinas o poco menos, sin embargo pagamos mil reales de contribuciones territoriales y de arbitrios, sin contar los recargos. Le ruego vea sis es posible hacer una exposición a la junta pericial [...](55)"

Por estas palabras de Solande debemos entender pues que hacia principios de 1870 El Charco fue abandonado, quedando allí sólo el guarda y su mujer. En 1875 se trató de alquilar las instalaciones a un tal Francisco Núñez, pero José María Monsalve impuso la condición de que el arriendo fuera anual «por si acaso necesitaba el establecimiento la Empresa inglesa». Las obras de reparación, tanto en el muelle como en los edificios, eran de bastante importancia, por lo que Núñez no aceptó finalmente la condición(56), aunque al año siguiente se le permitió, «por favor especial», meter en el almacén «alguna harina por un tiempo limitado y sin retribución de ninguna clase»(57). Dadas las circunstancias, Solande tuvo la idea de derribar los edificios y vender los materiales, pero la tasación de los peritos fue tan baja que Mercier, desde París, desestimó el derribo y ordenó que mantuvieran al guarda –contaba ya 84 años– y su esposa con un sueldo de 8 reales mensuales(58). 
Las últimas noticias escritas que tenemos de El Charco lo sitúan como base de operaciones para la construcción de la corta del Olivillo. En septiembre de 1876, antes de que Carlos Ma Cortés presentara el proyecto del nuevo canal, fechado en 28 de febrero de 1878, la Tharsis Sulphur tuvo a bien que ocupara, junto con sus operarios, «las habitaciones de la Casa grande que dan vista sobre el alpende», los cuarteles, la cocina y las chozas de operarios(59), probablemente para realizar los estudios del trazado y planteo de la obra y ahorrarse el viaje diario desde Huelva. 

Más tarde, cuando llegó el momento de elevar el proyecto a la Superioridad (27-03-1878), el Gobernador Civil lo hizo manifestando no estar de acuerdo con la opinión del Ingeniero Jefe de la Provincia, quien afirmaba que los braceros no acudirían a trabajar a un lugar tan alejado de la capital; para el Gobernador la solución era sencilla: «habilitarles un cuartel sin ocupación actual que hay cerca del embarcadero del Charco»(60), y así se hizo. Las obras, finalmente, no empezaron hasta abril de 1882 tras el acondicionamiento del lugar hacia junio de 1881, como afirma el mismo contratista, Miguel Cordero Toscano, en una carta enviada a la Junta de Obras del Puerto: «procedí al reparo de los edificios para instalación de trabajadores, trasladé las herramientas y material indispensable y establecí como consecuencia el Guarda para los mismos»(61). 

Finalizado el canal en 1890, las instalaciones debieron de caer de nuevo en abandono, aunque no sería descabellado pensar, habida cuenta del marcado carácter estratégico del sitio por estar ubicado a los pies de una vía de transporte fluvial y rodeado de tierras de labor, olivares, viñedos y molinos harineros, que los edificios fueran aprovechados por algún propietario colindante, como ya lo hiciera el citado Francisco Núñez. Lo cierto es que en el bosquejo planimétrico de Gibraleón, realizado en 1898, aparecen garabateadas en el lugar unas construcciones bajo la denominación de «Ruinas de las Casas del Charco» (fig. 8). Y aun en 1952, en un plano ejecutado por el Instituto Geográfico y Catastral, todavía se dibujan como «Cas. del Charco (ruinas)». En los vuelos fotogramétricos del Army Map Service de EE.UU. realizados en 1945-46 y 1956-57 no parece vislumbrarse resto alguno ni de los edificios ni del embarcadero: muy poco quedaría ya del antiguo poblado. Tampoco en los planos posteriores levantados para el Mapa Topográfico Nacional (1978, 2001, 2003 y 2013) se indica nada sobre las dichas casas. 
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Hasta aquí lo que hemos podido averiguar sobre El Charco, aunque queda mucho por investigar, desde luego. De hecho, lo expuesto plantea en ocasiones más preguntas que respuestas y es necesario profundizar en ciertos aspectos, algunos ligeramente esbozados y otros de los que prácticamente no tenemos información: los pormenores de la construcción del camino carretero; las relaciones entre los arrieros y la compañía minera; las particularidades arquitectónicas y urbanísticas que dotaron de funcionalidad al poblado portuario; la población que lo habitó, su organización y abastecimiento; la cantidad de mercancías que se embarcaron entre 1857 y 1870; etc. 

Al no haber podido realizar una prospección de la zona no podemos afirmar con certeza que no quede algún vestigio de los edificios. Sin embargo lo estimamos realmente difícil, ya que se ha podido constatar, con base en la información catastral disponible, que la actual parcela ha estado dedicada los últimos años al cultivo industrial de eucaliptos. Estas explotaciones se llevan a cabo con maquinaria pesada que ara enormes surcos, remueve el terreno a gran profundidad y abre los caminos necesarios para la plantación, tala y retirada de la madera. Se trata, pues, de un tipo de aprovechamiento forestal que puede arrasar con cualquier yacimiento que encuentre a su paso, y en el caso que nos ocupa hemos verificado hasta tres talas a través de la observación de imágenes satelitales fechadas entre julio de 2005 y junio de 2016: de haberse conservado alguna estructura antes de dar inicio esta explotación, estará muy dañada o habrá ya desaparecido. 

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(51) Gaceta de Madrid 28-04-1858, n. 118, p. 1: «Ley de 17 de Abril de 1858 autorizando á D. Eugenio Duclerc, Director de las minas de cobre de Huelva, la concesión de un ferro-carril para la explotación de dichas minas desde Tharsis al Fraile».
(52) Gaceta de Madrid 11-04-1858, n. 101, p. 4: «Dictamen de la comisión autorizando al Gobierno para la concesión de un ferro-carril que desde las minas de cobre de Huelva y sitio de Tharsis vaya á terminar en el de Fraile, orilla del Odiel».
(53) A.H.M.T., Inventario General Minas de Tharsis (1868), libro 477 y (1869), libro 481.
(54) G.U.A., Real Orden de 24 de Agosto de 1867 por la que se aprueba el proyecto reformado del ferro-carril de Tharsis al Fraile en el Río Odiel y su prolongación hasta el Puntal de la Cruz. Letterbooks 4/8 Mar 1871-1ov 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(55) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a José Sevillano, abogado de la Compañía, 28-05-1874. Letterbooks 4/11 May 1874-Dec 1875, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(56) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a José María Monsalve, 16-06-1875. Letterbooks 4/11 May 1874-Dec 1875, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(57) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a Enrique Gómez, Representante y procurador de la Compañía en Huelva, 25-05-1876. Letterbooks 4/14 Dec 1875-Dec 1877, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(58) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a José María Monsalve, 21-05-1877. Letterbooks 4/14 Dec 1875-Dec 1877, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(59) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a Enrique Gómez, 03-09-1876. Letterbooks 4/14 Dec 1875-Dec 1877, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(60) Archivo Histórico Nacional, Informe de la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos sobre el Proyecto de una corta en el Torno del Olivillo del río Odiel, por José Gómez Ortega, 23-05-1878. Fondo de Obras Públicas ± Puertos, leg. 15163-1.
(61) A.P.H., Carta de Miguel Cordero Toscano al Vicepresidente de la Junta de Obras del Puerto de Huelva, 19- 04-1882. Expediente de Obras “Corta en el Torno del Olivillo del río Odiel”, 1878-1910, leg. 110.

miércoles, 6 de marzo de 2019

CAMINOS, ARRIEROS Y BALANDRAS... 2ª PARTE

EL CHARCO 

El lugar conocido como El Charco, situado en la margen derecha de la desembocadura del Odiel, fue el primer enclave portuario que la Compagnie habilitó para el trasbordo de mercancías. 

Los únicos datos aportados sobre este sitio, así como de El Fraile y las primeras instalaciones construidas en el Puntal de la Cruz, los da Carvajal Quirós (2004) en su libro sobre Corrales, poblado minero surgido al amparo del Muelle de Tharsis. Basándose en los inventarios de la compañía custodiados en el Archivo Histórico de las Minas de Tharsis, el autor daba unas pinceladas sobre la importancia de estos tres emplazamientos en la consolidación de la empresa durante el periodo anterior a la construcción de las dos grandes infraestructuras, ferrocarril y muelle metálico. Nosotros, tras un estudio minucioso de tales inventarios(18) y añadiendo datos procedentes de fuentes coetáneas, como los Letterbooks del Fondo de la Compañía de Tharsis en el Glasgow University Archive, hemos podido reconstruir en parte la historia de El Charco y sus características como centro operativo de la compañía. 

Entre marzo y abril de 1857 comenzaron los franceses a construir el embarcadero y las instalaciones de El Charco en la capellanía de Luis Moret, con su aprobación verbal y la de Diego Garrido(19). Moret es probablemente el «cura de Gibraleón» mencionado en el citado informe dirigido a los accionistas (junio de 1860), quien tenía sólo el usufructo del terreno, por lo que no podía venderlo directamente sino intercambiarlo por otro. Parece ser que las negociaciones, iniciadas a fines de 1856, no fueron fáciles, pero Moret aceptó finalmente que la compañía diera inicio a la construcción de las instalaciones hasta que ésta pudo alquilar unas tierras colindantes y cedérselas al cura para su uso agrícola. El otro personaje mencionado debe de ser el olontense Diego Garrido y Melgarejo, perteneciente a una importante saga de políticos provinciales(20) y propietario de numerosas tierras tanto en Gibraleón como en otros pueblos de la provincia(21). Según leemos de nuevo en la carta de Solande a Mercier, parece ser que Garrido era íntimo amigo de «los Señores Deligny»(22) y tenía la dirección de los transportes bajo su responsabilidad, por lo que entendemos que tendría alguna relación contractual con la compañía francesa. Quizá las tierras de la capellanía habían sido cedidas por él a la iglesia de Gibraleón y de ahí la necesidad de contar con su aprobación para que la transacción tuviera efecto. 

                                    

Desconocemos las razones que motivaron la elección de este lugar ciertamente alejado del fondeadero de la ría, que era donde calaban los grandes buques a la espera de las embarcaciones que desde El Charco conducían las cargas de mineral aguas abajo. La poca profundidad de los brazos del Odiel obligaba a verificar estos trayectos de ida y vuelta en marea alta(23), de hecho, era necesario sortear una de las zonas más difíciles para la navegación en la desembocadura del río, el conocido como Torno del Olivillo. Al respecto del problema que para el tráfico portuario entre Huelva y Gibraleón suponía este torno, se pronunciaría Carlos Ma Cortés, primer Ingeniero Director de la Junta de Obras del Puerto, en 1878: 

“La completa perturbación del régimen de dicho río […] empieza como unos dos kilómetros aguas arriba de Huelva y se extiende en el mismo sentido hasta unos diez kilómetros de la misma población […] Fijando algún tanto la atención se comprende bien pronto, que el pronunciado torno del Olivillo, es el origen de toda la gran perturbación que se ha operado en esta parte del río, por consecuencia de las repentinas vueltas que obstruyen el paso de las corrientes” (24) 

Este gran inconveniente sería resuelto con la construcción de una de las primeras grandes obras de ingeniería hidráulica acometidas en la provincia de Huelva en periodo contemporáneo, la Corta del Torno del Olivillo, un canal de trazado recto de 1 km de largo por unos 40 m de ancho que atravesaría la Marisma del Burro hasta enlazar con el Estero de Cuartos, muy cerca de El Charco. No obstante, este cauce artificial no fue terminado hasta 1890(25), por lo que las balandras de la compañía, o surcaban el torno o el Caño de la Herrera, menos tortuoso pero que obligaba a rodear la Marisma del Burro 


Sin embargo, el lugar ofrecía también unas ventajas que debieron de considerarse prioritarias en un primer momento: una amplia extensión de terreno donde los cuadrúpedos de carga y de tiro podían pastar y descansar tras el duro y largo viaje desde las minas; tierra firme que permitía el acceso de los carros sin hundirse hasta la misma orilla del río; y el espacio necesario para construir cuarteles, chozas, almacenes, alpendes, etc. En total, según consta en el inventario de 1862, la compañía dispuso de cinco fanegas y media de tierra –cerca de 1,4 hectáreas– cuyo alquiler ascendía a 500 reales anuales más 1.000 por contribuciones territoriales y arbitrios al municipio de Gibraleón(26). Desconocemos la distribución de estas tierras en el territorio y en qué medida fue aprovechado, pero se trataba sin duda de una vasta extensión de terreno, como puede observarse en la figura 6.



Veamos ahora qué clase de instalaciones se construyeron en El Charco. En el inventario más antiguo que hemos consultado, el de 1862, se incluye el epígrafe «Inmuebles y construcciones del Charco», del que podemos inferir cómo el conjunto se había ido completando desde 1857: habitaciones compuestas de un gran almacén y alojamiento para empleados, oficina, cocina, casita para la báscula, alpende grande, un horno para cocer pan, un lugar para escusado, 11 chozas para obreros, un muelle construido de madera y piedras, un cuarto de recibir y 15 casas de obreros construidas en 1862. Con respecto al material de servicio de que se disponía para las labores allí realizadas, leemos en el artículo 3: 

Tabla 1. Material del Charco 

“1 Báscula de 5.000 Ng. 1 Aguadera. 2 Básculas de 3.400 Ng. 2 Cabrias. 2 Básculas de 1.100 kg. 4 Azadones. 1 Báscula de 1.000 kg. 3 Espiochas(27).1 Romana de 10 quintales. 4 Rodos(28) 2 Romanas de 3/2 quintales 1 Rastrillo 1 Peso de cruz con 19 pesas 11 Picos 32 Carrillos(29) 3 Marrillos(30). 14 Palas nuevas. 1 Palanqueta. 4 Planchas para embarque(31) . 3 Pisones(32).1 Banco de carpintero. 1 Torno de hierro colado. 1 Piedra de amolar. 3 Medidas para grano. 1 Maza de encina. 4 Faroles. 1 Almacén para agua. 50 Sacos de cáñamo nuevos. 4 Barriles para agua. 80 Sacos de cáñamo a medio uso.” 

Es decir, estamos ante un pequeño poblado minero-portuario dotado prácticamente de todo lo necesario para el trabajo y la vida de los jefes y operarios que allí habitaban. Habida cuenta de que en la partida de mobiliario se especifica el existente en los cuartos de Rafael González y Manuel Monsalve, es posible que ambos fueran los encargados del lugar. Quizá el segundo tuviera alguna relación de parentesco con José María Monsalve y Avendaño, representante oficial de la compañía en Madrid. Asimismo sabemos por el inventario de 1864 que el puesto de guarda almacén lo ostentaba un tal Agustín Horment. Custodiar las grandes cantidades de productos que allí se almacenaban (cobre fino, cáscara, lingotes, mineral calcinado y crudo, etc.) supondría una enorme responsabilidad que debía recaer en un hombre de absoluta confianza, por ello es posible que Horment fuera el hermano de Isabel Horment Lavignasse, esposa de Alfonso Le Bourg(33), Director General de la Compagnie. En los inventarios siempre se da cuenta del stock de estos productos en El Charco, contándose por miles de toneladas -hasta 8.000 según el Informe Anual de 1867(34)-, por lo que se trataba de un depósito de mineral de cierta capacidad. 

Entre 1862 y 1868 las instalaciones y el material de servicio de El Charco irán ampliándose progresivamente: en 1864 se incluyen 123 m de carriles y dos vagones; en 1866 se habilita otra cabria(35); y en 1868 se construyen dos alpendes para almacén de cebada y otros dos para depósitos de mercancías, se instalan una báscula para carros y una grúa y se incluyen tres lanchas y un bote de remos(36). La construcción de los alpendes para cebada ha de estar relacionada con el aumento exponencial de la cantidad de bestias de acarreo que vemos reflejado para estos años. En el inventario de uno de los almacenes en 1866 se da cuenta de la existencia de 678 piezas de hierro «para hornos Gerstenhofer»(37), tipo de partida que veremos repetida, junto con la de ladrillos y piezas refractarias para los mismos hornos, hasta el inventario de 1874. Carvajal Quirós (2004, 28), citando la misma fuente, afirma que estos hornos estaban situados en El Charco, pero creemos que se trata de una interpretación poco acertada del autor. Ni en éste ni en ninguno de los inventarios queda explícitamente indicado que los hornos estuvieran ubicados en este poblado, limitándose sólo a dar cuenta del depósito de tales piezas a la espera de ser enviadas a Tharsis, donde, lógicamente, se verificaban las operaciones metalúrgicas. De hecho, Checkland da cuenta de una carta de 14 de julio de 1868 que no deja lugar a dudas: «There were erected at Tharsis Gerstenhofer furnaces for the extraction of sulphur. The Tharsis Company had bought the exclusive Spanish rights for using these furnaces»(38)
Como ya hemos tenido ocasión de mencionar, en el embarcadero aquí construido, aparte de cargar el mineral se desembarcaban todos los materiales, de importación o de cabotaje, cuyo destino eran las minas, así lo vemos confirmado prácticamente en todos los inventarios consultados(39). Argumenta Carvajal Quirós en favor de su hipótesis que el motivo de ubicar aquí estos hornos era «evitar los continuos robos de torales de cobre que sufrían los arrieros y carreteros durante su transporte desde las minas a El Charco», por lo que era preferible transportar la cáscara, mucho más difícil de colocar en el mercado negro de la época, y transformarla en los supuestos hornos de El Charco. Es posible que esta relación que establece el autor provenga de una equivocada apreciación de las palabras de Checkland cuando dice: «The Company suffered heavily from thefts of copper in transit. It became necessary to acquire the land at El Charco where the depôt stood, in order to safeguard the installations and their use» (1967, 72). Realmente, lo que Checkland da a entender es que la necesidad de establecer las instalaciones de El Charco no sólo derivaba de las imprescindibles operaciones de trasbordo sino también de habilitar un lugar que garantizara la seguridad y vigilancia de las mercancías en depósito. 
Los robos debían de ser bastante comunes y el mismo Checkland (1967, 73) vuelve a referir a ellos para decir que la sociedad francesa tuvo que despedir a uno de los contratistas del transporte por sufrir hurtos por encima de lo tolerable, como si fuera algo asumido por la empresa de manera resignada. Ya comentamos lo precario del trabajo de arriería, por lo que no debe extrañarnos que algún arriero más espabilado de la cuenta hiciera su negocio a espaldas de la compañía. Esta situación es la que posiblemente explique que en el mismo año de creación de la Tharsis Sulphur (1866) los nuevos gestores rescindieran el acuerdo con los contratistas del transporte(40). Finalmente, otras objeciones a la aseveración de Carvajal son, de un lado, el hecho de que en las numerosas cartas que refieren a El Charco entre 1861 y 1875 no hemos leído ni una sola mención a los susodichos hornos, algo bastante chocante tratándose de un elemento tan importante. 
De otro lado, en los inventarios se incluye siempre el apartado «Fábricas», que da cuenta de instalaciones situadas todas en las minas (Fábrica nueva, Casa laboratorio, Hornos de cloruración, Canaleos, Corral de la cáscara, Almacén del cobre, etc.), y aquí es donde también aparece la partida «Hornos Gerstenhofer», sin especificar nunca que están ubicados en El Charco. 

El lo que respecta al transporte entre El Charco y los buques mineraleros que anclados en la ría esperaban su cargamento, sabemos que se usaron las conocidas como balandras. Probablemente, entre las embarcaciones pesqueras que entonces operaban en el puerto de Huelva –balandras, faluchos, místicos y laúdes–, era la mejor capacitada para maniobrar con grandes pesos. De hecho, de las mencionadas era la única que tenía cubierta, siendo además la favorita tanto para las aduanas marítimas como para los contrabandistas. 

El primer inventario que da cuenta de éstas es el de 31 de diciembre de 1864, repitiéndose esta partida, a partir de entonces, en todos los demás que se han examinado. Las que aquí aparecen sólo son las cinco balandras en propiedad, ya que parte del trabajo de carga y descarga de los buques estaba sujeto «a las condiciones de un contrato»(41). Aunque la empresa intentó siempre «hacer el servicio con menos barcos, a fin de utilizar de forma prioritaria los de la Cía.» y conservar un precio bajo de transporte para los que hacía falta «alquilar externamente», para 1870, año en que ya están rindiendo los embarcaderos de El Fraile y La Punta, cerca del 40% de las aproximadamente 650 toneladas de mercancías que embarcaban diariamente eran transbordadas por los contratistas(42). En una carta de 5 de noviembre de 1870 se relacionan todas las balandras particulares y su capacidad(43):
Tabla 2 . Nombre de la balandra y tonelaje 

Santa Isabel 27. S. Eduardo 27. Juana 25. Georgina 25. Sol 26. Fama 26. Venus 18. Carolina 23 



En lo relativo a los métodos de embarque, suponemos que serían distintos según el producto, ya que no es lo mismo cargar mineral en polvo, por ejemplo, que las planchas de cobre conocidas como torales. De hecho, por las cartas consultadas en el G.U.A., conocemos que los precios acordados con los contratistas de las balandras, que para 1869 son los señores Narváez y Welton(45), varían según el tipo de género trasbordado (mineral, carbón, madera, ladrillos, cal, etc.). Para las mercancías a granel se usaban los esportones, que tenían una capacidad aproximada de un quintal y aparecen siempre inventariados –hasta 6.000 llegan a registrarse en 1869–. Pero ¿cómo eran exactamente las maniobras de embarque y desembarque? Lo mencionado en la partida de material de servicio puede darnos alguna pista. 

Por una parte, las cuatro planchas de embarque conectarían con las balandras, bien desde tierra o bien desde el embarcadero, constituyendo el soporte para el paso de los operarios con las cargas menos pesadas. Por otra parte, es muy probable que las dos cabrias, o al menos una de ellas, estuvieran instaladas en el embarcadero para izar los grandes pesos, como los cargamentos de hierros o maquinaria. 

No sería sencillo para los encargados de cada embarcadero dirigir todas estas operaciones, ya que debían registrarse minuciosamente en las relaciones de carga y descarga y coincidir con las papeletas expedidas a los patrones de las balandras, sobre todo en el alijo de los efectos importados, que se verificaban bajo la vigilancia del lista de la aduana. Por las cartas sabemos que en muchas ocasiones no coincidían los datos de las relaciones con las papeletas expedidas, lo que obligaba a los encargados a realizar continuas revisiones y rectificaciones(46). Otro problema era la continua pérdida de los imprescindibles esportones de esparto, de cuyo suministro dependía la eficacia del embarque. Justo Rodríguez Alba, jefe de explotación, en carta de 28 de abril de 1870 dirigida a Alejandro Fernel, por entonces inspector del embarque, le habla sobre la necesidad de colocar un guarda esportones a bordo del buque que se esté cargando y lo insta a cobrar a los patrones de las balandras los esportones que falten en el retorno(47). Asimismo, encontramos otras misivas con quejas por el mal servicio dado por los patrones(48), por la falta de personal e ingobernabilidad de algunos trabajadores del embarque(49) o por la exigencia de los contratistas para aumentar el coste de los fletes, llegando a amenazar a la compañía con organizar huelgas(50). Sobre los precios de este transporte fluvial, comenta el ingeniero Sévoz (1860, 68) que, aumentado con los costes de carga y descarga en los buques, oscilaba entre 8 y 12 reales por tonelada. 

Continuará... 
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(18) Archivo Histórico de las Minas de Tharsis (A.H.M.T.), Inventarios Generales Minas de Tharsis. Los inventarios consultados pertenecen a los años 1862 (Libro 471), 1864 (Libro 472), 1866 (Libros 473 y 475), 1868 (Libros 475 y 477), 1869 (Libro 481), 1870 (Libro 483), 1871 (Libro 485), 1872 (Libro 487), 1873 (Libro 489) y 1874 (Libro 491).
(19) G.U.A., Carta de Alfredo Solande a Víctor Mercier, 26-10-1875. LetterbooNs 4/11 May 1874-Dec 1875, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(20) Fue el Diputado Provincial que tuvo mayor continuidad durante el reinado de Isabel II, llegando a ser Senador Electo en 1872 (1úñez García 2005, 142).
(21) Archivo del Senado de España, Expediente personal del senador D. Diego Garrido y Melgarejo, por la provincia de Huelva, 1872. En la Certificación de la Administración Económica de Huelva, fechada en 21 de mayo de 1872, se recogen propiedades suyas en Huelva, Aljaraque, Beas, Bollullos, Cartaya, Gibraleón, Niebla, Santa Bárbara, San Juan del Puerto y Trigueros.
(22) El hermano menor de Ernest Deligny, Oscar, trabajó para la compañía desde noviembre de 1857 como jefe de los servicios administrativos.
(23) G.U.A., Carta de Gregorio Coto, encargado de las balandras, a Alejandro Fernel, inspector del embarque, 19-03-1871. Letterbooks 4/8 Mar 1871-1ov 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(24) Archivo del Puerto de Huelva (A.P.H.), Memoria del Proyecto de una Corta en el Torno del Olivillo del río Odiel, por Carlos María Cortés, 28-02-1878. Expediente de Obras “Corta en el Torno del Olivillo del río Odiel”, 1878-1910, leg. 110.
(25) A.P.H., Liquidación de la Corta del Torno del Olivillo con el contratista Andrés Sáenz España, 04-03-1890. Expediente de Obras “Corta en el Torno del Olivillo del río Odiel”, 1878-1910, leg. 110.
(26) Los datos los hemos recogido de dos cartas: Carta de Alfredo Solande a José Sevillano, 28-05-1874 y Carta de Alfredo Solande a Víctor Mercier, 26-10-1875. G.U.A., Letterbooks 4/11 May 1874-Dec 1875, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(27) R.A.E., espiocha: especie de pico.
(28) R.A.E., rodo: cilindro muy pesado para allanar el suelo.
(29) R.A.E., carrillo: polea.
(30) R.A.E., marrillo: palo corto y algo grueso.
(31) R.A.E., plancha: tablón con tojinos o travesaños clavados de trecho en trecho, que se pone como puente entre la tierra y una embarcación, o entre dos embarcaciones y, por ext., puente provisional.
(32) R.A.E., pisón: instrumento pesado y grueso, de forma por lo común de cono truncado, que está provisto de un mango, y sirve para apretar tierra, piedras, etc.
(33) La Provincia 21-11-1925, a. LII, n. 13.254, p. 3, «Fallecimiento de Isabel Horment».
(34) R.I.U.H., Report by the Directors of the Tharsis Sulphur & Copper Co. Limited, to the First Ordinary General Meeting of the Members, 23-10-1867, p. 6.
(35) A.H.M.T., Inventario General Minas de Tharsis (1866), libro 473.
(36) A.H.M.T., Inventario General Minas de Tharsis (1868), libros 475 y 477.
(37) El químico alemán Moritz Gerstenhofer fue quien inventó este tipo de horno en 1860, poniéndolo a funcionar por primera vez en Freiberg (Sajonia) en 1864 (Kustel 1870, 58; Spude 2003, 117). Se trataba de un horno de cuba compuesto por terrazas en el que se vertía la pirita triturada para su tostación y extracción del azufre; tuvo un relativo éxito en la época.
(38) G.U.A., Carta del 14 de julio de 1868. Working Papers S. G. Checkland 11/36, Minute Books & Letterbooks, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(39) Sólo por citar un par de ejemplos, diremos que en el inventario de 1864 aparece la descarga en El Charco de un total de 1.059 toneladas de hierro colado traídas por seis buques: Lancashire Wirk, Exeel, Janet Jane, Halhamiel, Margaret Jane y Messinger. En el de 1866 aparecen en depósito 878 «palos» de distintos tamaños y 87 «palos cortados para traviesas» de la vía férrea.
(40)G.U.A., Carta de Alfredo Solande a Víctor Mercier. 26-10-1875. Letterbooks 4/11 May 1874-Dec 1875, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(41) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba, Jefe de Explotación de la Línea, a Adolfo Genot, Representante de la Sociedad V. Mercier y Compañía, 31-08-1869. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(42) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Adolfo Genot, 04-11-1870. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(43) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Adolfo Genot, 05-11-1870. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(44) Faro de Vigo 08-05-2014, «La imperecedera estética de la vela cangreja», Luis Tourón Figueroa. (http://www. farodevigo.es/portada-arousa/2014/05/08/imperecedera-estetica-vela-cangreMa/1019160.html)
(45) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Alfonso Le Bourg, 14-07-1869. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(46) G.U.A., Cartas de Justo Rodríguez Alba a Gregorio Coto, 15-05-1869 y 18-05-1869. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(47) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Alejandro Fernel, 28-04-1870. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(48) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Gregorio Coto, 19-08-1869. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.
(49) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Adolfo Genot, 31-12-1869. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.

(50) G.U.A., Carta de Justo Rodríguez Alba a Adolfo Genot, 04-11-1870. Letterbooks 4/7 Dec 1868-Mar 1871, UGD 57 Tharsis Sulphur & Copper Co. Ltd.