jueves, 17 de octubre de 2013

JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA DE ALJARAQUE


 

Esta semana aplazamos la 5ª entrega de "La vida en los poblados mineros" para informaros sobre la celebración de las XVI  Jornadas de Arqueología y Territorio de Aljaraque.

Como en pasadas ediciones, este año vuelven a celebrarse en el antiguo teatro cinema de Corrales, local perfectamente restaurado que fue construido por la Compañía de Tharsis, e inaugurado en 1954 por D. Guillermo Rutherford.

Uno de los ponentes, Antonio Luís Andivia, que ya había colaborado con nosotros, expondrá su trabajo sobre el muelle de Tharsis. “El muelle de la Compañía de Tharsis, 1871-1923. Primer muelle metálico de España destinado a la carga de mineral”.

Otras ponencias no menos interesantes se expondrán durante los tres días de Jornada.

Nos parece también muy acertada la actividad propuesta para el jueves 24, clausura de las Jornadas: una visita guiada al Museo Provincial de Huelva, donde se anuncia que se podrá contemplar las mejoras llevadas a cabo en las salas de Arqueología y de Bellas Artes. Os recordamos que el Museo de Huelva tiene piezas de gran valor encontradas en Tharsis.

Si además la participación es libre, quienes se interesen por temas históricos les resultará agradable acercarse por Corrales entre el 22  y el 24 de Octubre.

jueves, 10 de octubre de 2013

LA VIDA EN LOS PUEBLOS MINEROS (1866 – 1914) 4ª Parte


 

Con sus relucientes cascos y chaquetas blancas, montados sobre caballos que conducían con gran orgullo, estos escoceses en su “imperio de la colina” evocaban la idea de un Rajá no muy diferente del de la India.

Salían de caza, ocasionalmente mataban un ciervo, un jabalí salvaje, o un corzo, aunque hacia 1880 había muy pocos de estos animales.  

No iban a las colinas durante la época calurosa, como en la India, sino a las “casas de baño” de la Compañía cerca de la desembocadura del Odiel.

Estas debían de ser asignadas con el más estricto respeto a la antigüedad. Había niñeras españolas para el cuidado de los hijos, la mayoría de los cuales, cuando se hacían mayores, volvían a Gran Bretaña para su ingreso en colegios internos. Recibían una educación preliminar de un maestro escocés, absolutamente separados de los niños españoles. Estos escoceses exiliados tuvieron periódicos ingleses y revistas, una sala de billar, pistas de tenis, y más tarde, el tocadiscos. Hasta la construcción del ferrocarril de La Zarza  se desplazaron de una mina a otra en caballos.

Las damas escocesas mantuvieron en sus casas todas sus  costumbres, sin concesión o adaptación a las costumbres españoles. Esto fue recíproco; las muchachas españolas, que las damas escocesas cuidadosamente entrenaban en el manejo de la vida familiar, al regreso a sus propias casas volvían a los modos de vida de sus “cuarteles”. Realmente, era imposible para las mujeres romper con la forma de hacer las cosas en el día a día, por lo limitado de las facilidades existentes en el pueblo.

Esta tradición de segregación y paternalismo, se siguió manteniendo más o menos incuestionable por ambas partes, británica y española, hasta, al menos 1914. La primera oposición real a esta situación llegaría mucho más tarde, en los días del comienzo de la República en 1931.

La disciplina industrial tuvo que ser firme y continua; cualquier signo de debilidad de la dirección traía una inmediata respuesta de los trabajadores, especialmente entre la generación más joven, que temía menos por el futuro. En cualquier repentino conflicto podía provocarse una situación difícil.

Particular cuidado fue necesario para supervisar a listeros y almaceneros, asaltados por las adulaciones de familiares y amigos "Tales gentes", escribió el director general en un vulgar lapsus gramatical, "Ya me gustaría que se abalanzaran sobre estos hechos".

Los poblados mineros fueron, para los ingenieros de minas británicos encargados de ellos, un dilema permanente. A pesar del individualismo en que se habían establecido, ellos percibieron que una producción eficiente solamente podía existir si las comunidades de trabajadores y sus familias estaban  contentas y estables. Los pueblos debían ser lugares en los cuales no solamente las necesidades fisiológicas de las viviendas y la salud fueron cubiertas, sino en que allí hubiera algún tipo de diversión social. Pero fue imposible tender un puente sobre dos diferentes modos de vida. Fue igualmente imposible entregar la administración de los pueblos a los mismos trabajadores, por el miedo de la dirección a que esto produciría confusión y corrupción. Este dilema no fue, por supuesto, particular de la empresa Británica en España.

Apareció igualmente en Gran Bretaña en mayor o menor medida. La larga lucha en Gran Bretaña durante todo el siglo XIX, sobre el derecho al voto, tenía que ver precisamente con esta cuestión: ¿Hasta dónde se le delegaba al pueblo el poder y la responsabilidad en los asuntos de la comunidad?, o,  ¿hasta dónde llegaban los asuntos que podían ser resueltos por ellos? Pero allí estaba la gran diferencia con España, que con todas las inquietudes y actividades revolucionarias del siglo XIX, la nación en general, apenas consiguió avances en la consecución de una real autonomía respecto al poder establecido.
 
Legalmente, los poblados fueron suburbios de los pueblos adyacentes: Tharsis de Alosno, La Zarza de Calañas, Corrales de Aljaraque. Pero los Alcaldes y concejales de estos pueblos tuvieron unos ingresos bastante escasos para sus propias necesidades. Además, estos tres pueblos fueron regidos por hombres de la derecha con ningún sentimiento de ayuda para con respecto a los obreros. Ellos ciertamente no podían manejar los asuntos de los nuevos pueblos, de una naturaleza completamente nueva. La única solución posible fue el paternalismo de la Compañía, ejercido sobre el terreno por el director y supervisada por la dirección general en Glasgow. Fue, sin embargo, un paternalismo "Benthamista" (Jeremy Bentham, filósofo y economista inglés N.T.), tuvo que ver únicamente con la administración y gestión.  Pretendió crear condiciones razonables de vida en beneficio de los aldeanos.

La Compañía fue responsable de las calles, agua, alumbrado, limpieza, saneamiento doméstico, y la paz civil. Estas responsabilidades fueron costosas en términos monetarios, pero aún fue más el tiempo y atención dedicado por la dirección en atender las reclamaciones.

Para que le asistiera en estas tareas, la Compañía nombró a un empleado como Alcalde en cada uno de los tres centros, al que daba una paga extra. Cada cierto tiempo los Alcaldes recibían instrucciones para hacer visitas de casa en casa e informar sobre el estado de salubridad de las mismas. Además de todo esto, la Compañía impulsó los recursos propios de una sociedad liberal como la de Gran Bretaña, escuelas, una especie de seguridad social, lavaderos públicos y una biblioteca pública. De manera optimista, se abrió una caja de ahorros, aunque ni siquiera la  mayor retribución a los trabajadores hizo que se inclinaran por el ahorro. En los pueblos de la Compañía, todo aquel que no recibía directamente un salario, estaba, casi sin excepción, en situación de necesidad.

En aquella época no había seguridad social del Estado de ninguna clase, ni ninguna compensación a los trabajadores hasta 1900. En Gran Bretaña estas cuestiones acababan de comenzar con un inadecuado “Acto de Compensación de Trabajadores” (1897) y un “Acto de Pensión a la Mayor Edad” (1909). No obstante, en España se seguía la tradición que fuera la familia quien suministrara a cada individuo los medios para sus cuidados y sustento. Los vecinos de los centros de la Compañía de Tharsis, a finales del siglo XIX, tenían en general la edad de trabajar, por consiguiente, no necesitaban reclamar ninguna otra asistencia en su comunidad. Pero sí que empezaron a considerar a la  Compañía responsable en la  provisión de este mínimo elemento de bienestar social.

Los directores consideraron que no debían usar el dinero de los accionistas para todos estos propósitos, verdaderamente hubieran sido responsables ante los accionistas en los tribunales escoceses, si lo hubieran hecho. Eran muy estrictos en ser cuidadosos sobre tales asuntos: en la única ocasión en la que el “Informe Anual” contuvo alguna referencia adicional a los trabajadores, este fue criticado por un accionista, un médico, sobre un asunto que fue solucionado, pero ocupando un espacio de tiempo que debía haber sido dedicado a la discusión de la perspectiva de dividendos. Se acordó, únicamente, un sistema de caridad gratuito, administrado por el director gerente bajo la firme supervisión de la dirección general. Estaba la “Lista de Socorro”, en la que podían aparecer los que estaban heridos, o temporalmente desempleados; y la “Lista de la Peseta”, en la que estaban los nombres de unos pocos que, jubilados o enviudados, recibían con regularidad por generosidad de la Compañía una pequeñísima paga. Para mantener estas listas el director estuvo ayudado por los Alcaldes, quienes aconsejaron acerca de las necesidades.

El precio de los alimentos en los pueblos fue el más delicado y potencialmente explosivo de los problemas con los cuales la dirección tuvo que tratar. Desde el principio existió el peligro de explotación por monopolios de los productos alimenticios. La solución de la Compañía fue mantener sus propios almacenes, soportando los gastos de transporte y venta a fin de que los precios estuvieran cerca del coste real. Además, las malas cosechas podían provocar serias carencias; en tales ocasiones, fue necesario introducir un subsidio para alimentos.
 

Continuará...

jueves, 3 de octubre de 2013

LA VIDA EN LOS PUEBLOS MINEROS (1866 - 1914) 3ª Parte



 

Adicionalmente hubo, como en todas las minas, otros grupos de trabajadores que añadieron variedad a la fuerza laboral. Hubo hombres que se encargaron de mantener y trabajar con las mulas de la Compañía.

Una recua de animales espléndidamente mantenidos, que destacaron extraordinariamente con las de los campesinos. Bestias que conocían los caminos de las minas, y los límites correctos de su esfuerzo. Sabían por el número de choques detrás de ellas, cuando un vagón era acoplado a su carga por encima de su propia cuota, y rehusaban moverse hasta que no era quitado.
 
También estuvieron los conductores y fogoneros del ferrocarril de la Compañía, una especial élite de hombres, quienes condujeron los trenes de veinte o veinticinco vagones cargados con mineral hacia Corrales.

Detrás de ellos iban cuatro o cinco guardafrenos, saltando de un tambaleante y cabeceante vagón a otro, cuando el tren amenazaba con quedar fuera de control, aplicando los frenos de bloqueo de madera y provocando chirridos y humo.

Una fuente menos dramática pero más importante de accidentes, se daba en los patios de maniobra o en las operaciones de cambio de vía. El ferrocarril, de un modo u otro, provocó el mayor número de casos de accidente para los hospitales o el cementerio de la Compañía.

En la calcinación y procesos de cementación, se concentró otro grupo de hombres especializados en la construcción de las teleras y, más tarde, en la gestión del proceso de oxidación al aire libre. Hubo una gran producción de cobre por cementación.  Se agrupó el cobre, se lavó, y se prensó en cilindros o se refinó.
 
Los hombres en los talleres mantuvieron y repararon las locomotoras, el stock de rodamientos y la maquinaria de minería. Llevaron a cabo trabajos de fundición, y solucionaron las necesidades de la Compañía con la improvisación de mecanismos o maquinaria.

Finalmente estaban los empleados en las oficinas de la Compañía, y los maestros de escuela (sobre veinte en la década de 1890), quienes impartieron la mayor parte de la educación a la población.

En su tiempo libre los trabajadores de la mina iban al campo para cazar; fue una de sus actividades  recreativas favoritas, la de andar por las laderas en busca de conejos y otra caza menor, una afición útil para la dieta de la familia. Cada hombre ambicionaba tener un perro y una escopeta. Muchos lograban ambas cosas, especialmente los perforistas.

Los hombres reducían el coste de su afición a la cacería con la fabricación de sus propios cartuchos. Los pueblos se llenaron de perros, merodeando por las plazas de mercado y añadiendo el consiguiente problema de sanidad.

Muchos de los hombres estaban ansiosos por cultivar un  pedazo de tierra; se lo pidieron a la Compañía, especialmente después de que la combustión de las teleras hubiera finalizado; estos huertos les fueron concedidos. Hubo bastante consumo de alcohol, pero la Compañía, mediante el “tribunal” de la dirección, mantuvo este bajo estricto control. Se mantuvo vigilancia en otros posibles orígenes de disputa; el negociante que deseaba rifar un gallo, por ejemplo, tenía que pedir permiso. Las mujeres, adicionalmente a sus trabajos de las minas, tuvieron los niños, la Iglesia, y los chismorreos en los lavaderos de la comunidad y en el mercado.

Para las faltas contra la disciplina de la Compañía fue establecida una escala de penalizaciones. En resumen, el despido venía invariablemente después del uso de armas en una riña, de utilizar dinero falso, de emplear un nombre falso, o de insultar o amenazar a la dirección. Las disputas parece que fueron bastante generalizadas. Normalmente a los infractores se les dieron tres oportunidades, acompañadas, en este orden: por una amonestación, una multa de diez reales, una multa del doble y, a la cuarta, el despido. Esto se aplicó a problemas entre hombres o entre mujeres. Las borracheras importantes tenían la misma escala de castigos. En los casos de robos menores, la dirección requería la restauración de la propiedad robada y una explicación según  la gravedad del delito; después de esto venían las multas o el despido.

El gran día festivo en los pueblos mineros fue el de Santa Bárbara, santa patrona de mineros y de artilleros. Todavía hoy se puede observar, tanto en Tharsis como en Calañas, la imagen de la santa cuando es llevada en procesión desde la Iglesia al borde de la mina.

Antes de 1900 hubo otras celebraciones organizadas por los barreneros. En Tharsis, estos se juntaban a eso de las nueve de la mañana en algunos días festivos, llevando sus escopetas. Daban una vuelta visitando la casa de cada miembro de la dirección, disparaban una salva, aceptaban una copa del hombre al que ellos habían honrado,  disparaban otra vez  y continuaban su camino. Cuando los jefes de servicio habían sido así saludados, los perforistas hacían lo mismo con los capataces, con los supervisores, y con cualquier otra persona importante en que ellos pudieran pensar, y finalmente con sus propios amigos personales. Para las tres o las cuatro de la tarde los de los escopetazos estaban borrachos, o a punto de estarlos, con el peligro de pegarse algún tiro unos a otros.
 
En La Zarza las celebraciones fueron más tumultuosas pero menos peligrosas. Los perforistas se reunían la noche antes para preparar una cacería y un banquete. La Compañía proveía una serie de mulos con vinos, alcoholes, una buena cabra y todo lo necesario para una comida excelente. A mediodía los cazadores llegaban a la finca donde tenía lugar el banquete, y según el número de mineros presentes, ellos disparaban hasta conseguir un número suficiente de conejos con el que hacer algún guiso como segundo plato tras la cabra.

Después de la comida los mulateros cargaban las bestias con los utensilios del banquete y se los llevaban; los barreneros-cazadores iban con algunos conejos conseguidos en la cacería y se los regalaban a la dirección, devolviendo de esta forma el cumplido a la hospitalidad de la Compañía.  

Más recientemente se ha extendido la costumbre, a las minas de Huelva, de celebrar el éxito de Colón con unas hermosas festividades, Las Colombinas.
 
La mayor parte de la dirección fue escocesa, educada en el Presbiterianismo. Con una tradición completamente distinta del catolicismo de los mineros andaluces. A estos hijos e hijas de la Reforma Escocesa, la religión de los trabajadores de la mina solamente podía parecerle como las diferentes supersticiones propias de su tierra, sobre las que muchos pastores escoceses habían vertido grandes y amargas críticas. La separación entre escoceses y españoles fue casi absoluta; el doctor español proporcionó el único nexo de unión, y esto fue poco significativo.    

Hubo también, entre los escoceses, un poderoso sentido de la jerarquía y la autoridad. Fue impuesta una estricta disciplina para preservar la eficiencia contra el peligro, siempre presente, de abusar de la relajación.

Aquellos que caían en la embriaguez o en el desaliño, no recibían la simpatía del director, sino que eran expulsados. Tenían bastantes problemas si se daban estas circunstancias, pues si el empleado no se identificaba con la Compañía, y no se autoimponía la disciplina para cambiar su comportamiento, las posibilidades de volver eran escasas.  

La mayoría de los escoceses tomaron poco interés intelectual por España o sus gentes, en parte, sin duda, esto se debió al hecho de que ellos dedicaron poco tiempo de sus vidas al contacto con los grandes centros culturales de España, aunque bien es verdad, que los pueblos mineros estaban poblados por gentes que habían cortado sus raíces tradicionales. Un directivo de alta categoría cruzó la barrera cultural y desposó a una muchacha del pueblo. Pronto descubrió por si mismo lo imposible de conservar la disciplina para él, y especialmente para sus subordinados, que le fueron incordiando con solicitudes de los familiares y demás parientes de ella para tener un trato especial; pero pronto fue  obligado a renunciar.

En este estado de aislamiento, la vida dentro una diminuta comunidad Británica de unas cincuenta personas esparcidas entre los tres centros, estuvo siempre en peligro de caer en el hastío. Un médico, refugiado en la excentricidad, mantuvo un búho y un jabalí salvaje. Otro, sobre 1875, mostró su desprecio hacia la nueva Lista de métodos antisépticos, dejando el envío de ácido carbónico enviado desde Glasgow, intacto durante años.  
 
La dirección de Glasgow envió un sacerdote presbiteriano una vez al año para restaurar a la comunidad escocesa en la perspectiva de los asuntos temporales y espirituales. Este buen hombre estaba muy cerca de caer muerto ante la cantidad de “malos actos” cometidos  durante su ausencia. A veces escribía a los directores en Glasgow en untuosos términos acerca de la salud espiritual de la comunidad.

Continuará...

jueves, 26 de septiembre de 2013

LA VIDA EN LOS PUEBLOS MINEROS (1866 – 1914) 2ª Parte


 

Comenzó la renovación de las casas existentes, reconstruyó más de la mitad con un costo de 24 libras cada una. El alquiler de estas nuevas casas representó el 8 por ciento del coste de su construcción. Al mismo tiempo la Compañía racionalizó el diseño urbanístico del pueblo. Las casas de los mineros fueron construidas en filas, sobre un plano rectilíneo, con una plaza de mercado cerca del centro. Cada fila presentaba su parte trasera a otra fila; entre ellas estaba el cobertizo y los lavabos.
 
La dieta fue sencilla. La comida de mediodía consistía de una tajada de melón, una naranja, o una cebolla, junto con pan, el elemento principal. Por la noche había guiso de vegetales y tocino, o arroz y pescado, junto con una cantidad moderada de vino.

Muchos trabajadores criaron cerdos, y el gran aumento del número de los mismos provocó lógicos problemas, pero suministraron la mayor parte de la carne de los aldeanos, además de las cabras. Los cerdos hicieron posible la salchicha de ajo o la manteca de cerdo. Pero mucha de la comida se importaba.

Cada mañana a las cuatro, la plaza se llenaba con gentes del campo que habían traído sus productos (naranjas, uvas, melones, tomates, pimientos, etcétera), desde considerables distancias, en caballos, mulos o burros. El pan venía incluso de mayor distancia, traído junto con otros alimentos a los pueblos, en el ferrocarril de la Compañía.

En su vestimenta el minero andaluz mostró una fuerte individualidad. Su vestimenta solía consistir en una manta (manto de colores  brillantes), un pañuelo alrededor de su cabeza, o un sombrero de penachos; zapatos de lona con suelas y cordones de esparto; calzones de tela ancha hasta la rodilla, un cinturón o faja sujetando su cuchillo, tabaco y dinero. En domingo podían vestir una chaqueta de buena apariencia. En días de descanso se jugaba mucho a las cartas y a juegos al aire libre.
 
En los días de pago había baile, cante y música. Normalmente se bebía “alcohol de patata ardiente", aguardiente” si esto ocurría, había grescas e incluso puñaladas. El suministro de este alcohol a los trabajadores del sur fue el comercio más lucrativo en las minas. Las compañías hicieron lo que podían para controlarlo y evitar sus efectos, pero tuvieron grandes dificultades. Este exceso de borracheras es, por supuesto, relativo. Esto ocurría igualmente por esa época en Gran Bretaña, en las áreas de minería como en otras partes.

En Tharsis estos problemas fueron mucho menos serios que en RioTinto. Puesto que en Tharsis casi todo el terreno adyacente a las minas eran propiedad de la Compañía, fue posible la expulsión de indeseables, el control de los clubes de trabajadores, y una general supervisión social. En RioTinto, con una fuerza laboral mucho mayor (Había 9.000 trabajadores por 1889) y una mucho menor posesión de los terrenos, esto no fue posible. En cierto tiempo en RioTinto hubo una gran plaza de toros que se convirtió en foco de toda clase de trifulcas. A pesar del hecho de que parte del personal británico fueron de los principales promotores de las corridas de toro, la Compañía adquirió finalmente la propiedad de la plaza y la destruyó. Hasta llegaron a contabilizarse siete asesinatos cometidos en RíoTinto en el plazo de seis semanas.

A mediados de los ochenta, el complejo urbanístico general de Tharsis había tomado su forma característica sobre el terreno. La explotación de los filones y los problemas técnicos de acceso, fueron el principal factor determinante de la ubicación de las viviendas. Si además todo el mineral de la zona ya había sido extraído, entonces el motivo era muy lógico. Pero la calcinación, y el lavado de cerca de un tercio del mineral, fue la principal circunstancia que dio forma al desarrollo del poblado.

Para estas tareas se necesitó mucha agua. Las operaciones se realizaban en la cuenca de un río donde podía establecerse la captación.

La combustión del mineral liberaba el azufre, provocando una gran contaminación atmosférica; con los predominantes vientos del noroeste y del sudeste, el poblado de trabajadores estaba mejor situado más al occidente del Filón Norte. El “Pueblo Nuevo", donde la dirección vivió  desde poco después de los ochenta, estaba también al oeste del área de calcinación, pero más al sur, en la hendidura entre el Monte Tharsis y la colina adyacente, no lejos del cementerio Romano.

Los poblados, las minas, los cabezos, y el área de calcinación, causaban una gran impresión al visitante, imaginándose como ante el paisaje de un "Paraíso Perdido". Las enormes excavaciones a cielo abierto, los sistemas de túneles y pozos, las trogloditas condiciones de trabajo, el ruido, los humos, las escorias vertidas de los hornos, el verde, azul y rojo de los arroyos contaminados, provocaban un poderoso impacto.

Por encima de todo flotaba una gran nube azufrosa, alimentada por la llama vacilante y azul de la cima de las teleras, que provocaban densas columnas de humo blanco que se fusionaban en una masa enorme, puesta en movimiento por la acción del viento.

La misma secuencia general de asentamiento tan deficiente, que había sido experimentado en Tharsis, fue repetida en La Zarza. El problema de no disponer de un plan de viviendas fue estudiado hacia la primera década.

Fue necesario reclutar más trabajadores para la explotación a cielo abierto y para la construcción del ferrocarril. En todo caso, en la terminación del ferrocarril, hubo una dispersión considerable, unos 1.500 hombres marcharon de los pueblos, especialmente de La Zarza. No obstante, la población excedía enormemente en relación a las viviendas. En 1892 había 3.600 personas en La Zarza, en 463 casas. El hecho de que la mayoría de las casas tenían todavía dos cuartos, llevó a una mala situación. Los hombres casados no podían traer a sus familias a la mina. Una vez más, se hizo necesario un programa de edificación de viviendas, especialmente en las casas de dos cuartos, costando cerca de 30 libras cada una.

La mayoría de la fuerza laboral, tanto en Tharsis como en La Zarza, fue empleada en la explotación a cielo abierto. En verano el trabajo podía ser muy duro, con el sol reflejado en las paredes de las rocas, y el aire, en el interior de las excavaciones, que el viento no movía. En invierno, la estación de las duras lluvias, el trabajo podía ser interrumpido o se hacía  peligroso por las tormentas. El esfuerzo muscular era frecuentemente muy grande, siendo las  fracturas una causa común de lesiones.

Alrededor del estómago y el bajo vientre, los hombres llevaron puestas, aún en días de mucho calor, apretadas fajas. Dentro de ellas portaban cuchillos de usos múltiples, que se plegaban dentro de su mango (navajas), y que podían, quizás, ser utilizados si una discusión o un agravio se elevaban de tono. Estos fajines fue una parte tradicional del atuendo de los hombres, intentado proteger las partes esenciales del cuerpo contra el frío en el invierno, y contra los repentinos cambios de temperatura el resto del año. Fueron la principal defensa contra el enfriamiento y el lumbago. El invierno también trajo problemas de reumatismo,  que se combatía, preferentemente, con pulseras de bronce.

Hombres y mujeres trabajaron juntos. En las visitas efectuadas por la dirección, quedaban admirados de la capacidad de las mujeres para transportar sobre sus cabezas. Sus ingresos significaron que las mujeres más jóvenes gozaran de un salario y contribuyeran a la economía familiar. Pero estas ayudas podrían ser irregulares, aunque las mujeres fueron utilizadas tanto en los trabajos de los nuevos filones como en toda la minería de la pirita, la gran demanda real de sus servicios surgía cuando se acometía el descubrimiento de una nueva zona de mineral.

La dinamita fue usada cuando el trabajo a realizar era demasiado duro o para las zonas de mineral. Los hombres con sus marrillas y rodos desmenuzaban las piedras o el mineral, llenaban las cajas y las alzaban a las cabezas de las mujeres (y, al principio, de los niños también), quienes las llevaban rampas arriba para llenar el vagón de los mulos de tiro. Los hombres llevaban delantales de cuero divididos en dos, atado debajo de cada rodilla, como los zahones de un cowboy de Tejas. Las mujeres vestían según la tradición, con faldas voluminosas y unos largos y más bien estrechos delantales rectangulares.

La explotación a cielo abierto dio origen al funcionamiento de una gran fuerza laboral de escasa experiencia, que trabajó en unas condiciones que difícilmente aportaba un beneficio social. A lo largo de una gran parte del año el agua fue escasa, haciendo muy difícil limpiarse el polvo y el sudor de ropas y cuerpos. A pesar de todo, estos inexperimentados trabajadores ganaban dos chelines y seis peniques poco después de los años sesenta de este siglo XIX. Esto posibilitó unos ingresos que fueron atractivos comparados con otras posibilidades de trabajo disponibles.

El verdadero minero, realizando las galerías, o trabajando bajo tierra el sistema de hacer cámaras e ir sosteniéndolas con columnas, recibía desde 3 chelines y 1 penique a 3 chelines y 6 peniques por día. En general, en comparación a los mineros del carbón en Gran Bretaña, los salarios eran un 20% menor. Un acuerdo de trabajo a destajo se realizaba cuando un minero pactaba mover una determinada cantidad de estéril o mineral, en unos términos acordados previamente.

Continuará...

jueves, 19 de septiembre de 2013

LA VIDA EN LOS PUEBLOS MINERO (1866-1914)


 
A partir de esta semana y en las siguientes, os haremos llegar otro capítulo  del libro de Checkland: The Mines of Tharsis. Roman, French and British Enterprise in Spain. Más de una vez hemos referido aquí de la  importancia de este libro, y no vemos que alguna Institución  muestre interés por su traducción. Lo colgaremos, al igual que hacemos, en el blog y en Facebook.

Este capítulo, el XV, es quizás de los más interesantes del libro, por no decir el que más, donde se habla de la vida en Tharsis desde el siglo XIX.

Esta vez contamos con la colaboración de la Asociación de Vecinos de Pueblo Nuevo, pues fueron ellos quienes sacaron hace unos años un folleto con este capítulo. Muchos de vosotros lo habréis leído desde aquella edición, pero como nos leen desde otras provincias y fuera de España, no está de más hacerlo público para conocimiento de quienes se interesan por nuestra historia.

La traducción, verdaderamente, es mejorable, pero es lo que tenemos. Nos hubiera gustado la colaboración de alguien cualificado al igual que contamos para el capítulo VI: “Ernesto Deligny, elredescubridor olvidado” y que publicamos en Enero del año pasado.

Ya que el texto ocupa unas doce páginas, lo dividiremos en varias entregas. Las referencias que tenemos del autor, porque así viene recogido en el libro es que era Profesor de Economía Histórica, que en su investigación accedió a los archivos de la Compañía depositados en la Universidad de Glasgow, y que giró visita a Tharsis para completar su libro.

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S. G. Checkland. Nacido en Ottawa, Canadá, el 9 de Octubre de 1916. En sus primeros años le tocó vivir la Gran Depresión. Dejó la escuela con 16 años para ejercer su primer empleo retribuido. Posteriormente cambio a otro mejor que le permitiera ahorrar para ingresar en la Universidad. En 1937 abandona Ottawa y se traslada a Inglaterra para estudiar en la Universidad de Birmingham.

Fue  profesor de Ciencias Económicas  en la Universidad de Liverpool,  después de graduarse en 1946. En 1953 fue nombrado profesor de Historia Económica en Cambridge y cuatro años después en la nueva cátedra de Glasgow.

Presidente de la Unión Nacional de Estudiantes en 1941 y Presidente de la Unión Internacional de Estudiantes en 1942. Llamado a filas en la II Guerra  Mundial, sirvió en el ejército canadiense y resultó herido en el desembarco de Normandía.

Fue Presidente del Consejo de Investigación de Ciencias Sociales de 1982 a 1984 y Presidente de la Sociedad de Historia Económica de 1977 a 1980. Desarrolló una sólida reputación en ámbitos relacionados con la historia económica, y continuó escribiendo hasta su muerte en 1986.  
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LA VIDA EN LOS PUEBLOS MINEROS (1866 – 1914)

S.G. Checkland, 1966

CAPÍTULO XV

La Compañía trajo consigo el establecimiento de dos poblados mineros considerables, Tharsis y La Zarza, y otro algo menor con el depósito y muelle en Corrales. Introdujo una forma avanzada de producción en una sociedad subdesarrollada; esa sociedad, aunque europea, era muy distinta a la de Gran Bretaña. Estos poblados se establecieron en zonas donde no había nada que sirviera de base para industrias complementarias, ni ciertamente ninguna alternativa de empleo significativa. La mayoría de estas comunidades se constituyeron con un estamento directivo, extranjero; y otro de trabajadores, españoles. Teniendo escaso parecido con otras actividades humanas en la región.

En Tharsis, hacia 1856, Deligny había atraído una fuerza laboral de unos 1.500 trabajadores efectivos, aparte de muchísimos conductores de mulos y carreteros; junto con mujeres y niños, formándose  una población en torno a 3.000 personas. Parece, sin embargo, que hubo grandes variaciones en el número de trabajadores, esto dependió del programa de desarrollo de la Compañía, de su capacidad de abono de salarios, y de las estaciones agrícolas.

A mitad de los sesenta, el número de trabajadores variaba entre anchos límites: desde 800 a 1.300. En Tharsis la población era de 1.288 trabajadores, y 1.071 mujeres y niños, dando un total de 2.359. En 1873 habitaban 1.046 trabajadores, más 260 eventuales, junto con 1.215 mujeres y 514 niños. Desde los comienzos de la actividad, el número de mujeres y niños presentes en las minas fue más o menos igual al de los hombres. Hacia 1873 las mujeres y los niños superaron en número a los hombres, reflejo del crecimiento de las familias.

En un país con mucho desempleo y muchísima hambre, los hombres se sintieron atraídos fácilmente por un empleo estable y un salario. El conseguir ganarse la vida con el rendimiento de la escasa tierra de las colinas, siempre había sido difícil. Además, con las lluvias virtualmente confinadas a los meses de Octubre a Abril, y con veranos ferozmente calurosos, el destino de la cosecha, los animales, y los humanos dependientes de estos, todo lo condicionaba el alcance de las lluvias invernales; que fueran suficientes para contrarrestar las precipitaciones, menores e irregulares, de la primavera y el verano.

Se les requería pequeñas habilidades, o algo de experiencia, aunque para los trabajos en la explotación a cielo abierto no hubo tales demandas. Muchos hombres mantuvieron una conexión con su lugar de nacimiento, volviendo de regreso a casa para ayudar con la cosecha. Por otra parte, si el trabajo público en la provincia aumentaba, la actividad laboral se hacía menos intensa. Algunos vinieron de pueblos vecinos, o de otras partes de Andalucía. Otros vinieron de otras provincias de España. Especialmente de Asturias, en el norte, vagando grandes distancias en busca de trabajo. Fríos, enjutos vascos,  gallegos corpulentos, mezclados con delgados andaluces, y pequeños y activos portugueses. Unos pocos eran  hombres de Cornualles (Inglaterra), traídos a Tharsis para el manejo y mantenimiento de motores.
Durante veinte años o más, en medio de esta población emigrante, hombres y mujeres podían ser reconocidos por sus orígenes. Pero todos, en cierto sentido, fueron extranjeros en una tierra extraña, sin la tradición unificadora de los mineros asturianos, quienes habían trabajado  juntos por generaciones, y quienes incluso habían luchado juntos en la guerra de guerrillas contra el ejército de Napoleón.

Hombres de tales orígenes fueron, por supuesto crédulos, política e industrialmente. Aunque una o dos veces estuvieron a punto de amotinarse, cuando la Compañía Francesa no tuvo el dinero disponible para pagarles. No reaccionaron a los cuatro años de guerra civil que terminó en 1874. La Compañía de Tharsis no tuvo verdaderos problemas de trabajo en los primeros siete años de su existencia. La Primera Internacional Comunista, altamente exitosa en las cuencas carboníferas de Asturias, envió sus emisarios a las minas de Tharsis en Mayo de 1873. Estos emisarios utilizaron hábilmente a los obreros, lo mismo suplicaron su solidaridad, como los amenazaron con la fuerza para llevar las minas a una huelga de diez días.
 
Por primera vez, la mentalidad de las personas se sintió afectada. Empezaron a cuestionarse sobre sus condiciones de vida. Pero los mineros andaluces, aunque ahora contagiados con esas nuevas ideas, fallaron a la hora de asumir y desarrollar las ideas marxistas, que caracterizaron a los mineros en Asturias, realmente sus problemas fueron menores y su carácter fue diferente del de sus hermanos sobrios y frugales del norte.

Todas las compañías mineras tuvieron sus vigilantes armados: hombres con rifles antiguos o trabucos, frecuentemente reliquias de las guerras Carlistas, con cinturones y sombreros de bandolero con cordón. Estos hombres guardaban muelles, depósitos y almacenes, fueron una característica y una muy antigua peculiaridad del país. Un destacamento de la Guardia Civil, un cuerpo formado en 1844 para acabar con los bandidos y para imponer la paz, aseguró que el comportamiento de los mineros estuviera dentro de los límites. El director General tuvo su propia pequeña corte en los peldaños de la oficina. Los delitos y altercados fueron juzgados.
Una iglesia fue construida a costa de los accionistas de la Compañía Francesa, pero en un sitio más conveniente a la dirección que a los trabajadores; se proveyó el mobiliario y las vestimentas, y se pagó el salario de un sacerdote. Se fundó una escuela por la Compañía Francesa para impartir educación elemental para los muchachos; esta facilidad fue ampliada por la Compañía Inglesa a las muchachas en 1872. El edificio tuvo un uso secundario como capilla Protestante.
 
En 1881 una escuela mucho más grande fue construida y se comenzaron clases para los hombres. Pero fue difícil para el trabajador de la mina ver el beneficio de estos aprendizajes, y el experimento pronto se desvaneció. Por lo general, el analfabetismo del adulto era casi completo. Se contrató un médico y se construyó un hospital para tratar los casos de accidentes y enfermedades epidémicas. Las últimas incluyeron viruela, difteria, gripe y fiebre de malaria. En una epidemia de sarampión en 1893 hubo 1.200 casos y trece muertes.

El desarrollo de la vida familiar sirvió para estabilizar la comunidad, y para hacerla más sensible a la disciplina de la Iglesia. Mejoró la asistencia a la escuela, aunque los padres no tuvieron gran sentido de la importancia de la educación.
Pensaban que todo lo más que se podía lograr para los hijos, era que una hija aprendiera el arte de la costura, o que un hijo consiguiera un puesto de trabajo en la oficina de la Compañía; esto último fue una perspectiva que muy pocos podían conseguir. Pero aunque el aumento de la vida de familia dio coherencia y disciplina,  también trajo sus dificultades.
 
Al igual que la política española se llenó  de corrupción cuando los individuos consideraban que debían servirse de la ventaja que les daba su posición para beneficiar a sus familias, también ocurrió en el pueblo minero. Un padre ayudaba a su hijo a emplearse, los guardias privados de la Compañía, con mucho poder, estaban tentados de favorecer a los suyos; igual ocurría con listeros y almaceneros.

La vida familiar no pudo ser fácil en las viviendas facilitadas. En los tiempos de Deligny los trabajadores tuvieron que depender de su propia habilidad en construir cuchitriles, o residir en los pueblo vecinos, hacia 1879 hubo solamente setenta y nueve viviendas en Tharsis. La gente construyó cabañas de piedra y lodo, ambas eran abundantes. Bajo la dirección de Mercier, antes de 1866, 238 nuevas casas fueron construidas, dando un total de 307. Consistieron en un simple y único cuartel de 5 metros de largo por 4,5 de ancho, muchos sin ventanas ni chimenea, techados o cubiertos con tierra. El promedio de ocupantes era de ocho, sin consideración de sexo, edad o condición marital. En 1873, siete años después de la fundación de la Compañía Inglesa, hubo cerca de 700 casas.

A pesar de este aumento de viviendas el promedio por casa fue todavía de cinco personas. Los ocupantes se las arreglaron ellos mismos con todas las permutaciones posibles, de casados, acoplando hombres solos, o mujeres solas. No había todavía ni letrinas ni desagües. El suministro de agua fue restringido desde las primaveras. Esto ocurría porque la mayoría de los diques no eran aptos para el consumo, aparte de para el lavado de mineral, puesto que contenían tanto sulfato de hierro como ácido sulfúrico. El Informe de las minas hecho en 1873, el año del beneficio del 40 por ciento, motivó  que la Compañía se embarcara en un importante programa de viviendas, edificando 474 nuevas moradas y un hospital nuevo en dos años.

En los años setenta (s. XIX) la Compañía Británica se hizo consciente del degradado estado de los pueblos, y de la pérdida de eficiencia en hombres tan mal alojados.

Continuará...
 
                                               

jueves, 12 de septiembre de 2013

THARSIS, ENTRE AYER Y HOY


 

Hemos seleccionado algunas fotos antiguas que se tomaron hace 40 o 50 años para contraponerlas a fotos actuales tomadas en el mismo lugar. La comparación es interesante para comprobar el cambio que ha sufrido el paisaje.

Otras muchas que tenemos no tienen comparación posible, porque ya no existen las que fueron animadas y transitadas calles de Tharsis.

Igual ocurre con las instalaciones mineras, que está todo tan arrasado que es imposible comparar la actividad de ayer con el páramo de hoy.
 
Las fotos seleccionadas hemos querido que tuvieran relación con el paisaje urbano y minero, pero son pocas las que están centradas únicamente en el paisaje. Las que reproducimos en el vídeo también aparecen personas, aunque el paisaje aparezca en un segundo plano, y para alguno os resulte irreconocible.

La intención es que podáis comparar sitios y lugares que están en nuestros recuerdos, entre unas de los años 60,  y otras tomadas hace pocos días.

Nos ha parecido mejor poner primero la foto actual a color, pasarla unos segundos al  color de las antiguas, para que después aparezca ese mismo lugar en los años 60.

Esperamos disfrutéis este vídeo, y puede que hagamos otra entrega.
 
Lo hemos titulado: THARSIS, ENTRE AYER Y HOY.


http://youtu.be/STIIg0r816Q

 
 
P.D.

Nuestro amigo Juan Leante nos vuelve a obsequiar  con un reportaje fotográfico de hace 15 años, aquí en su blog.

jueves, 5 de septiembre de 2013

OTRO ANIVERSARIO



Un cumpleaños más en nuestra trayectoria. Doce años ya desde que constituimos Amigos de Tharsis, y cinco que nos comunicamos por este medio. Iniciado en Agosto de 2008, hemos mantenido hasta hoy y ampliado a Facebook.

Nuestra intención es seguir en contacto con todos vosotros, a través del Blog, la Web, y Facebook. Ofreceros documentos o artículos relacionados con nuestra historia, o imágenes de épocas no tan lejanas y que vuestros comentarios ayudan a recordar.

Hoy día es imposible evadirse a la realidad de internet. La facilidad de divulgar contenidos o contactar con cualquier parte del mundo, es una posibilidad al alcance de cualquiera.

Renovamos nuestro compromiso de seguir aquí, al pie del ordenador, hasta el día que nos aburramos, y seríais  los primeros en saberlo. Nuestra independencia sigue intacta. Nadie nos subvenciona, ni a nadie lo pedimos.

Somos responsables de los errores o los aciertos, que dejamos a vuestro criterio.

Con estas líneas os damos la bienvenida y retomamos el trabajo. Estamos ultimando el próximo reportaje.

Lo dicho, bienvenidos.