jueves, 27 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 4ª Parte.



Ni les importaba no seguir viendo la película, la “solución” de Pedro parecía alocada, y sobre eso continuaron hablando camino de casa. Pedro daba por hecho algo imposible: dirigirse a Talleres, llegarse a la Fundición y ver quienes trabajan allí. Pero como no encontraba apoyos, ni los podía encontrar, que dos niños deambularan por Talleres, quiso ponerlo más fácil diciendo que podían dar un paseo hasta la estación y ver si averiguaban algo.
-Yo lo veo complicado, porque según tú hay que ir un día de trabajo, y entonces ¿vais a faltar a la escuela, o las clases particulares? -dijo Dieguito.
Juan pensaba que en cuanto los vean merodear por Talleres  los cogerán de la mano, llamaran a sus padres, que de seguro se van a enfadar, y la reprimenda la tienen asegurada. Aunque el paseo hasta la estación sí que le gustaba a los tres. Por eso dijo:
-Pedro, eso yo no lo voy a hacer, a mi padre le disgustaría mucho.
El camino de la estación lo hacían diariamente obreros, pero era conocido también por las familias.  Raro sería quien no hubiera transitado por Vista Hermosa para llegar a la estación y coger el tren que trasladaba viajeros, junto a un convoy de mineral, al Puntal de la Cruz. Después abordar las canoas que allí esperaban para llegar a la capital. Este camino, arbolado en parte, se inundaba con los ruidos  de la febril actividad. Los primeros estruendos se escuchaban ya desde bien lejos, y procedían del Plano Inclinado de Filón  Norte, cuando los vagones cargados de mineral  eran arrastrados por cables desde el fondo de la corta hasta la cima del Plano, y descargados por gravedad en una especie de resbaladera, que provocaba ese enorme estrépito. Para que este mineral compuesto de trozos de distinto tamaño, algunos bien grandes, no saliera de la resbaladera y provocara algún accidente, colgaban unas enormes cadenas que dirigían el mineral a la Planta de Trituración instalada abajo.
Pasado el Plano, que quedaba a la altura de las oficinas de Filón Norte y el puente Negro,  continuaba el camino, que también carretera, sobre el único túnel que tenía el ferrocarril, construido en 1868. A la derecha, la Planta de Trituración, de donde llegaban otro tipo de ruidos, monótonos y constante: Trituradoras, conos, zarandas y cintas transportadoras. Donde se desmenuzaba y clasificaba el mineral. Desde arriba del túnel ya se veía la estructura enorme de los Talleres, y conforme se bajaba por la cuesta,  se percibían otros ruidos distintos: metálicos, de escapes de aire, de grúas deslizando por los carriles, de silbatos de locomotoras anunciando maniobras, de enganches o desenganches de vagones, de los parachoques  de unos vagones en movimiento chocando  con los de otros vagones parados. Y al final la estación, donde iban llegando los viajeros, pero nunca antes que las recoveras. Donde ruidos y voces empezaban a ser familiares. De las madres recomendando no moverse del asiento. De prevenir del coscorrón cuando el tren arranque, o  de no asomarse por la ventanilla que la carbonilla se mete en los ojos. 
Viendo Pedro que su idea no iba a ser compartida, y faltar a la escuela  para llevarla a la practica, ni a él le parecía acertada, pensó que dejar el paseo para un domingo no sería mala idea, y fue lo que propuso.  
 -¿Y porque no vamos un domingo, que no tenemos que ir a la escuela?
-Pero los domingos tampoco se trabaja en muchos departamentos -expuso Dieguito.
-Claro. ¿Pero qué podemos averiguar un domingo?  nada -dijo Juan.
La duda se apoderó de ellos. Se preguntaban, que si no conseguían averiguan nada, ni yendo un domingo, ellos sí podían ser descubiertos tarde o temprano. La preocupación que ya tenían les iba en aumento, y ni saben por cuanto más tiempo. Poco le faltó a  Juan de explicar las consecuencias en las que pensaba se iban a ver atrapados, recordando lo contado por su abuelo, si en ese momento no interviene Dieguito.
-Un momento, creo que lo puedo solucionar. 
-Sí, tú ¿vas a ir por nosotros, que no conoces a ninguno? -habló Pedro.
-No, que no tenemos que ir ni en domingo ni cualquier otro día -dijo Dieguito.
-Vale, que tú te chivas a tu padre y él  lo hace por nosotros -dijo Pedro.
-Pedro, ya me acusaste antes y te lo aclaré, no dudes de mi -dijo Dieguito. 
-Perdona, pero me estoy preocupando -dijo Pedro. 

Ya estaba decidido, ni en domingo se acercarían por Talleres. Errónea decisión, porque desconocían qué se hacía los domingos en Talleres, entre otras tareas. Si se acercaran el domingo como tenía previsto Pedro, hubieran conocido cosas  que les conducirían a resolver este asunto más pronto que tarde. Pero rechazando definitivamente ese paseo por Vista Hermosa,  no podían ver lo que todos los domingos ocurría en las escorias  que se arrojaban de la Fundición. 
Sí, los domingos acuden mujeres a rebuscar entre esas escorias. A poco que hablaran con ellas, les darían información que ni se podían imaginar. Esas mujeres recogían trozos de bronce que contenían las escorias, cuando al fundirse el metal se refina retirándole las impurezas. Contribuían así para conseguir un dinero que  falta les hacía en casa. Y ese dinero se lo daba quien estaba interesado por el bronce, un chatarrero de Gibraleón, que acudía regularmente para comprar todo el metal que encontraban. Pero esto no llegaran a saberlo si no dan ese paseo el domingo.
-Habla, ¿qué se te ha ocurrido? -le preguntó Juan a Dieguito.
La expectación provocada en Pedro y Juan era enorme. Quien no había visto las cajas robadas, ni a las personas  sospechosas del robo, dice que lo puede solucionar. ¿Qué explicación tiene? Se preguntaban.
-Sí, cuenta, ¿cómo se puede resolver esto? -preguntó Pedro.  
Verdaderamente la ocurrencia de Dieguito podía ser definitiva. Si se identificaban a los trabajadores de la Fundición, que era la solución que les parecía correcta,  aquí terminaría todo y conseguirían la tranquilidad que buscaban. Y luego, ¿qué harían? ¿ir a la Guardia Civil, o esperar que vinieran a tomarles declaración? ¿Qué sabía Dieguito que desconocían los demás? ¿Tan seguro estaba, o era más bien por introducir cierta tranquilidad en el grupo que  veía alterarse por momentos? 
Pero hay algo que ninguno de ellos podían saber, ni era de dominio público. Hacía días que se estaba preparando un homenaje a D. Guillermo Rutherford, gerente y presidente del Consejo de la Compañía. Este homenaje se dudaba si llevarlo a cabo en Tharsis, donde estaban las oficinas generales, pero finalmente el acto se celebró en Corrales. Pudo influir para ello la cercanía a Huelva y facilitar la asistencia de autoridades desde la capital. También que la iglesia y el cine de  Corrales estaban a escasos metros. Y el de Tharsis fuera más antiguo y menos adaptado que el Cinema Corrales.
Lo cierto es, que la prensa estaba informada de este homenaje y lo quería cubrir con un reportaje fotográfico. Para ello desplazaron  a Tharsis y a Corrales, periodistas interesados en escribir sobre la vida de los obreros, sus lugares de trabajo, de los servicios que disfrutaban: Casino, Banda de Música, Cooperativa, Caja de Ahorros, Escuelas.      
El responsable que acompañó a los periodistas  por los distintos departamentos de la empresa, fue el padre de Dieguito. Quien se presentó un día en casa con un álbum de fotos que le remitieron desde la sede del periódico. Lo enseñó, y comentó que eran  las copias del reportaje fotográfico, que ese fue el compromiso del periódico con la empresa. Dieguito había observado aquel álbum sin mucho interés, pero sí reparó que cada fotografía tenía al dorso un número y un pequeño texto. Ese texto correspondía con el pie de foto de las que aparecieron publicadas en los periódicos. 
-Mañana os traigo la solución -dijo Dieguito.
-¿Y ahora porque no puedes decirla? -preguntó Pedro.
-Qué más da esperar a mañana, yo estoy tan impaciente como tú -dijo Juan.
Dieguito se  arriesgó diciendo que tenia la solución, porque creía que una de las fotos era de los trabajadores de la Fundición. Y ojala no se equivocara. 
Quedaron en verse al día siguiente en los escalones de “La Posá”. Esa noche tenía que sacar la fotografía del álbum, y esconderla para enseñarla mañana a los que podían identificar a los sospechosos del robo. No quiso decirle nada al padre, porque entonces le haría preguntas que tendría que contestar. La envolvió en una página de periódico y la escondió detrás del cuadro de cabecera, que representaba a unos niños jugando a la gallinita ciega y un ángel de la guarda  vigilaba para que no cayeran a un estanque. El ángel que debería ayudarles a ellos, pensó.
En la escuela ni hablaron del tema. Estaban deseoso que tocara la salida para dirigirse al lugar de encuentro. Dieguito pasó por casa. Cogió la foto que había guardado detrás del cuadro, y la guardó entre la camisa y el chaleco. Sentados en los escalones de “La Posá” estaban Juan y Pedro.
-Venga, date prisa -le gritó Pedro viéndole llegar.
-Bueno, ya está aquí -dijo Juan.
La subida de la cuesta le hizo jadear y no atinaba a hacerse entender.
-Dinos ya lo que nos tengas que decir -Dijo Pedro
Metió la mano debajo del chaleco y sacó la hoja de periódico que envolvía la fotografía. 
Enseñó la fotografía diciendo:
-Estos son los trabajadores de la Fundición, aquí están los ladrones.
Pedro, casi se la arranca de las manos. Quedó asombrado mirándola. Juan le miraba la cara,  quería interpretar su gesto. Con cara seria se la pasó a Juan. Dieguito esperaba una respuesta, una exclamación, una risa.  

Continuará...
José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 20 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 3ª Parte




Los “tres mosquetero” marcharon a casa con indisimulada alegría. Se sentían importantes, iban a desenmascarar a unos ladrones. La Guardia Civil no vendría a por ellos, tenía que estar con ellos. Pero la euforia no les duraría mucho, porque ya en casa, algunos empezaban a ver complicaciones. O lo peor, que se estaban metiendo en un problema gordo, y lo mismo sin solución.
Juan, lo primero que hizo al llegar a casa fue preguntar por el abuelo. Le dijo que le iría a comprar el tabaco, un cuarterón, que le había encargado el día anterior. Al estanco de Domingo, donde siempre le mandaba. Cogió una peseta y dos monedas de 25 céntimos que le había dejado en el poyo de la cocina, y pasando por detrás del casino llegó al estanco. El trayecto se le hizo muy corto, porque seguía pensando la forma de abordar con su abuelo el problema que se le había presentado. Pensó: “Le llevaré el tabaco y le liaré algunos cigarrillos, porque él lo agradece por la dificultad que tiene en sus dedos. Después le pediré que me cuente lo que pasó a su primo Antonio, que ya lo tiene referido en casa, pero yo nunca le había prestado atención”. Tal como lo pensó, le salió la charla con el abuelo. Esta vez puso toda la atención al relato que era conocido en casa, pero comprendido por Juan por primera vez.
El abuelo le había contado que su primo Antonio, que marchó al extranjero, y que él no llegó a conocer porque aún no había nacido, era guarda de la Compañía; y en el departamento que trabajaba se produjo un robo de poca monta. No se pudo demostrar que ese día tenía que estar de guarda en el departamento donde robaron, y le sancionaron con multa de 20 reales y con apercibimiento. Al mes volvieron a robar en el mismo departamento, y por más que alegó que ese día alguien cortó la corriente eléctrica y no pudo cumplir bien su cometido, lo despidieron, lo obligaron a desalojar la vivienda y salir del pueblo. Y por supuesto que el ladrón recibió el mismo castigo.
Juan recordaba que el dueño del huerto donde están las cajas robadas, tiene un hijo algo mayor, en la clase de D. Antonio. Que la hermana es de su misma edad, y algunas veces coinciden en el camino a casa.
Pedro, quiso contagiarse de la alegría que él veía en los otros dos “mosqueteros”, pero su mente ya estaba trabajando un paso más allá, porque aunque creía tener la solución del problema, no conseguía imaginarse la forma de llevarla a la practica.
Es que al salir ese día de clase le había explicado D. Gonzalo que esas piezas tan finas y otras muchas, muy bien trabajadas, se hacían en la Fundición, Sí, se refería a la pequeña polea de bronce. Ya se veía como un detective, resolviendo el problema que les tenía preocupado. Bueno, a él no tanto como a Juan, que poco menos que se veía preso. Esto pensaba: “La solución está en que nosotros sepamos quienes trabajan en la Fundición, porque está claro que ese material ha salido de allí. Y como nosotros hemos visto al que trasportaba la caja; su cara, su estatura, su forma de andar. Y También conocemos al dueño del huerto, pues si trabajan en la fundición, caso resuelto. Porque seguro que esas piezas robadas les faltaran a alguien y lo harán responsable sin tener culpa ninguna”.
Estos razonamientos suyos resolviendo el problema, estaba ansioso por compartirlo con su “equipo”, como mentalmente los había calificado.
Dieguito, era el menos implicado en las repercusiones que pudieran tener lo que sabían y habían visto Pedro y Juan, pero como se ha comprometido a ayudarles, su palabra es Ley. Recuerda lo que su padre le refiere alguna vez: “hijo, lo que digas que vas a hacer, lo tienes que hacer siempre, porque si no, nadie creerá en ti”. Y él le ha dicho a sus amigos que cuenten con su ayuda.
Aunque también tiene una duda: que el problema sea mayor del que le han contado, por eso el temor que tienen a la Guardia Civil. Pero que él no cree que sus amigos hayan cometido delito. Que son testigos de un robo, y solo le han robado a los ladrones una pequeña pieza. Pero de eso están arrepentidos, pues así se lo ha dicho Pedro sin que Juan se enterara: “Que no la tenía que haber cogido, que Juan lleva razón”. También piensa decirles que él va al cuartel y juega con hijos de los guardias. Que van andando por detrás de las casas hasta la vieja iglesia, y después al “tenis”. Y bajan al cuartel pasando por la casa de huéspedes y las oficinas, donde vieron una vez la fuente echando agua. O que su padre va de cacerías con el “jefe” de los guardias, el brigada Cadenas, (Comandante del puesto de Tharsis) De cualquier manera, cuando se vuelvan a reunir, piensa que se aclararan algunas cosas.
El domingo se vieron en el cine. La cartelera anunciaba la película: “El Gafe”, con José Luis Ozores y Antonio Garisa, para todos los públicos. Juan estaba en la cola y apareció Pedro, que haciéndole seña se acercó y le puso dinero en la mano. Cuando llegó su turno, Juan le pidió a Felipe dos entradas. Pasaron dentro donde estaba Dieguito, al que había avisado Pedro porque sabía que Juan iría al cine. Se fueron directamente a los bancos, el sitio donde se vivía el cine, donde nadie se contenía metiéndose en la película: Cuando había que reír, las primeras risas salían de los bancos. Cuando aparecían los “buenos”, los primeros gritos de apoyo y aplausos salían de los banco. Pero cuando las escenas eran tristes y en otras partes del cine se escuchaba algún lloriqueo, en los bancos estaban más en callados que en misa. Antes que se apagaran las luces hablaron entre ellos.
-Deja ya de preocuparte, esto está solucionado -dijo Pedro dirigiéndose a Juan.
-Yo no estoy preocupado. ¿Porqué? - contestó.
-Pedro quiere que hablemos, no te lo he podido decir antes, dice que tiene la solución -dijo Dieguito.
-Bueno. ¿qué queréis? ¿que salgamos? -respondió Juan.
-Que no hombre, vamos a ver la película. Tranquilo. En el descanso hablamos -dijo Pedro.
Se había apagado la luz y se estaba proyectando el NODO (Noticiarios y documentales). Se escucharon algunos “schsssss”, y los “mosqueteros” dejaron de cuchichear.
Cuando se encendió la luz, porque anunciaba el descanso, los tres salieron juntos. No se tuvieron que decir que iban a orinar, eso se suponía siempre. Llegaron hasta el huerto de Moquilla, donde los muros de piedras toscamente construidos, denotaban el paso de los años y parecían mantenerse en pie de milagro. Los tres apuntaron hacia la pared, no fuera a pasar alguien y les diera vergüenza. Pedro terminó primero y esperó que terminaran los dos para empezar a contar su buena idea: La solución.
Juan estaba preparado para contar el temor que sentía ahora con lo que le había contado el abuelo. No sabía qué le preocupaba más, si acabar en manos de la Guardia Civil o que pasará lo que al familiar de su abuelo. Por eso decidió no mencionar el asunto y escuchar la “solución” de la que hablaba Pedro.
Dieguito también decidió callarse la valoración que él tenia del asunto, hasta esperar a escuchar la “solución” de Pedro.
Con una explicación mentalmente preparada, y que consideraba producto de su ingenio, Pedro se dirigió al “auditorio”. En la escuela los compañeros tenían buena opinión de él, pero si lo vieran en este momento comprobarían que derramaba arrogancia por sus poros.
-¿Sabéis donde se utiliza el bronce, y para qué se utiliza?. Se utiliza en la Fundición. Y se utiliza... (aquí repitió de memoria lo que había oído de D. Gonzalo) Luego, no me digáis que no se os ocurre la solución -acabó su discurso el perspicaz “detective”, mirando la cara que ponía su auditorio de dos personas.
Dieguito recordó en ese momento, que en su casa había una pequeña campana de bronce, que él solía tocar para disgusto de la madre. Que que su padre le había dicho que se hacían en la Fundición. Y que en las casas de los obreros había otras muchas piezas que se hacían allí. No era ninguna noticia que el bronce y otros metales se funden para hacer piezas, objetos, o adornos.
-Sí, a mi abuelo le regalaron unos cuchillos que también lo hacían en la Fundición -comentó Juan.
-Bien, si el bronce se utiliza en la Fundición. ¿donde tenemos que buscar a los ladrones? Pues en la Fundición -remachó el “detective”.
-Pedro, ¿quieres decir que como vosotros conocéis al dueño del huerto, y habéis visto al hombre que transportaba otra caja robada, si trabajan en la Fundición tienen que ser los ladrones? -preguntó Dieguito.
-¿Quien puede ser si no? -contestó Pedro.
-¿Y ahora qué tenemos que hacer, ver a los obreros que trabajan en la Fundición y si son los dos que nosotros conocemos? -preguntó Juan.
-Exactamente, nada más que eso.
-¿Y cómo vemos a los obreros de la Fundición? -insistió Juan.
-Eso no lo tengo aún resuelto, por eso os lo quería comentar -respondió Pedro.
Decidieron regresar al cine. Habían reído con la película y lo mejor es que siguieran riendo. La puerta estaba cerrada. Golpearon y les abrió Cayetano.
-¿Donde vais, si la película va a terminar?.
Ni se habían dado cuenta que Valdemiro ya había recogido el puesto.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 13 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 2ª Parte



Al día siguiente, no sabemos quien fue a esperar a quien para hacer juntos el camino a la escuela. Estaban deseosos de encontrarse y decirse las preocupaciones que le invadían. Daban por echo que en cualquier momento la Guardia Civil se presentaba en sus casas y se los llevaban presos, pero ese pensamiento mutuo no lo querían expresar porque demostraría el miedo que sentían. Anduvieron un trecho sin cruzar palabra. Fue Juan quien rompió el silencio diciendo que él sabia como escapar de la cárcel. La respuesta de Pedro fue fulminante.
-Tú eres tonto. ¿quien va a ir a la cárcel?
Juan se arrepintió de haber descubierto su miedo tan pronto. Quiso enmendarlo contando que una vez que detuvieron a un hombre y lo metieron en la cárcel.
-Sí, la que está en la calle donde Valdemiro, ¿y qué? -interrumpió Pedro.
Siguió relatando que él se acercó por allí y vio que la cárcel era igual a los cuarteles donde vivían muchas familias, que tenía la misma puerta de madera, y pensó que un familiar de ese hombre si le traía una caja de cerillas lo podían sacar dándole fuego a la puerta.
-Eso. ¡con una caja de cerilla lo arreglas!. ¿Y si nos vieron entrar en el huerto y para que no hablemos presionan a nuestros padres? -dijo Pedro.
-O a nosotros -dijo Juan.
-Pues a mi, aunque me maten no abro la boca -prosiguió Pedro.
-Ni yo tampoco voy a decir nada, aunque me metan en la cárcel.
Pedro preguntó si se había dado cuenta de una cosa, que el hombre que llevaba el burro no parecía de Tharsis.
-Yo también creo que no es de Tharsis. ¿Y eso que quiere decir? -pregunto Juan.
-Que si el hombre no es de Tharsis, y el dueño del huerto sí, es que esto es un complot -respondió Pedro.
-¿Qué es un complot?
-Que uno hace una cosa y otro otra, para que salga mejor -acertó a explicar Pedro.
-¡Ah! Ya. Como cuando vamos a poner los pájaros. Que tú pones el arbolete y yo llevo el jilguero y el jamá -dijo Juan.
-Sí, eso mismo.
-El dueño de ese huerto no es quien llevaba el burro con la caja -dijo Juan- Que yo lo conozco.
-Sí, pero es quien dejó la puerta del huerto y de la choza abiertas para que otro metiera allí las cajas -respondió Pedro.
-¡Uf!, Pedro, me estas preocupando más. ¿pero que hacemos?
Llegaron al llano de la escuela donde confluían los niños de todo el pueblo. Se dirigieron a la clase de D. Gonzalo. A la entrada estaban apilados algunos troncos de madera que la Compañía suministraba para encender la chimenea. Los niños mayores se ofrecieron voluntarios para acarrearlos dentro. Otro niño estaba preparado para tocar la campana. El maestro estaba de pie en el entarimado e iba mirando a los alumnos al entrar. Pedro y Juan no se sentaban juntos y cada uno fue a su asiento.
Antes de ocupar su sitio, Pedro le había dicho que al recreo le dijera a Diego que los acompañara a las vías del tren.
-¿Qué Diego, “Dieguito”? -preguntó Juan.
-Sí, “Dieguito”, dile que vamos a ver pasar a mi tío, que si nos ve tocará el silbato de la locomotora.
Las vías del tren que venían de Sierra Bullones pasaba por bajo de la escuela. Los maestros no querían que los niños se acercaran por allí, pero cuando maquinistas, fogoneros, o guardafrenos no eran padres de unos, eran tíos o familiares de otros. Este trayecto acercando los vagones de mineral hasta Filón Norte se hacía todos los días. A veces viajaba en la locomotora un jefe de la mina, porque ellos vivían en Pueblo Nuevo y hasta allí hubo un tiempo que llegó el ferrocarril.
La clase olía todas las mañanas a limpia. Tarea de limpieza que tenia encomendada Carmen, empleada de la Compañía, que también se encargaba de las oficinas. El compañero de Juan derramó un día tinta en el pupitre que manchó el suelo, pero le hizo seña con el indice en la boca para que no se quejara. Sabía que en un rato tocaría salida y la mancha en la madera y en el suelo no estaría al día siguiente. El crisolín lo limpiaba todo, y Carmen lo usaba con profusión.
A la hora del recreo y según lo acordado, Juan le propuso a Dieguito que fueran a las vías del tren. Que el tío de Pedro los saludaría desde la locomotora. También podían poner algunas piedras en la vía y ver como el tren las pulverizaba.
Dieguito era hijo único, vivía en una casa de empleados. Se enteraba de todo lo que explicaba el maestro, por eso, cuando teníamos alguna duda y no queríamos preguntar para que no comprobara que no estábamos atentos a las explicaciones en clase, luego se lo preguntábamos a Dieguito. Su padre, según era de dominio público, “mandaba algo”. -Contaría de él Pedro.
Era también el que más bromas sufría en sus carnes. El que más tebeos tenía de Roberto Alcázar y Pedrín. El que tenía fotos de equipos de fútbol y de futbolistas, que apenas tenía nadie. Porque le gustaba el fútbol, y se ofrecía el primero a formar parte de uno de los equipos que se organizaban, pero siempre le decían que lo quedaban de reserva y se conformaba. Aunque un día no hubo más remedio que ponerlo a jugar porque uno del equipo se llevó una patada en la cabeza y salio diciendo que no jugaba más. Entonces entró Dieguito y él solo marcó un gol. A partir de entonces ya se contaba con él.
La broma que peor llevaba es que le hicieran el gazpacho. Con varios niños encima poca resistencia podía poner a que le metieran hierbas por todo el cuerpo: camisa, pantalones, cuello; hasta en los calzoncillos. Lo aguantaba intentando que después hicieran el gazpacho con otro. Pero lo que de verdad temía es que tras esa broma venia sistemáticamente los dos o tres alpargatazos que le propinaba su madre, cuando le encontraba briznas y manchas de hierbas en la ropa. Le repetía que no se dejara hacer eso, que le tenía que lavar toda la ropa. Que no se juntara con niños tan salvajes.
Pero ni la alpargata de la madre ni sus indicaciones iban a influir para cambiar de amistades. Este cambio vendría casi un año después, y la verdad que todos lo echaron de menos. Su padre fue trasladado a Corrales, y lo que conocieron de él por unos tíos suyos que vivían en el pueblo, es que fue a un colegio en Huelva.
Antes de llegar a las vías del tren, el sitio acordado, vieron que Pedro ya estaba allí esperándoles.
Nada más llegar, Pedro le soltó a bocajarro:
-Eres un chivato, tú qué tienes que decir nada a D. Gonzalo.
Dieguito no sabia exactamente de qué era chivato, pero lo que le había dicho a D. Gonzalo hacía unos días, es que Pedro le había enseñado una pieza redonda que parecía de oro, y como creía que tenia que valer mucho, quiso que el maestro le asesorara cuanto dinero podía sacar por ella.
-No sé si D. Gonzalo te ha dicho cuanto puede valer, pero si quieres lo hablo con mi padre para que nos diga si es oro bueno o mezcla -contestó el acusado de chivato.
Pedro comprendió que a quien había acusado actuó de buena fe, que lo que creía oro no era tal si no bronce, y se lo iba a decir ahora mismo.
-Escuchame bien, -contestó Pedro- porque si no me haces caso, ahora mismo Juan y yo te hacemos un gazpacho.
Este era un castigo que no quería sufrir, porque los alpargatazos y reproches de la madre le llegaban al alma.
-Explicarme qué queréis que haga -respondió.
-Mira, la pieza que te enseñé, maldita la hora, no es oro, es bronce. No vale como el oro, pero sí vale algo. Ahora quiero que me jures por tu madre, que lo que vamos a hablar no se lo vas a decir a nadie.
Jurar por su madre era lo máximo que se le podía pedir. Respetuoso con sus padres se dispensaban cariño mutuo, pero su madre era sagrada. Si nos hubiéramos acercado al confesionario que visitaba todas las semanas, seguro que no oiríamos un solo pecado en sus confesiones. A lo que D. Juan le diría que siguiera así y rezara dos padres nuestros.
-Os lo juro, no lo diré a nadie.
-No, júralo por tu madre.
-Lo juro por mi madre. -acabó diciendo.
Pedro se extendió explicando lo que descubrieron el día que hicieron la rabona. Las piezas de bronce guardadas en varias cajas en la choza de un huerto. Que estarían allí porque alguien las había robado para venderlas, y que el dueño del huerto, y el que las transportaban tenían un complot.
-No me digáis que también participan los guardas -respondió Dieguito.
-¡Los guardas! -exclamó Juan- esto es un lío y yo me quiero ir a mi casa. -dirigiéndose a Pedro- Tú lo que tienes que hacer es devolver esa pieza. Tú la cogiste y lo has liado todo.
-Al único sitio que vas a ir es a la cárcel. Y te va a llevar la Guardia Civil -contestó Pedro.
-Explicármelo todo si queréis que yo me entere y os pueda ayudar -les dijo Dieguito.
El tren pasó en ese momento y el maquinista, al ver a su sobrino, hizo sonar el silbato. Ellos reconocieron al conductor y le saludaron. El maquinista les gritó algo que los niños no escucharon, pero el fogonero sí: “Pedro, no vengáis por aquí”.
Ese día se unieron tres mosqueteros, que de haber leído a Alejandro Dumas no les hubiera importado hacer suyo el lema de los mosqueteros franceses: “todos para uno y uno para todos”. Habían decidido descubrir a los ladrones antes que los ladrones le descubrieran a ellos.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 6 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA



Una mañana de invierno Juan se revuelve entre las frías sabanas de la cama. Su madre acaba de llamarle: “tienes que ir a la escuela”. Su madre duerme en la misma cama, él y su hermana a los pies. Se levanta antes para ir preparándole el café con leche que desayuna junto a unas rebanadas de pan frito.
Antes tienes que quitarte las legañas”, le dice su madre, en la palangana con agua fría que le ha preparado en la cocina. Como el agua la tiene almacenada en el corral, en un bidón metálico que su padre trajo una vez de la mina y su madre cubrió interiormente con varias capas de cal, está fría como el carámbano. Mojando las punta de los dedos se las pasa por los parpados y cuando la madre no le ve le dice que ya se ha lavado. Otras veces, cuando no se levantaba con el tiempo tan justo como hoy, su madre coge un tiesto del “cuadrolata” y le calienta un poco de agua. Ese día sí se lavaba la cara de verdad. Es que cuando hace frio en esta casa es para temblar, como dice su abuelo, que se queja de los techos tan altos con que la hicieron. Alguna sabiduría le supone Juan a su abuelo porque desde siempre lo conoce con dos pulseras metálicas de cobre en ambas muñecas. Su madre le había explicado que eso es porque en su trabajo de guardafrenos había cogido mucho frio en el cuerpo y con esos adornos de cobre quería combatir la falta de movilidad que notaba en los dedos.
El café con leche ya estaba en la mesa junto a las rebanadas de pan frito. Algunas veces utilizaba como taza el envase metálico de una lata de leche, al que su padre ponía un primoroso asa y que colgaban en el cuadrolata.
El aparato de radio ya se había calentado y estaba emitiendo una radionovela, teatro radiofónico que tantos seguidores tenía entre las amas de casa. El aparato de radio era lo más moderno que tenían en casa, regalo del abuelo. “Yo me tengo que subir a una silla para encenderlo, conectando primero el voltímetro. Pero una vez vino un hombre y se lo llevó cargándolo en una moto y me dijo mi abuelo algo de cambiarle válvulas”. Le había comentado alguna vez a sus amigos.
Durante la radionovela se escuchaba una sintonía con una letra que a Juan confundía sobre el comportamiento humano: “diste fuego al chaparral y ahora que los ves ardiendo lo quieres apagar”
Este estribillo, al que le daba vueltas en la cabeza, acabó resolviéndolo condenando mentalmente a la pirómana: “si lo quería apagar no lo tenia que haber encendido”.
Llamaron a la puerta, y aunque estaba abierta, él sabia que era su amigo Pedro, para hacer juntos el camino a la escuela.
En la calle comprobó el frío que hacía. Se le metía por los perniles de los pantalones cortos y le llegaba hasta la barriga.
Le dijo a Pedro que se aligerara, que lo mismo sonaba la campana y les cogía bien lejos del llano de la escuela, desde donde antes de cerrar la puerta lo mismo les veían llegar. Pero sonó la campana cuando no estaban ni a mitad del camino y sabían que no llegarían a tiempo. Les costó decidir entre volver a casa y que sus madres comprobaran que habían faltado a la escuela, o hacer la rabona. Con algún remordimiento decidieron lo segundo. Se dieron ánimos para iniciar lo que no habían experimentado nunca, faltar a clase sin tener que ir al medico o quedarte con fiebre en la cama el día que tuviste paperas.
Se les ocurrió, que cuando los niños salieran de la escuela marcharían junto con ellos a casa, así las madres no sospecharían nada. Lo que no querían es que a la salida les viera D. Gonzalo, porque seguro que les preguntaba por su falta y la respuesta que darle todavía no la habían pensado. Mañana ya sería otro día y hasta se le podía olvidar que no estuvieron en clase. La clase de D. Gonzalo les resultaba muy amena, sobre todo cuando tenían que leer sobre la vida de “cien figuras universales” o “cien figuras españolas”, porque ponía mucho interés en que pronunciaran bien los signos de la escritura. La correcta lectura de una frase con interrogación o con símbolos de admiración. La diferencia entre una coma, el punto, o el punto y coma. También, cuando para introducirlos en la lectura, les hablaba de la vida o la historia del personaje.
Decididos a faltar a clase, se les ocurrió dar una vuelta por los huertos que había por los alrededores de la escuela. No esperaban encontrarse con nadie que les preguntara porqué no estaban en la escuela. Pasaron por un callejón donde las tapias de piedras de unos huertos se unían con las tapias de los siguientes. Chozas rusticas con paredes deformes de piedra y barro. Chapas y tubos reutilizados para cualquier apaño. Zahúrdas con uno o varios cerdos que gruñían al oírlos pasar.
Uno de estos huertos tenía la puerta abierta, y la curiosidad por ver lo bien cuidado que se adivinaba y que no se escuchaba ninguna voz a lo lejos, les animó a entrar. En algunos huertos y por sus estaturas, no podían ver su interior, pues por arriba de estas paredes de piedras solían sobresalir espinadas chumberas que persuadían al más valiente.
Pasaron dentro. Aunque su extensión no sabían decir si grande o pequeña, calcularon que sería más o menos dos veces la superficie de sus casas. Pedro vivía en otra casa de la Compañía igual. Tenía un pozo con un brocal rematado en dos muros de piedra donde un travesaño de madera sostenía una carrucha herrumbrosa. El cubo de cinc, cubierto de bolladuras y el contorno desgastado, estaba bocabajo junto al brocal; encima un trozo de cuerda de cáñamo enrollada en espiral, que por su extensión se adivinaba que el agua no estaba a mucha profundidad. Al otro lado del brocal había una pileta toscamente construida que contenía dos viejos culos de lebrillos, que antes de acabar aquí como maceteros debieron tener otros usos y que ellos habían visto en las matanzas de los cerdos para recoger la sangre que manaba del cuello de los cochinos cuando el matarife les clavaba el cuchillo, y una mujer daba vueltas a la sangre con sus manos. Estos maceteros estaban ahora repletos de hierbabuena que impregnaban el ambiente con su fuerte y agradable aroma. La choza tenia una parra, ahora sin hojas por la estación, pero sus ramas cubrían todo un entramado de cables y tubos que se había construido a modo de pérgola.
La puerta estaba abierta, y les resultaba extraño no escuchar a nadie por los alrededores. ¿Porqué estarían la puerta del huerto y de la choza abiertas? Se preguntaban. La curiosidad era más fuerte que saber que lo que estaban haciendo no estaba bien, y que si sus padres se enteraban les darían una reprimenda. Empujaron la puerta para entrar. Un golpe de luz inundó toda la estancia. Algunas herramientas para trabajar el huerto estaban a un lado. Del techo colgaban algunas ristres de ajos. En un rincón y en varias cajas de madera estaban amontonadas muchas piezas y restos de otras. Creyeron adivinar tuberías, válvulas, manivelas, y todas de un color amarillento. Revolvieron con las manos. Pedro se fijó en una pieza redonda de color más encendido que le cabía en la palma de la mano. No saben que tiempo pasaron observando aquel “tesoro”, pero advirtieron que alguien se podía acercar porque se escuchaba el caminar acompasado de una caballería. Para no verse sorprendidos por si aquellos pasos se dirigían hacia donde ellos estaban, decidieron saltar el muro de piedra que bordeaba el trasero de la choza. Se refugiaron entre las ramas de los eucaliptos. Desde allí vieron llegar a un hombre que conducía un burrito. El animal llevaba en su lomo un bulto envuelto con una lona oscura. El hombre paró el animal a la puerta del huerto que acababan de abandonar y cerrando la puerta lo amarró a una rama del olivo que crecía detrás del pozo. La lona cayó al suelo y pudieron ver lo que ocultaba: una caja de madera igual a las que contenían tantas piezas de color amarillo. La curiosidad y temor a ser descubiertos los mantenía inmóviles sin perder detalles. Con esfuerzo puso la caja en el suelo y después la introdujo en la choza. Momento que Pedro hizo seña a Juan y aprovecharon para salir corriendo y alejarse de aquel huerto.
Calcularon que no faltaría mucho para ver salir a sus compañeros, unirse a ellos y marchar a casa como si no hubiera ocurrido nada. Como si no hubieran echo la rabona. Camino de casa, Pedro sacó algo del bolsillo y lo puso en la mano de Juan. Era el trozo de metal redondo y amarillo que habían visto en aquellas cajas. Se empezaron a preocupar por si el dueño lo echaba en falta. Pasaron algunos días y la preocupación se había disipado hasta que llegó a conocimiento de D. Gonzalo la posesión de la pieza amarilla y brillante, porque alguien se fue de la lengua pensando que aquello tendría mucho valor.
La llevaron y se la entregaron en privado, asegurándole que la habían encontrado de forma casual. Se enteraron que aquella pieza era una pequeña polea de bronce, un material muy apreciado y caro, les dijo D. Gonzalo. Pedro y Juan se miraron y pensaron lo mismo. Aquellas cajas estaban llenas de bronce, y si estaban ocultas es porque alguien pensaba venderlas para obtener una importante cantidad de dinero. Vaya dolor de barriga que les entró, pensando que acabarían en la Guardia Civil contando todo lo que habían visto.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019