Tenía
subrayado párrafos en varias páginas del libro: “el pino de la
calle Larga”, del puebleño Sebastián García Vázquez, que ahora,
cuando van a rendirle homenaje en su pueblo, me vienen a la memoria.
Aparte
de su interesante relato costumbrista, donde se recogen tradiciones,
fiestas, y habla popular que nos son tan familiares, destaca
igualmente la relación mantenida con Tharsis. No solo que puebleños
abandonaran una larga tradición agrícola para emplearse de
mineros, también que utilizaron el transporte ferroviario para un
más cómodo y rápido desplazamiento a la capital. O mantuvieron
con la Tharsis Sulphur relaciones comerciales.
Debió
de ser, después de Alosno, de donde más personas acudirían al
poblado que se estaba formando y que tanta mano de obra necesitaba,
tanto mujeres como hombres. Que se emplearon en cometidos que poco
tenían que ver a los que estaban acostumbrados. Quizás el más
familiar pudo ser el de transportar mineral a lomos de caballería
hasta Gibraleón, antes de la construcción del ferrocarril. Aunque
este cometido parece que los desempeñaron principalmente arrieros
de Alosno. La mayor parte de estos nuevos
mineros debió ser empleada en el desmonte y apertura de los tajos.
Después, a medida que se incrementaban las exportaciones del
mineral, se irían consolidando otros trabajos, aumentando la
población y la mano de obra: en las galerías, en la fragua, en la
construcción de viviendas, y sobre todo en la del ferrocarril; que
una vez en servicio amplió la oferta de nuevos oficios: equipos de
mantenimiento, guardafrenos, guarda agujas, fogoneros, maquinistas,
llamadores, etc. Esta afluencia de puebleños nos dejaron
costumbres, apellidos, y familias en los dos pueblos; que se
visitaban con regularidad. Compartían vivencias y seguramente
arrastraban a otros familiares a abandonar el campo para cambiar de
profesión. Mi abuelo, Francisco Ponce Macias, puebleño, cuenta mi
madre que periódicamente, en un burrito y en compañía de su
esposa, visitaba a los familiares que allí tenían, y que en estas
visitas se intercambian regalos; telas o prendas compradas en Huelva,
por productos del campo que traían a la mina. Entre las tradiciones,
la más importante, la devoción por la virgen de la Peña, que
trasladaron a sus hijos imponiendoles el nombre de la virgen. Esta
relación entre puebleños viviendo en Tharsis y las familias que
aquí crearon se mantuvo durante muchos años, quizás por eso, la
colaboración de la Compañía para dar realce a la peregrinación al
cerro del Águila, fue importante.
Pero
la apertura del ferrocarril de Tharsis para viajeros, en 1881, supuso
un fuerte estímulo económico para los pueblos cercanos, o por los
que pasaba el ferrocarril. Relata Sebastián García, que en La
Puebla se organiza el traslado en coche de caballos para recoger o
trasladar viajeros hasta la estación. Si nosotros, una vez que
bajábamos del tren, y en compañía de otros viajeros y los
familiares que allí esperaban, hacíamos el camino a casa como en
una peregrinación, que eso parecía Vista Hermosa; pero entre contar
las anécdotas del viaje con los ojos llorosos de la carbonilla de la
locomotora, con los coscorrones del traqueteo de los vagones, en un
santiamén estábamos en el llano de la Escuela Grande. Los viajeros
de La Puebla montaban en coche de caballos para llegar a sus casas
mucho mas tarde. El autor, en el libro, incluso le pone nombre al
conductor del coche que dos o tres días por semana hace el camino
entre la Puebla y Tharsis trasladando viajeros.
Este
interés por mejorar el transporte en ferrocarril fue puesto de
manifiesto en 1882, cuando vecinos y autoridades de La Puebla y
Paymogo vinieron a protestar a las oficinas de la Compañía para que
pusieran un apeadero de la linea en Pueblo Nuevo, lo que acortaría
algo el trayecto para quienes se desplazaban desde estos pueblos.
Igualmente el reemplazo de mozos para el ejercito, que salían de La
Puebla, acudían en caballería hasta la estación.
Aunque
el hilo conductor del libro gira en torno a la fiesta del Pino, el
Pino de San Juan alegre que decíamos entre nosotros, a su alrededor
se tejen unas vivencias y unos personajes muy bien “retratados”
por el autor.
Se
habla igualmente de los varios casinos con los que constaba el
pueblo, aunque por la descripción no creo que alcanzaran la dotación
y servicios que prestaba el de Tharsis desde 1880. Sí destaca el
autor que los mineros que acuden a estos casinos, trabajadores del
Lagunazo o Las Herrerías, solían leer la prensa. El trabajo del
campo requería mucha mas horas de dedicación diaria, mientras que
el minero que terminaba su turno, la caminata hasta el pueblo no le
robaría tanto tiempo como a quienes emigraron a Tharsis, para
quienes seria mas factible quedarse a vivir allí, y con ello formar
una familia.
Si
por la distancia y la dificultad del transporte en el siglo XIX es
más asequible el desplazamiento desde Alosno, el conocimiento de la
puesta en explotación de los “grandes escoriales del Alosno”
debió ser conocido en ambos pueblos antes que en otros más
alejados. Deligny relata que se dejó acompañar por un guía desde
la Puebla para reconocer los escoriales. También entre La Puebla y
Alosno se plantearon recursos por el uso de los terrenos para
pastoreo de la Huerta Grande, donde confluían ganaderos de uno y
otro pueblo, por lo que pudieron estar al tanto de la actividad
minera que se estaba desarrollando. Pero por lo que sabemos, la
influencia de Francisco Limón Rebollo, alcalde de Alosno, fue muy
importante en los primeros años de la minería en el poblado que
acabó llamándose Tharsis.
José
Gómez Ponce
Mayo
2019
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