
HISTORIA DE PEDRO
Pedro recordaba que siendo niño su padre ya refería tener que marcharse del pueblo. Le escuchaba palabras de: "futuro", "posibilidades", "mejor para los niños". Palabras todas que tenían que ver con su familia; sus padres y sus tres hermanos.
Descubrió pronto que saliendo de la escuela Grande no cambiaria su suerte, al contrario. Las tareas que le impuso el padre para ayudar a la casa le resultaron penosas, pero las superó. Aunque su cuerpo no estaba del todo desarrollado, comprobó que sus manos habían encallecido. Eran demasiado ásperas para su edad.
Nada le empezó a preocupar más, que su destino quedase atado a aquella situación. Aprovechaba cada vez que el padre hacia referencias a la posibilidad de emigrar. Él era partidario de poner a toda la familia en camino, pero encontraba la resistencia del padre. No le veía la determinación que manifestara cuando niño.
Más de una vez dejó caer su idea de marcharse él solo. Despedirse un día de su familia y no saber si el futuro que ansiaba buscar no le depararía más miseria y menos posibilidades. Pero su deseo de marcharse aumentaba cada vez más.
Llegó el ansiado día. Junto con otros jóvenes de su edad, salieron todos del pueblo. Tenían que concentrarse en Huelva a una hora determinada. Se habían convertido en soldados de España.
Su destino lo conocía por haberlo escuchado a su maestro, Don Gonzalo. Iba destinado al Pirineo de Huesca. El que más lejos destinaban, si exceptuamos a Domingo, que lo destinaron a Canarias.
Sólo una vez acudió a su pueblo durante el servicio militar, pero a punto de licenciarse, ya tenía decidido quedarse en Barcelona. Un paisano le había escrito para que se encontraran en su casa del Carmelo.
Y allí comenzó en serio su vida laboral. Lo admitieron en un Almacén, dedicado al reparto de mercancías, pues el permiso de conducir que obtuvo en la mili fue fundamental para ocupar la plaza de conductor que dejaba libre Feijoo, un gallego a punto de jubilarse.
Frecuentó los ambientes de la Barcelona de los 70. En una sala de baile conoció a Mari Carmen; una chica que llevaba meses en Santa Coloma, que había emigrado con sus padres y una hermana, y se sentía tan sola como él.
A los diez meses de relaciones decidieron casarse. Se quedaron a vivir en el mismo barrio, donde había tantos desplazados de otras provincias. Muchos andaluces.
Pedro siguió prosperando en el Almacén, hasta el punto de establecerse por su cuenta, creando su propia empresa de transportes. Mari Carmen dejó el trabajo cuando tuvo el segundo hijo, pues sus padres no le pudieron prestar la ayuda que le prestaron para el primero.
Mari Carmen le contaba a Pedro los problemas que sus hijos tenían en el colegio. Este no podía dar crédito a lo que le contaba su mujer y decidió comprobarlo por su cuenta.
Solicitó, con una nota que sus hijos llevaron al colegio, hablar con la Tutora.
La Tutora era joven. La conocía desde pequeña, pues sus padres habían venido emigrados desde Jaén, siendo ella una cría.
Puntualmente se presentó en el Colegio y fue raudo a su despacho. Llamó a la puerta y entró en la sala. Junto a la Tutora había dos personas. A una la reconoció, era el Jefe de Estudios. La otra lo dedujo por las referencias que otras veces le había dado Mari Carmen: "la Directora es una señora pelirroja, que parece extranjera".
Pensó que era una suerte que, junto a la Tutora de sus hijos, estuvieran el Jefe de Estudios y la Directora. Así no tendría que repetirse de lo que pensaba decir a los tres. Adivinó mucha tensión en el ambiente y rectifico inmediatamente el comienzo de su frase. Se había dirigido a la Tutora con: "vengo a hablar contigo" por "vengo a hablar con Ud".
Después que hubo terminado de exponer sus quejas, y que los tres escucharon en silencio, la respuesta de la Tutora, "Anita" para él, llegó a sus oídos como un palmetazo dado por Don Francisco, otro maestro de su niñez. Aquella Tutora, a la que había tratado desde bien joven por la amistad que le unía a sus padres. Que más de una vez había visitado su casa del pueblo, camino de Huelva. Que tanto él como sus padres le tenían tanta afición a su paisano Valderrama. Que además le pusieron el nombre en honor de la Patrona. Aquella tutora le hablaba en catalán, y por más que pedía, por favor, que le hablaran en español, no consiguió que lo hicieran.
Pedro hablaba catalán con mucha soltura, y había entendido perfectamente lo que los tres le dijeran. Ese día, él y Mari Carmen, acabaron llorando en la cocina para que los niños no les escucharan. Y se plantearon lo que siempre habían rechazado, volver a su tierra.
Ellos, que huyeron de sus pueblos en busca de futuro, y lo encontraron en Barcelona, no podían entender que obligaran a sus hijos a estudiar exclusivamente en una lengua que no hablaban ni los propios que vivían en Barcelona.
Esta frustración le iba socavando su buen humor, y decidió, junto a su mujer, que regresarían al pueblo. Se establecieron en la capital. Su experiencia en el sector del transporte le abrió las puertas para recolocarse en su tierra. Los niños fueron a un colegio público de la ciudad. Los compañeros de clase, que sabían su procedencia, les pedían que les hablaran en catalán, pero ellos, al igual que sus padres, se prometieron no hablarlo jamás.
Pedro cayó pronto en la cuenta, que en la distancia había idealizado a su pueblo y sus habitantes, pero fue descubriendo mucha hipocresía y mucho conformismo.
Acabó sintiéndose extraño en la tierra que le vio nacer. No podía entender que aquí: el esfuerzo, el espíritu emprendedor, el arriesgarse en la vida, sean valores poco apreciados.
Otros paisanos le comunicaron que, en la empresa que dejó en Barcelona, se presentaron unos señores a decirles que tenían que catalanizar el rotulo que hacia años presidía la fachada, o de lo contrario serian penalizados.
Sus hijos acabaron la Universidad. Su mujer regenta un pequeño negocio, ayudada por uno de los hijos. Pedro, ya jubilado, visita su pueblo esporádicamente, pero confiesa que nunca se sentiría a gusto viviendo entre nosotros, pues ve muchas cosas con las que no podría transigir. Por eso se encuentra a gusto en una urbanización costera de nuestro litoral, donde le visitan sus hijos y nietos.
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“Los ciudadanos son quienes tienen derechos lingüísticos y no los territorios”
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