jueves, 6 de marzo de 2014

MEDICINA Y MINERÍA EN THARSIS. 1956-1966. Y 3ª Parte.


 

Quiero mencionar solamente otras dos situaciones especiales, ahora en relación con mi asistencia a los vecinos del pueblo: La epidemia de gripe del año 1957 en la que, uno de los días, se presentó muy temprano en mi domicilio el Sr. Zamorano, con una lista de 129 avisos a domicilio.

Terminadas mis visitas a extrarradio, Pueblo Nuevo y Hospital, tuve que suprimir la consulta en el Ambulatorio y dedicar el resto de la jornada a las visitas de los enfermos encamados.

A las dos de la madrugada del siguiente día, continuaba golpeando puertas y levantando a los familiares de la cama, que ya no me esperaban a semejantes horas. No sé cuantos talonarios de recetas gasté ese día.

Sin duda quedarán algunos tharsileños que recordarán aquella epidemia y mis visitas extemporáneas. Afortunadamente, la epidemia fue cediendo en pocos días.

En otra ocasión del mismo año, cuando la mayoría de los niños nacían en sus casas, nos encontrábamos solos Dª. María la Matrona y yo, con circo partos "en marcha" simultáneamente. El agobio fue muy grande, pues si necesitábamos desplazar a una parturienta en coche o ambulancia "al Agromán", (nombre popular de la Residencia sanitaria del SOE en Huelva), tendríamos que acompañarla Dª. María o yo, pero no podíamos dejar desatendidas a las restantes,  y con un solo responsable para todas. Tuvimos la gran suerte de que  los partos fueron todos normales y espaciados adecuadamente; Dª. María asistiendo al nacimiento más inminente, y yo de un domicilio a otro visitando, explorando, tranquilizando a los familiares, y trayendo personalmente a dos nuevas criaturas a este mundo.

Mis angustias y responsabilidad fueron muy grandes, pero mayor fue mi satisfacción cundo todo concluyó felizmente.  Lo más reconfortante de la situación  fue la actitud comprensiva de las cinco parturientas y sus familias, que  al llegar a las casas a cada rato, me recibían  con ansiedad pero con afecto, sabiendo que solamente éramos dos sanitarios para cinco pacientes.

Estas angustias y otras muchas con motivo de casos graves o enfermedades mortales, inevitables durante 10 años, fueron sobradamente compensadas con el cariño de esas nobles gentes que me lo demostraban constantemente.

¡Cuánto hemos disfrutado de todas las Veladas y demás fiestas del pueblo y con las reuniones de nuestros compañeros y otros muy buenos amigos!

Es por ello que quiero terminar mi extenso comentario, mencionando, además de los ya citados,  y sin muchos detalles para no alargar este escrito,  algunos nombres de amigos que siguen emocionalmente en mi recuerdo, y me puedan ellos recordar  o, en otros casos, los lean alguno de sus familiares o descendientes.

Juan Martín Santos, primer amigo que conocí al llegar al pueblo y que mucho me ayudó. Juan González Gómez, padre de Francisca, "la tata" de mis hijos, y ahora en Barcelona, con la que seguimos manteniendo una buena relación de familia. Sus padres fallecieron hace años en aquella ciudad.

Juana "la de la Fonda", Antonio su marido y todos los suyos.  Nuestros vecinos Benito, Juana Molina y su hija Andreita. ¡Cuántos intentos hizo Benito para que yo aprendiera, sin conseguirlo,  unos acompañamientos o  acordes de guitarra  para los fandangos alosneros! (el profesor no sería un virtuoso, pero el alumno era una calamidad como aspirante a guitarrista). Por aquellos años trabajaban en la mina los célebres Hermanos Toronjo.

Juan José Martín Roldán. Antonio Caro Gallego. Baltasar Durán. (Estos tres últimos amigos mencionados,  me hicieron siempre grandes favores de todo tipo y con gran afecto en la administración y en talleres). 

Santiago Gallardo Fuentes, excelente amigo  de quién conservo un bodegón al óleo pintado por él. A su lado sufrí la muerte trágica por ahogamiento de uno de sus hijos, cuando se bañaba en el embalse.

Bartolomé de la  Cueva, recuerdo una muy prolongada asistencia sanitaria angustiosa en horas nocturnas, a un familiar muy querido para él. Ya de madrugada todo se solucionó definitivamente bien, sin necesidad de traslado urgente a Huelva. 

Hermanos Ortega Salguero. Leandro Feria, especial amigo mío y de todos los sanitarios, también avezado cazador.- José "el Curto", en cuya barbería pasé tantos buenos ratos. Cándido Maestre, nuestro Alcalde pedáneo.  Beatriz García Llanes, muy buena y discreta amiga, siempre pendiente durante años de cuanto necesitábamos en relación a Telefónica o a cualquier otro tipo de ayuda.

Pepi Garrido Moreno, en Correos, tan agradable y servicial en toda ocasión. Ángel Molina y Apolonia, a los que conocí siendo muy pequeñita su hija, que mucho mas tarde hizo la carrera de médico, pero que nunca la he visto de mayor.

Manuel Franco Garfia, ¡qué buena persona y servicial amigo! Desde que nos instalamos en "nuestra casa", se hizo cargo del cuidado del jardín y así continuó durante años, sin el menor interés, solo por su afecto y el de su familia hacia nosotros, afecto y confianza que siempre fue mutuo. Nunca los hemos olvidado.

Mario Alfonso Cerrejón, al que conocí porque trabajaba en el Círculo Minero Recreativo de Tharsis. Muchos años después me dio una gran alegría cuando se presentó en mi  consulta del ambulatorio en Huelva, al empezar su trabajo como Celador, y desde entonces nos veíamos con cierta frecuencia.  Tras mi jubilación a los 70 años (hace mas de 19), no he vuelto a saber de él.
 
Antonio Barros Beltrán, albañil y mi buen compañero de cacerías,  como paquete en la vespa;  el reclamo y la escopeta desmontada a mis pies en el "suelo" de la moto. Después de hacer un tupido puesto de jaras, mi amigo Barros, cuando el campo estaba "frío", se salía del puesto y se escondía entre peñas próximas imitando el canto de un buen macho, para animar jaula y campo. Al poco rato volvía sigiloso al puesto, ya con reclamo y campo en plena faena; el resultado de la cacería estaba asegurado.  Años después me enteré, aquí en Huelva, de que se había marchado de Tharsis con su numerosa familia, y que había muerto en accidente de circulación. En el Blog de "amigos de tharsis"  (lª familia, última foto, podemos verlos). ¡Cuántas veces jugaba mi amigo Antonio con mis tres pequeños hijos, y cuanto era el afecto que le teníamos! (d.e.p).

Piedrasalbas Romero Márquez, hija única del Guarda  Sr. José Romero Correa, que vivía en la C/ Cervantes nº 22 de Tharsis. Se quedó huérfana y vivió sola durante muchos años. Fue una gran amiga de mi mujer y mía, pero no solamente en mis tiempos de Tharsis,  sino que su profundo afecto (pienso que, por sus continuas manifestaciones,  tal vez mas grande que el nuestro, que lo era mucho) continuó durante muchos años con muy frecuentes visitas a nuestra casa de Huelva, y siempre con algún detalle especial. Así hasta su muerte, hace bastantes años, aquí en Huelva, donde al enfermar, como estaba sola en el pueblo, se la trajo a su casa su sobrina Pepi, también amiga nuestra, que mas tarde con su familia,  se fue a Bonares.

Aunque el médico de Salvitas en el pueblo fuera, en ocasiones posteriores, otro de mis compañeros, siempre confió en mis consejos y tratamientos y así continuó durante  toda su vida hasta el final, cuando volvía de los Especialistas del Seguro, mostrándome los informes para que yo le confirmara todo. A pesar de sus achaques, falleció de un proceso grave inesperado, muy frecuente en los tiempos actuales.

Son muchísimos más los nombres omitidos entre mis buenos amigos, sin duda en gran parte fallecidos sin yo saberlo y que, precisamente por ser tantos amigos, fueron la causa de que yo no volviera al pueblo, en la seguridad de que muchos se sentirían desairados si sabían de una visita mía sin tiempo a saludarlos.
 
Me vine definitivamente de Tharsis a Huelva el 31 de Mayo de 1966, con mi mujer y mis cuatro hijos, con la añoranza de tantas y tan gratas vivencias, profesionales y de amistad, compartida con todo el pueblo y, en los últimos tiempos, también con la nueva Dirección de la Compañía a cargo de Carlos Strauss. Conservo de él un grato recuerdo así como de José Mª. Ley, Antonio Castillo, J. Vega y Antonio Gómez, aunque  fue sumamente corto nuestro  tiempo de convivencia.

Permítame un recuerdo especial  para mi amigo Rodrigo, al que saludo de vez en cuando aquí en Huelva,  hijo de don José Díaz Riestra, (mi primer compañero de profesión y amigo en Tharsis) y otro recuerdo para Isabelita Gervasini, hija del farmacéutico D. José, y viuda de D. Feliciano Díaz Riestra.

Finalmente reincido con el mas afectuoso de los saludos a mi entrañable amigo Carlos Cañada Ruiz, quién tras su jubilación sigue en su querido pueblo de Tharsis.  Por supuesto incluyo en mi saludo  a su esposa Manolita y a sus hijos.

Querido Carlos, como tus añoranzas y recuerdos  coincidirán en mucho con los míos, sé que no te resultará excesivamente pesada una lectura tan extensa, en el caso de que llegue a tus manos. Si estuviéramos juntos me habrías ayudado a  recordar muchas más cosas. Un abrazo.

Antes de terminar, una última observación importante: Quién haya bajado tan solo varias veces al piso 14 de Sierra Bullones, llegando más de cien metros en descenso a las entrañas de la tierra, metido en una jaula o montacargas, amplio pero húmedo, oscuro y poco confortable, ha de sentir, obligada y necesariamente, una sensación indefinible de temor o miedo franco al pensar ¿Volveré a salir de este agujero y ver de nuevo la luz del sol?

El trabajo en Contramina, por sus condiciones y altos riesgos permanentes es, sin duda,  de los más duros y difíciles, yo diría  incluso que infrahumano.

Los Mineros, valientes, abnegados, fuertes o débiles en su ánimo pero resignados, lo hacían a diario, sabiendo que ese era el único medio de salir adelante con sus familias ¡durante toda su vida! y siempre con el temor de que ésta fuera breve.  Lo que menos les preocupaba era una posible y tardía Silicosis. Al llegar abajo, y al menos durante ocho horas diariamente, con ropa impermeable incómoda y no transpirable, casco con su luz propia por la negrura de su ambiente de trabajo, siempre como una oscura noche con neblina, húmedo y chorreante, enlodado. Molesta y aparatosa mascarilla anti-polvo estorbando su respiración. Guantes y botas gruesas o de goma resbaladiza, y los riesgos permanentes a los que estaban sometidos, inesperados, no previsibles, por galerías y salones enrarecidos de difícil encofrado con desprendimientos, peligros en las explosiones programadas, etc. etc.

¡Siempre con la duda de si sería el próximo en caer!, aunque por costumbre y rutina, sin miedo al peligro.

Se necesitaría mucho para describir adecuadamente la insalubridad y peligros de todos los puestos de trabajo en contramina.

¿A qué vienen estos comentarios?

La única explicación a mi juicio que hacía distinta a la gente de Tharsis y su NOBLEZA, creo proviene de la reciedumbre, la raza, fortaleza, lealtad, bondad, valentía, capacidad de sacrificio y sufrimiento, compañerismo y amistad, sencillez, conformidad, y resignación, todo ello sin perder el optimismo, alegría, buen carácter y otros valores humanos de esos mineros y sus familias.

A lo largo de generaciones se han ido impregnando de tales valores el resto de la gente hasta llegar a ser así todo el pueblo, con tales cualidades.

Es lo que creo y así lo he manifestado cuando he tenido ocasión, estando ya  mucho tiempo lejos de vosotros.

Para Vd. D. José, espero haberle complacido "abundantemente", tal vez en forma abusiva por mi parte, pero así son las añoranzas y recuerdos  de mi querido pueblo de Tharsis. 

Quiero darle las gracias por haberme dado esta oportunidad de manifestar a todos, cuanto han supuesto para mí aquellos años vividos entre tan magníficos y buenos amigos.

Un muy afectuoso saludo.

                                                       Fdº. Alberto Bervel.

 

 

 

3 comentarios:

domingo caro lópez dijo...

Don Alberto, muchísimas gracias por este maravilloso documento. Me gustaría mucho que sus hijos, Sofía y Alberto, amigos míos de la infancia, nos narraran sus recuerdos de Tharsis.
Un abrazo de Domingo Caro López

Concepcion Rodriguez Limon dijo...

Don Alberto,despues de leer su escrito no quiero que le falte mis mas sincera y cariñosa felicitación. Muchisimas gracias

Un cordial saludo.

Fran dijo...

Me alegro de que mi abuelo se encuentre entre esas personas que tanto recuerda. Manuel Franco Garfia.

Saludos.