domingo, 27 de octubre de 2019

1853: “Llamaremos Tharsis a las minas del término de Alosno”


                                                        
                                                                 PRÓLOGO

Todos los pueblos tienen una historia, un pasado, que solemos recordar y cuando no, olvidar. A estos recuerdos se dedican escritos, efemérides o celebraciones. Allí donde sobreviven anfiteatros, castillos, o restos prehistóricos, tienen elementos tangibles que mostrar. También, cuando el trabajo de pueblos milenarios dejan sobre el terreno una actividad que restos arqueológicos corroboran. Si esa actividad se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días, sufriendo periodos de interrupción centenarios, es evidente que su recuerdo es motivo para celebraciones. Algunos hechos constatables de la máxima importancia forman parte de la historia  de Tharsis. Si prescindimos de Ad Rvbras por que los historiadores no tienen un veredicto claro, y sobre las vías romanas queda mucha  luz por arrojar, hay una fecha que da identidad de forma clara al resurgir de la minería en la época moderna; que no necesita de interpretaciones o hipótesis, más o menos creíbles, para que celebremos un acontecimiento notable, esa es el 26 de Marzo de 1853. Ese día quedó recogido que existiría un pueblo que iba a continuar con la actividad que ya habían desarrollado siglos antes.
El reconocimiento de los escoriales del Alosno, por parte de Ernesto Deligny, nos vuelve a situar en la historia de forma inequívoca. Partiendo de sus relatos sabemos cómo llegó hasta nosotros, su recorrido, el camino desde la Puebla, su itinerario en definitiva. Que se presta a ser reconocido y valorado, y que ya lo recorrimos con sus descendientes por primera vez en Noviembre de 2016, y lo volvimos a repetir en Enero de este año.
Esa visita, hace más de 160 años, es descrita en sus apuntes históricos, y ya nos gustaría que en ella hubiera aportado más detalles. Pero como el asunto siempre me pareció importante e interesante, la única forma de entrar en los pormenores es novelando esa fecha, y es lo que me he propuesto.
Refiero el encuentro con Luciano Escobar y la ayuda que le presta, la sintonía que parece existir entre los dos pero que Deligny no menciona en sus apuntes. El apoyo que le ofrecen en Alosno desde el primer momento, para una colaboración de beneficio mutuo. El panorama de subdesarrollo que encuentra: caminos de herraduras, comunicaciones con la capital más que deficiente, una población eminentemente campesina o dedicada a la arriería, poca actividad minera.
Durante todo el recorrido deja claro su compromiso con el amigo en París al que tiene que informar, del que ha recibido el encargo de visitar unas minas en las que quiere invertir, y se lanza a recorrer un territorio que le es totalmente desconocido.
Una pincelada también, al contexto social de unos pueblos, los más cercanos, que después surtirían de la primera mano de obra, donde los campesinos acabarían convirtiéndose en mineros.
Claro, que después de firmar los denuncios mineros una serie de tareas y problemas se le iban a presentar, pero el hito histórico ya estaba registrado.
El título del relato no podía ser otro, el que quedó plasmado en el Gobierno Civil de Huelva a mediados del siglo XIX. El comienzo de una actividad minera que daría nombre al poblado que surgió a su alrededor.

José Gómez Ponce
Octubre 2019
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1853: “Llamaremos Tharsis a las minas del término de Alosno”. 1ª Parte.

Bajando la calle Ladera van dos hombres. Uno tira de un asno, el otro de dos mulas. Son las primeras luces del día. Un vaho de niebla cubre aún el ambiente. La noche anterior hizo frío, se notaba que las chimeneas del pueblo seguían lanzando humo y las calles se llenaron del familiar aroma que desprenden las jaras al quemarse. La primavera comenzaba ese día, pero esta mañana recordaba más que seguía el invierno.
Felipe, que iba en cabeza, tiraba del asno, tras él, el otro hombre con las riendas de dos mulas. Una portaba lo que parecía un baúl de piel, atado a la albarda con correas de cuero. Se dirigieron a la Ratera, allí tenían que encontrarse  con la Benita, mujer de su compadre, para darle un encargo.
A la Ratera acudían las mujeres con las primeras luces del día para llenar de agua los cántaros. Además de las tareas del campo, otros menesteres de la festividad le requería más trabajo. Era Semana Santa, por ello, acarrear el agua  de la fuente a primera hora les daría más tiempo para el resto de tareas, y saben que más tarde se producen colas de cántaros. La Benita acababa de llenar cuando se le acercó Felipe para decirle que no podía sacar sus cabras,  que las sacará el compadre, su marido, que él tenía que acompañar al señor hasta los escoriales del Alosno. Dado el recado montaron en los animales, Felipe en el asno, el forastero que le acompañaba, en una mula, la otra, qué portaba el baúl, la sujetó al tiro de su silla. La Benita le preguntó si regresaría para encerrar a las cabras. Miró al forastero porque no sabía qué respuesta dar, y al mover  este la cabeza afirmativamente le respondió que sí, que estaría para llevarlas al aprisco. Felipe era el guía que había contratado el forastero, porque el Alcalde, pariente suyo, así se lo había pedido.  Lo llamó al Ayuntamiento y le propuso que tenía que acompañar al forastero, y además acogerlo en su casa, petición que no rechazó; y aceptó, igual que el forastero, el importe que tenía que recibir y que le fue abonado en el acto. El alcalde había recurrido a Felipe porque era uno de los cabreros que pastoreaban en las laderas del Madroñal y de la Sierra de San Cristóbal, terrenos que compartían con los pastores del Alosno. Sabía la curiosidad que aquellos escoriales tenía para el pastor, los había recorrido muchas veces. También, como no, por que era pariente suyo. 
Felipe era padre de dos zagales, uno que ayudaba en casa y a él, pero que ahora estaba trabajando de porquero en la Alquería. El otro, más pequeño, les había dicho su maestro que Felipin tendría que marchar a la capital, tenía dotes para el dibujo artístico, y todo el sacrificio que hacían en casa les parecía poco. Los reales que ya había obtenido por un trabajo tan sencillo con el forastero le venían que ni pintados, y así se lo dijo después al alcalde, y también se lo diría al maestro para que fuera arreglandole los papeles.
Su mujer, Caterina, era hija de portugués y puebleña. Su padre acudió de joven junto a otros compatriotas, en la época de la siega, y acabó siendo contratado por un agricultor que ya tenía más jornaleros a su cargo. Tocaba muy bien el acordeón y en las fiestas del pueblo le pedían que tocara, sobre todo por el San Juan.  En uno de ellos conoció a su madre, se casaron, la tuvieron a ella y a dos hermanos más.
Felipe se ganaba el sustento, no solo como cabrero, también trabajaba para otros en cualquier tarea del campo, o con animales, que le propusieran. Otras veces venían a buscarle cuando necesitaban café, porque quienes se dedicaban asiduamente al contrabando se les había descolgado un porteador y acudían  a él porque era buen conocedor de los caminos. Se llegaba a Mértola, solo o acompañado, y traía la mochila repleta. Una vez lo persiguieron los guardias y tubo que desprenderse de la carga para correr más, aunque la recuperó después, porque  los sitios donde esconder el contrabando se los conocía bien.
Las mujeres que esperaban turno de  cántaros le preguntaron a la Benita quien era el hombre que acompañaba a Felipe. Lo que dijo es que su marido le había dicho que por la mañana el compadre Felipe iría a primera hora a darle un recado, por qué no sabía si la partida con el forastero sería el día 21 o el siguiente. Pero lo que se sabía en el pueblo es que llegó hace dos días, acompañado de un minero de “la Preciosa”, se dirigió a hablar con el alcalde, y este hizo llamar a Felipe para que llegaran a un acuerdo en su presencia. Que se había presentado al alcalde de la Puebla como Ernesto Deligny, ingeniero francés, con una carta de recomendación de don Agustín Martínez Alcibar, ingeniero de Rio Tinto. Que su pretensión era visitar los escoriales del Alosno.
Desde la Ratera partieron dos jinetes para adentrarse en el terreno pedregoso, pero despejado de maleza que denotaba un continuo transitar de personas y animales, para llegar hasta la ladera del Madroñal y sus alrededores, donde estaban los escoriales de la Huerta Grande.
Estos eran conocidos por vecinos de la Puebla. Cubrían parte de terrenos comunales que compartían con el Alosno. Felipe, al igual que otros puebleños que pastoreaban ganado, conocía bien los “escoriales grandes”, que visitaba regularmente en ciertas épocas del año. Piensa que aquellas minas están agotadas y ningún provecho pueden dar, pero se va a callar su opinión porque este señor tiene que ser un entendido y sabe más que nosotros, se decía. Ademas, este trabajo de hacer de guía que le había pedido le pareció muy oportuno.
Así fue como Felipe, cabrero puebleño, acabó guiando al francés por el camino que venía transitando hacía años, hasta aquellos montones de escorias. El trayecto, que tenía acostumbrado hacer a pie junto a su trabajo de pastoreo, le habían dotado de unas piernas musculosas. Sin saber los propósitos de la visita y ante la petición del francés de hacerlo lo más rápido posible, mantener a pie el paso de la caballería era imposible, por lo que se hizo acompañar de “Crispín”, un jumento rucio curtido en las tareas del campo, pero que el trabajo de guía que le proponía su dueño sin llevar una pesada carga le resultaría extraño.

Continuará...

José Gómez Ponce
Octubre 2019

lunes, 7 de octubre de 2019

ENTRE EMIGRANTES




El mes pasado fui de excursión a Barcelona. No era algo que me sedujera mucho, ya la visité hace años y me gustó, igual que ahora; pero como hace décadas que le pagamos al gobierno catalán sus correrías y veleidades, pues mi desprecio también se lo han ganado. En 1968 viajé en tren con mi padre para visitar a su hermana María, que vivía en la calle Marqués del Duero, junto al Molino Rojo, aunque ahora la calle tiene otro nombre y del Molino solo queda el nombre, que se lo han puesto a un local construido en su lugar. Vimos la Sagrada familia, paseamos por las Ramblas, fuimos al mercado, al parque zoológico, al canódromo, a la fuente Montjuic o monte de los judíos, nos montamos en “las Golondrinas”, y subimos al Tibidabo. Pasamos una semana muy turística.
En este último viaje, ademas de visitar la capital, recorrimos pueblos de la costa brava, y en uno de estos coincidimos con otros viajeros que hacían una parada como nosotros. Nos preguntaron, al oírnos hablar, de qué provincia veníamos. Les dijimos que de Huelva. Nos dijeron que entre ellos también había amigos de Huelva, que todos eran jubilados, y que vivían en Cataluña, pero que habían emigrado desde otros lugares de España. Mientras la mayoría del grupo se fueron a visitar no sé qué zona antigua, y otros de compras, yo seguí hablando con aquellas personas, que al igual que yo, decidieron no andar más y tomarse un descanso.
El que decían que era de Huelva, al preguntarme si de la capital o pueblo y decirle que de Tharsis, me dijo que su padre era de Alosno, que había trabajado en la mina. Me citó nombres que le había comentado su padre, y yo también recordaba oírlos del mio. Sin quererlo salió el tema de la emigración. Todos opinamos un poco, por que todos habíamos pasado por esa experiencia. Quien decía una cosa la confirmaba otro, o la detallaba. Se notaba que entre ellos, algunos se conocían ya. Uno dijo que si pudiera dar marcha atrás no hubiera tomado esa decisión, emigrar, si no quedarse en su pueblo. Otro, que lo trajeron de niño, que nada podía hacer. Que aquí nos encontramos con emigrantes que hacían lo mismo, huir del desempleo, de la miseria. Que al emigrar, los padres pensaban en el futuro de los hijos. Otro, que también había pasado por Suiza y la mujer, que era extremeña, no quiso regresar al extranjero. Que salir de la casa a la que no vas a volver es triste, por muchos proyectos que hagas, que el cambio es para mejor, pero no siempre, y de esto asistieron tener todos ejemplos. Que dejaron atrás unas vivencias, unas amistades, una forma de ver y encarar la vida, a lo mejor incomprendida, pero nuestra. Que si vienes en edad de trabajar, es a lo que te pones, porque los gastos de vivir en una gran ciudad te eran desconocidos, y toda la ayuda de la familia para salir adelante es poca. Haces de todo para llevar un sueldo a casa, y una vez que vas conociendo esto, hablas con uno y con otro y cambias donde estés mejor valorado y pagado. Uno detalló sus comienzos con 18 años: Que sabía hacer de casi todo, pero profesional de nada. Que se presentó un día a un anuncio de pintor, y con el señor que le pusieron a pintar, desde el primer momento le dijo que él no había pintado en su vida, pero que tenia más voluntad que nadie y eso le gustó tanto que lo acogió de aprendiz, con lo que le enseñó todo lo que sabia. Después lo dejó porque le salio algo distinto y mejor. Y con el “gallego”, así le llamaban porque era de Pontevedra, tuvo mucha amistad hasta que murió hace unos años.
Otro decía que la mayoría hemos formado la familia aquí. Conoces gente, os veis, habláis, acabáis compartiendo muchas cosas y empezáis a proyectar.
Yo cambie el Sur por el Oeste, mi mujer es gallega y viajé a su pueblo a los dos años después de casarnos, porque aún le quedaban familiares. Al mio no fuimos nunca, porque la hermana de mi padre y mis primos salimos juntos, ellos a Zaragoza. Ya solo parientes lejanos nos quedan.
Se viajaba menos, todo ahorro era poco para pagar las letras del piso.
Que recordaban las fiestas de su pueblo, lo bien que lo pasaban. Que algunos conservan fotos con sus amigos de antes.
El del padre de Alosno recordaba el San Juan, y que también había estado en La Velada. Que aquellas diversiones de la juventud siempre les traían buenos recuerdos, y al principio echaban mucho de menos.
No ir de visita ya jubilado a sus pueblos, tampoco les preocupa.
Sí, algunos de nosotros van a sus pueblos alguna vez, pero mi mujer prefiere que vayamos más al suyo. Decía el de Suiza.
Regresar definitivamente lo ven difícil, hay hijos, nietos, amigos, que te atan más que volver a los recuerdos.
Todo mi tiempo lo dedico a la familia y a un hobby que tengo, la pintura. Mi “obra pictórica”, ja ja, la tiene toda mi familia. A todos he regalado un cuadro. Dijo otro.
Tampoco estoy contento con lo que está pasando, ni como actúa un hijo mio, pero procuro no sacar algunos temas y ellos delante mía no sacan su deriva. Decía el aprendiz de pintor.

La vida del emigrante es dura, más, si estas solo y en un país extranjero. Adaptarse cuesta y no siempre se consigue. Si después de los años decides regresar, lo que dejaste ya no es lo que era y necesitas otra adaptación. Comparas lo que has dejado con lo que te encuentras al volver: en servicios, en posibilidades, en futuro. Eso, y las raíces que atan, hacen difícil el retorno definitivo.
Pero difícil no es imposible.
En esto llegó mi mujer para decirme que ya se estaban montando en el autobús. Regresábamos a Lloret de mar. Me despedí de estos señores. Les deseé mucha salud. Y les dije que los españoles eramos los mejores.

José Gómez Ponce
Octubre 2019


jueves, 4 de julio de 2019

HACIENDO LA RABONA. Y 5ª Parte.



-¿Estos son los trabajadores? - preguntó Pedro a Dieguito.
-Sí, eso tiene escrito mi padre.
-No puede ser, no están los sospechosos -dijo Juan.
-No están, ¿verdad que no, Juan? -confirmó Pedro.
No pueden estar porque las personas de las que sospechan no trabajan en ese departamento. Pero hay algo que ha estado sucediendo durante la semana, que ellos desconocen. Sucedió hace dos días, cuando el guarda del Polvorín, en el relevo de noche, y a la altura del pilón del malacate, vio que un hombre, que tiraba de un burro que parecía llevar una pesada carga, se paró junto a las ruinas del antiguo hospital. Ruinas, donde lo único que quedaba en pie era una de las dependencias.
Al pasar a su altura dio las buenas noches, pero no fue contestado. Siguió caminando. A pocos pasos volvió la vista atrás y vio que del animal descargaba unas cajas de madera.
Continuó su marcha por la empinada cuesta, para llegar a la garita que controlaba el acceso al polvorín. Cuando llegó, soltó el canasto y el arma, y anotó en el libro de incidencias lo que había visto. Esa misma noche, y como era habitual, la pareja de la guardia civil se llegó al polvorín y departió con el guarda para comprobar que todo seguía sin novedad. Entonces el guarda aprovechó para contar lo que había visto. Un trasiego de cajas de madera que, transportadas en un burro, se han ocultado en las ruinas del hospital. Para el guarda estas cajas podrían suponer mucho peligro, y competencia por tanto de la guardia civil. Volvió a anotar en el libro: “Turno de noche: Comunicado a la ronda de la guardia civil, posible contrabando de explosivos”.
Dieguito se preguntaba, si la foto que ha llevado no es de la Fundición, vaya ayuda que le ha prestado a sus amigos. Por eso nada más llegar a casa se propuso revisar todo el álbum, por si alguna otra fotografia ponía al reverso: “trabajadores de la Fundición”.
Pedro pensaba que Dieguito se había equivocado con la fotografía, que con toda seguridad mañana va a venir y decirles que se ha equivocado, que esa no era, que es otra. Pero ha decidido que la pieza que robó de una de las cajas y le enseñó a D. Gonzalo, la va a enterrar y no se lo dirá a nadie.
Juan, mañana tiene decidido no salir al recreo. No tiene ganas de hablar más del asunto. Le dirá a D. Gonzalo que se va a quedar en clase para terminar un trabajo.
El padre de Dieguito acude a menudo a la oficina general. Se reúne con responsables de los distintos departamentos. Hay días que las reuniones terminan de noche y la empresa pone a su disposición un coche que lo lleva de regreso a casa.
El guardia de puerta del cuartel tiene la orden, que si ve pasar al padre de Dieguito, lo pare y lo conduzca al despacho del brigada Cadenas. En ese momento lo ve acercarse camino de la oficina y le dice que el brigada quiere verle. Como sabe cual es su despacho, llama a la puerta entreabierta. Desde dentro le dicen que pase y que cierre la puerta. La conversación tiene lugar en estos términos: “Te pido que esta noche, si tienes que volver al pueblo en coche, no lo hagas, suspende la reunión si es necesario, pero no uses el coche de noche”.
El padre no hizo ninguna pregunta, porque la conversación terminó con estas palabras: “ No te puedo dar información. Y no lo comentes”.
Cuando abandonó el despacho, el brigada marcó un número y dijo por teléfono:”el operativo se monta esta noche. No circulará ningún vehículo”
Dieguito ha revisado todo el álbum. No hay duda, la fotografía de la Fundición es la que le enseñó a Pedro y Juan.
El brigada repasó el informe que tenía sobre la mesa: “las cuatro cajas están apiladas en el sótano del antiguo hospital. Tapadas con una lona y cubiertas de ramas. El lugar se presta a ser cargadas en un vehículo y darse a la fuga rápidamente. Actuar con mucha precaución, pudieran contener explosivos”
La única dependencia del hospital que quedaba en pie, se había utilizado como sala de autopsias. Ahí recibieron la orden, una pareja de la guardia civil, para que a la puesta del sol se encerraran a pasar la noche.
Dieguito está ansioso por verse a la mañana siguiente con sus amigos, para confirmarles que no hay dudas de la fotografía. Como cree también, que sus amigos estarán más preocupados por no saber qué hacer ahora, le va a sugerir que le cuenten todo al cura.
A las tantas de la noche, los guardias que estaban dentro del hospital, que ya se habían fumado varios “ideales”, escucharon el ruido de un vehículo acercarse. Uno se subió a la mesa de autopsias para mirar por el tragaluz de un ventanal. El otro se acercó a la puerta con el fusil en la mano. El de la mesa contaba: 1, 2, 3, 4. Al contar la cuarta y última caja, bajó de la mesa, cogió su fusil, y junto al compañero abrieron súbitamente la puerta, y apuntando a las dos personas que se encontraban fuera del vehículo le gritaron: “Alto a la guardia civil”. Estos se quedaron paralizados. Después contarían que se llevaron un susto de muerte, al abrirse la puerta y salir dos personas gritando. El guardia que estaba de apoyo en el pilón, camuflado entre los pinos, bajó y se hizo cargo del vehículo. Una furgoneta DKW, con las cuatro cajas. Los ladrones fueron escoltados hasta el cuartel.
El guardia de puerta anotó los nombres de las dos personas, uno era de Gibraleón; el otro de Tharsis, al que conocía perfectamente. Con quien departía a menudo en el casino. Las cajas no eran explosivos, si no piezas de bronce.
Dieguito ya se había levantado para ir a la escuela y antes de entrar a clase tenía pensado confirmarle a sus amigos que la fotografía era correcta. Y que si querían hablar con el cura, él les acompañaría. Cuando sonó la campana para entrar en clase, el pueblo sabía que han detenido a dos personas, un trabajador que había robado piezas de bronce para venderlas, y el otro un forastero. A la hora del recreo el pueblo sabía más: que la guardia civil sorprendió a unos ladrones que estaban robando, le dieron el alto pero estos salieron corriendo. Lo andan buscando por la Huerta Grande, donde parece que han huido.
Y a la salida de clase, el pueblo lo sabía todo: Unos ladrones se enfrentaron a tiros con la guardia civil, porque habían robado cajas de explosivos. Que uno de los ladrones resultó herido y lo han trasladado a Huelva. Que el tiroteo se produjo cerca del pueblo y de milagro no explotaron las cajas.
En el cuartel, un guardia pasa a máquina el informe que le ha dejado el brigada en dos cuartillas escritas con estilográfica: “... el operativo cumplió su objetivo. Fueron detenidos dos individuos. Domingo - - , mayor de edad, domiciliado en Tharsis, trabajador de la empresa. Y Félix - -, conductor, natural de Gibraleón. Han sido puestos en libertad indicándoles se presenten diariamente en el cuartel de la guardia civil de Tharsis y de Gibraleón. Se está a la espera que la empresa presente la correspondiente denuncia por robo. Se ha contactado con la comandancia de Gibraleón para comunicar el incidente”.

DOS DÍAS DESPUÉS.
Al trabajador que fue detenido se le acerca su jefe y le dice algo que no escuchan los demás: “Domingo, mañana quieren que estés a las 9 de la mañana en la casa de Huéspedes. No vengas a trabajar que te pongo el día de descanso”
Al día siguiente le atiende María, a la puerta de la casa de Huéspedes. Le da su nombre y esta le dice que le están esperando. Lo acompaña a uno de los salones con que cuenta la casa. María golpea la puerta, la abre, y anuncia que Domingo está aquí. Domingo entra, da los buenos días, y encuentra reunidos a D. Guillermo Ruterfhord; a D. Cándido Maestre, alcalde de Tharsis; La Asistente Social, Srta. Charo; y a D. José Vega, jefe de Personal.
Los reunidos le miran y le devuelven los buenos días. En la mesa hay algunos papeles. Con los cuatro ha hablado Domingo, aunque con D. Guillermo poco, y solo una vez por cuestiones laborales cuando visitó su puesto de trabajo.
D. Guillermo se ha tomado su tiempo para despedirse definitivamente de la empresa a la que se había entregado de corazón. Recogiendo documentación de la oficina general; embalando pertenencias que expedirá por ferrocarril hasta uno de los barcos que atracan en el muelle de Tharsis, y hacen la travesía hasta Glasgow. Enterado del robo de las cajas de bronce, no puede evitar implicarse en los asuntos de “sus trabajadores” y pide a su sustituto, D. Guillermo Mackenzie, presidir esta reunión. Recuerda la calurosa despedida que le tributó el pueblo de Corrales el mes pasado. Donde acudieron directivos de la empresa y representantes de la vida social de Huelva. Y aclamado por la población, que abarrotó el Cinema Corrales donde se le rindió homenaje.
Domingo quedó a la espera que alguien se dirigiera a él. El diálogo que siguió lo conocemos porque al padre de Dieguito se lo comentó el jefe de personal. Dieguito lo escuchó en casa, y lo compartió con sus amigos. Y que transcurrió así:

D. GUILLERMO: Las personas que estamos aquí ya hemos hablado. Me informan que acudió usted a la consulta de un especialista en Sevilla, por indicación del Dr. Quintero Vázquez. Yo quiero escucharle a usted.
DOMINGO: El problema de mi hijo lo conocen el Sr. alcalde, y la Asistente Social; a quienes les conté que D. Rafael me había pedido cita con un conocido especialista de Sevilla. Fui a la primera consulta y no me cobraron nada, pero me informaron que el tratamiento podía ser con ingreso incluido.
ASISTENTE SOCIAL: Sí, yo me puse en contacto con el Dr. Quintero Vázquez, me comentó que la poliomielitis del hijo de Domingo se podía complicar con meningitis, que lo había derivado a Sevilla para que lo atendiera un médico especialista. Al día siguiente Domingo vino a verme, y me dijo que el especialista de Sevilla le comunicó que había que tomar una decisión rápidamente. Me planteó cómo le podíamos ayudar. Le dije que le preparaba un informe para conseguir una ayuda. Después le pasé aviso para reunirnos, pero no se presentó, y ha ocurrido lo que ahora sabemos.
ALCALDE: Yo le dije a Domingo que la ayuda para esa consulta al especialista estaba solicitada, que podría contar con ella.
JEFE DE PERSONAL: Dirigiéndose a D. Guillermo. Yo lo que tengo que decir es que Domingo es un buen trabajador, responsable, que tiene espíritu de equipo.
D. GUILLERMO: Tengo aquí el informe de la guardia civil. “Las cuatro cajas contenían piezas de bronce ya inservibles, que estaban destinadas a la fundición. Esas piezas no las ha podido robar solo Domingo, ha tenido que ser ayudado por otros trabajadores”. También informa la guardia civil, que el conductor de la furgoneta llevaba en un sobre el dinero por las cuatro cajas. -¿Domingo, que iba a hacer usted con ese dinero?
DOMINGO: Que ya tenía hablado con el “molinero” para que trasladara a mi mujer y mi hijo a Sevilla, y pagarle por el servicio y para la consulta del médico.
D. GUILLERMO: He pedido a mi sustituto, el Sr. Mackenzie, presidir esta reunión. También le he pedido que no haga efectiva la carta de despido, que está firmada, hasta que no hablara con usted. Yo he estado más de 40 años al frente de un consejo de administración, y cumpliendo con unas normas que se me exigen, pero también tomando decisiones para que las cosas funcionen. No voy a impedir su despido, pero sí a recomendar, porque mis años de experiencia así me lo dictan, que sea usted readmitido.
Me voy de España con la conciencia tranquila y el deber cumplido. Me he sentido a gusto entre vosotros. También les puedo anunciar, que el poder británico sobre esta empresa va a desaparecer en pocos años. Deseo que los nuevos dirigentes sigan manteniendo la actividad por muchos años más.
ALCALDE: Quiero decir, que en el pueblo se ha organizado una colecta, y se ha recaudado dinero para pagar la consulta de su hijo en Sevilla.
D. GUILLERMO: Se que usted vive en un huerto con sus dos hijos. Y le he pedido al Jefe de personal, que si a usted lo readmiten, pueda solicitar una vivienda de las que se están construyendo. Su hijo va a tener más comodidades en una casa con agua corriente y aseo, que viviendo en un huerto.
DOMINGO: Les dio las gracias a todos, agradeciendo la ayuda que le habían prestado. Y gracias a la colecta, su hijo sería tratado en Sevilla. Que él regresaría a trabajar al campo, donde empezó a trabajar de joven con su padre.

TRES MESES DESPUÉS.
El Sr. Mackenzie recibió una carta en la oficina general, fechada en Edimburgo. La carta se interesaba por un trabajador. Ese mismo día contestó al remitente: “Sr. Guillermo Rutherford, el trabajador Domingo - - está integrado perfectamente en su antiguo puesto de trabajo. Su hijo ha respondido muy bien al tratamiento. Y en el sorteo celebrado le ha correspondido una de las nuevas viviendas. También nos ha visitado el Sr. Carlos Strauss, representante de D. Antoine Velge, que están muy interesados en entrar en el accionariado de esta empresa.”

EPÍLOGO:
Domingo se jubiló en la empresa. Su robo se fue olvidando. Nadie le preguntó, ni la guardia civil, quienes le habían ayudado a robar las piezas. Ni los que le ayudaron comentaron nunca que le habían ayudado. Juan y Pedro, que conocieron a dos de los que ayudaron a Domingo, juraron que jamas revelarían quienes eran.
FIN

José Gómez Ponce
Julio 2019



jueves, 27 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 4ª Parte.



Ni les importaba no seguir viendo la película, la “solución” de Pedro parecía alocada, y sobre eso continuaron hablando camino de casa. Pedro daba por hecho algo imposible: dirigirse a Talleres, llegarse a la Fundición y ver quienes trabajan allí. Pero como no encontraba apoyos, ni los podía encontrar, que dos niños deambularan por Talleres, quiso ponerlo más fácil diciendo que podían dar un paseo hasta la estación y ver si averiguaban algo.
-Yo lo veo complicado, porque según tú hay que ir un día de trabajo, y entonces ¿vais a faltar a la escuela, o las clases particulares? -dijo Dieguito.
Juan pensaba que en cuanto los vean merodear por Talleres  los cogerán de la mano, llamaran a sus padres, que de seguro se van a enfadar, y la reprimenda la tienen asegurada. Aunque el paseo hasta la estación sí que le gustaba a los tres. Por eso dijo:
-Pedro, eso yo no lo voy a hacer, a mi padre le disgustaría mucho.
El camino de la estación lo hacían diariamente obreros, pero era conocido también por las familias.  Raro sería quien no hubiera transitado por Vista Hermosa para llegar a la estación y coger el tren que trasladaba viajeros, junto a un convoy de mineral, al Puntal de la Cruz. Después abordar las canoas que allí esperaban para llegar a la capital. Este camino, arbolado en parte, se inundaba con los ruidos  de la febril actividad. Los primeros estruendos se escuchaban ya desde bien lejos, y procedían del Plano Inclinado de Filón  Norte, cuando los vagones cargados de mineral  eran arrastrados por cables desde el fondo de la corta hasta la cima del Plano, y descargados por gravedad en una especie de resbaladera, que provocaba ese enorme estrépito. Para que este mineral compuesto de trozos de distinto tamaño, algunos bien grandes, no saliera de la resbaladera y provocara algún accidente, colgaban unas enormes cadenas que dirigían el mineral a la Planta de Trituración instalada abajo.
Pasado el Plano, que quedaba a la altura de las oficinas de Filón Norte y el puente Negro,  continuaba el camino, que también carretera, sobre el único túnel que tenía el ferrocarril, construido en 1868. A la derecha, la Planta de Trituración, de donde llegaban otro tipo de ruidos, monótonos y constante: Trituradoras, conos, zarandas y cintas transportadoras. Donde se desmenuzaba y clasificaba el mineral. Desde arriba del túnel ya se veía la estructura enorme de los Talleres, y conforme se bajaba por la cuesta,  se percibían otros ruidos distintos: metálicos, de escapes de aire, de grúas deslizando por los carriles, de silbatos de locomotoras anunciando maniobras, de enganches o desenganches de vagones, de los parachoques  de unos vagones en movimiento chocando  con los de otros vagones parados. Y al final la estación, donde iban llegando los viajeros, pero nunca antes que las recoveras. Donde ruidos y voces empezaban a ser familiares. De las madres recomendando no moverse del asiento. De prevenir del coscorrón cuando el tren arranque, o  de no asomarse por la ventanilla que la carbonilla se mete en los ojos. 
Viendo Pedro que su idea no iba a ser compartida, y faltar a la escuela  para llevarla a la practica, ni a él le parecía acertada, pensó que dejar el paseo para un domingo no sería mala idea, y fue lo que propuso.  
 -¿Y porque no vamos un domingo, que no tenemos que ir a la escuela?
-Pero los domingos tampoco se trabaja en muchos departamentos -expuso Dieguito.
-Claro. ¿Pero qué podemos averiguar un domingo?  nada -dijo Juan.
La duda se apoderó de ellos. Se preguntaban, que si no conseguían averiguan nada, ni yendo un domingo, ellos sí podían ser descubiertos tarde o temprano. La preocupación que ya tenían les iba en aumento, y ni saben por cuanto más tiempo. Poco le faltó a  Juan de explicar las consecuencias en las que pensaba se iban a ver atrapados, recordando lo contado por su abuelo, si en ese momento no interviene Dieguito.
-Un momento, creo que lo puedo solucionar. 
-Sí, tú ¿vas a ir por nosotros, que no conoces a ninguno? -habló Pedro.
-No, que no tenemos que ir ni en domingo ni cualquier otro día -dijo Dieguito.
-Vale, que tú te chivas a tu padre y él  lo hace por nosotros -dijo Pedro.
-Pedro, ya me acusaste antes y te lo aclaré, no dudes de mi -dijo Dieguito. 
-Perdona, pero me estoy preocupando -dijo Pedro. 

Ya estaba decidido, ni en domingo se acercarían por Talleres. Errónea decisión, porque desconocían qué se hacía los domingos en Talleres, entre otras tareas. Si se acercaran el domingo como tenía previsto Pedro, hubieran conocido cosas  que les conducirían a resolver este asunto más pronto que tarde. Pero rechazando definitivamente ese paseo por Vista Hermosa,  no podían ver lo que todos los domingos ocurría en las escorias  que se arrojaban de la Fundición. 
Sí, los domingos acuden mujeres a rebuscar entre esas escorias. A poco que hablaran con ellas, les darían información que ni se podían imaginar. Esas mujeres recogían trozos de bronce que contenían las escorias, cuando al fundirse el metal se refina retirándole las impurezas. Contribuían así para conseguir un dinero que  falta les hacía en casa. Y ese dinero se lo daba quien estaba interesado por el bronce, un chatarrero de Gibraleón, que acudía regularmente para comprar todo el metal que encontraban. Pero esto no llegaran a saberlo si no dan ese paseo el domingo.
-Habla, ¿qué se te ha ocurrido? -le preguntó Juan a Dieguito.
La expectación provocada en Pedro y Juan era enorme. Quien no había visto las cajas robadas, ni a las personas  sospechosas del robo, dice que lo puede solucionar. ¿Qué explicación tiene? Se preguntaban.
-Sí, cuenta, ¿cómo se puede resolver esto? -preguntó Pedro.  
Verdaderamente la ocurrencia de Dieguito podía ser definitiva. Si se identificaban a los trabajadores de la Fundición, que era la solución que les parecía correcta,  aquí terminaría todo y conseguirían la tranquilidad que buscaban. Y luego, ¿qué harían? ¿ir a la Guardia Civil, o esperar que vinieran a tomarles declaración? ¿Qué sabía Dieguito que desconocían los demás? ¿Tan seguro estaba, o era más bien por introducir cierta tranquilidad en el grupo que  veía alterarse por momentos? 
Pero hay algo que ninguno de ellos podían saber, ni era de dominio público. Hacía días que se estaba preparando un homenaje a D. Guillermo Rutherford, gerente y presidente del Consejo de la Compañía. Este homenaje se dudaba si llevarlo a cabo en Tharsis, donde estaban las oficinas generales, pero finalmente el acto se celebró en Corrales. Pudo influir para ello la cercanía a Huelva y facilitar la asistencia de autoridades desde la capital. También que la iglesia y el cine de  Corrales estaban a escasos metros. Y el de Tharsis fuera más antiguo y menos adaptado que el Cinema Corrales.
Lo cierto es, que la prensa estaba informada de este homenaje y lo quería cubrir con un reportaje fotográfico. Para ello desplazaron  a Tharsis y a Corrales, periodistas interesados en escribir sobre la vida de los obreros, sus lugares de trabajo, de los servicios que disfrutaban: Casino, Banda de Música, Cooperativa, Caja de Ahorros, Escuelas.      
El responsable que acompañó a los periodistas  por los distintos departamentos de la empresa, fue el padre de Dieguito. Quien se presentó un día en casa con un álbum de fotos que le remitieron desde la sede del periódico. Lo enseñó, y comentó que eran  las copias del reportaje fotográfico, que ese fue el compromiso del periódico con la empresa. Dieguito había observado aquel álbum sin mucho interés, pero sí reparó que cada fotografía tenía al dorso un número y un pequeño texto. Ese texto correspondía con el pie de foto de las que aparecieron publicadas en los periódicos. 
-Mañana os traigo la solución -dijo Dieguito.
-¿Y ahora porque no puedes decirla? -preguntó Pedro.
-Qué más da esperar a mañana, yo estoy tan impaciente como tú -dijo Juan.
Dieguito se  arriesgó diciendo que tenia la solución, porque creía que una de las fotos era de los trabajadores de la Fundición. Y ojala no se equivocara. 
Quedaron en verse al día siguiente en los escalones de “La Posá”. Esa noche tenía que sacar la fotografía del álbum, y esconderla para enseñarla mañana a los que podían identificar a los sospechosos del robo. No quiso decirle nada al padre, porque entonces le haría preguntas que tendría que contestar. La envolvió en una página de periódico y la escondió detrás del cuadro de cabecera, que representaba a unos niños jugando a la gallinita ciega y un ángel de la guarda  vigilaba para que no cayeran a un estanque. El ángel que debería ayudarles a ellos, pensó.
En la escuela ni hablaron del tema. Estaban deseoso que tocara la salida para dirigirse al lugar de encuentro. Dieguito pasó por casa. Cogió la foto que había guardado detrás del cuadro, y la guardó entre la camisa y el chaleco. Sentados en los escalones de “La Posá” estaban Juan y Pedro.
-Venga, date prisa -le gritó Pedro viéndole llegar.
-Bueno, ya está aquí -dijo Juan.
La subida de la cuesta le hizo jadear y no atinaba a hacerse entender.
-Dinos ya lo que nos tengas que decir -Dijo Pedro
Metió la mano debajo del chaleco y sacó la hoja de periódico que envolvía la fotografía. 
Enseñó la fotografía diciendo:
-Estos son los trabajadores de la Fundición, aquí están los ladrones.
Pedro, casi se la arranca de las manos. Quedó asombrado mirándola. Juan le miraba la cara,  quería interpretar su gesto. Con cara seria se la pasó a Juan. Dieguito esperaba una respuesta, una exclamación, una risa.  

Continuará...
José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 20 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 3ª Parte




Los “tres mosquetero” marcharon a casa con indisimulada alegría. Se sentían importantes, iban a desenmascarar a unos ladrones. La Guardia Civil no vendría a por ellos, tenía que estar con ellos. Pero la euforia no les duraría mucho, porque ya en casa, algunos empezaban a ver complicaciones. O lo peor, que se estaban metiendo en un problema gordo, y lo mismo sin solución.
Juan, lo primero que hizo al llegar a casa fue preguntar por el abuelo. Le dijo que le iría a comprar el tabaco, un cuarterón, que le había encargado el día anterior. Al estanco de Domingo, donde siempre le mandaba. Cogió una peseta y dos monedas de 25 céntimos que le había dejado en el poyo de la cocina, y pasando por detrás del casino llegó al estanco. El trayecto se le hizo muy corto, porque seguía pensando la forma de abordar con su abuelo el problema que se le había presentado. Pensó: “Le llevaré el tabaco y le liaré algunos cigarrillos, porque él lo agradece por la dificultad que tiene en sus dedos. Después le pediré que me cuente lo que pasó a su primo Antonio, que ya lo tiene referido en casa, pero yo nunca le había prestado atención”. Tal como lo pensó, le salió la charla con el abuelo. Esta vez puso toda la atención al relato que era conocido en casa, pero comprendido por Juan por primera vez.
El abuelo le había contado que su primo Antonio, que marchó al extranjero, y que él no llegó a conocer porque aún no había nacido, era guarda de la Compañía; y en el departamento que trabajaba se produjo un robo de poca monta. No se pudo demostrar que ese día tenía que estar de guarda en el departamento donde robaron, y le sancionaron con multa de 20 reales y con apercibimiento. Al mes volvieron a robar en el mismo departamento, y por más que alegó que ese día alguien cortó la corriente eléctrica y no pudo cumplir bien su cometido, lo despidieron, lo obligaron a desalojar la vivienda y salir del pueblo. Y por supuesto que el ladrón recibió el mismo castigo.
Juan recordaba que el dueño del huerto donde están las cajas robadas, tiene un hijo algo mayor, en la clase de D. Antonio. Que la hermana es de su misma edad, y algunas veces coinciden en el camino a casa.
Pedro, quiso contagiarse de la alegría que él veía en los otros dos “mosqueteros”, pero su mente ya estaba trabajando un paso más allá, porque aunque creía tener la solución del problema, no conseguía imaginarse la forma de llevarla a la practica.
Es que al salir ese día de clase le había explicado D. Gonzalo que esas piezas tan finas y otras muchas, muy bien trabajadas, se hacían en la Fundición, Sí, se refería a la pequeña polea de bronce. Ya se veía como un detective, resolviendo el problema que les tenía preocupado. Bueno, a él no tanto como a Juan, que poco menos que se veía preso. Esto pensaba: “La solución está en que nosotros sepamos quienes trabajan en la Fundición, porque está claro que ese material ha salido de allí. Y como nosotros hemos visto al que trasportaba la caja; su cara, su estatura, su forma de andar. Y También conocemos al dueño del huerto, pues si trabajan en la fundición, caso resuelto. Porque seguro que esas piezas robadas les faltaran a alguien y lo harán responsable sin tener culpa ninguna”.
Estos razonamientos suyos resolviendo el problema, estaba ansioso por compartirlo con su “equipo”, como mentalmente los había calificado.
Dieguito, era el menos implicado en las repercusiones que pudieran tener lo que sabían y habían visto Pedro y Juan, pero como se ha comprometido a ayudarles, su palabra es Ley. Recuerda lo que su padre le refiere alguna vez: “hijo, lo que digas que vas a hacer, lo tienes que hacer siempre, porque si no, nadie creerá en ti”. Y él le ha dicho a sus amigos que cuenten con su ayuda.
Aunque también tiene una duda: que el problema sea mayor del que le han contado, por eso el temor que tienen a la Guardia Civil. Pero que él no cree que sus amigos hayan cometido delito. Que son testigos de un robo, y solo le han robado a los ladrones una pequeña pieza. Pero de eso están arrepentidos, pues así se lo ha dicho Pedro sin que Juan se enterara: “Que no la tenía que haber cogido, que Juan lleva razón”. También piensa decirles que él va al cuartel y juega con hijos de los guardias. Que van andando por detrás de las casas hasta la vieja iglesia, y después al “tenis”. Y bajan al cuartel pasando por la casa de huéspedes y las oficinas, donde vieron una vez la fuente echando agua. O que su padre va de cacerías con el “jefe” de los guardias, el brigada Cadenas, (Comandante del puesto de Tharsis) De cualquier manera, cuando se vuelvan a reunir, piensa que se aclararan algunas cosas.
El domingo se vieron en el cine. La cartelera anunciaba la película: “El Gafe”, con José Luis Ozores y Antonio Garisa, para todos los públicos. Juan estaba en la cola y apareció Pedro, que haciéndole seña se acercó y le puso dinero en la mano. Cuando llegó su turno, Juan le pidió a Felipe dos entradas. Pasaron dentro donde estaba Dieguito, al que había avisado Pedro porque sabía que Juan iría al cine. Se fueron directamente a los bancos, el sitio donde se vivía el cine, donde nadie se contenía metiéndose en la película: Cuando había que reír, las primeras risas salían de los bancos. Cuando aparecían los “buenos”, los primeros gritos de apoyo y aplausos salían de los banco. Pero cuando las escenas eran tristes y en otras partes del cine se escuchaba algún lloriqueo, en los bancos estaban más en callados que en misa. Antes que se apagaran las luces hablaron entre ellos.
-Deja ya de preocuparte, esto está solucionado -dijo Pedro dirigiéndose a Juan.
-Yo no estoy preocupado. ¿Porqué? - contestó.
-Pedro quiere que hablemos, no te lo he podido decir antes, dice que tiene la solución -dijo Dieguito.
-Bueno. ¿qué queréis? ¿que salgamos? -respondió Juan.
-Que no hombre, vamos a ver la película. Tranquilo. En el descanso hablamos -dijo Pedro.
Se había apagado la luz y se estaba proyectando el NODO (Noticiarios y documentales). Se escucharon algunos “schsssss”, y los “mosqueteros” dejaron de cuchichear.
Cuando se encendió la luz, porque anunciaba el descanso, los tres salieron juntos. No se tuvieron que decir que iban a orinar, eso se suponía siempre. Llegaron hasta el huerto de Moquilla, donde los muros de piedras toscamente construidos, denotaban el paso de los años y parecían mantenerse en pie de milagro. Los tres apuntaron hacia la pared, no fuera a pasar alguien y les diera vergüenza. Pedro terminó primero y esperó que terminaran los dos para empezar a contar su buena idea: La solución.
Juan estaba preparado para contar el temor que sentía ahora con lo que le había contado el abuelo. No sabía qué le preocupaba más, si acabar en manos de la Guardia Civil o que pasará lo que al familiar de su abuelo. Por eso decidió no mencionar el asunto y escuchar la “solución” de la que hablaba Pedro.
Dieguito también decidió callarse la valoración que él tenia del asunto, hasta esperar a escuchar la “solución” de Pedro.
Con una explicación mentalmente preparada, y que consideraba producto de su ingenio, Pedro se dirigió al “auditorio”. En la escuela los compañeros tenían buena opinión de él, pero si lo vieran en este momento comprobarían que derramaba arrogancia por sus poros.
-¿Sabéis donde se utiliza el bronce, y para qué se utiliza?. Se utiliza en la Fundición. Y se utiliza... (aquí repitió de memoria lo que había oído de D. Gonzalo) Luego, no me digáis que no se os ocurre la solución -acabó su discurso el perspicaz “detective”, mirando la cara que ponía su auditorio de dos personas.
Dieguito recordó en ese momento, que en su casa había una pequeña campana de bronce, que él solía tocar para disgusto de la madre. Que que su padre le había dicho que se hacían en la Fundición. Y que en las casas de los obreros había otras muchas piezas que se hacían allí. No era ninguna noticia que el bronce y otros metales se funden para hacer piezas, objetos, o adornos.
-Sí, a mi abuelo le regalaron unos cuchillos que también lo hacían en la Fundición -comentó Juan.
-Bien, si el bronce se utiliza en la Fundición. ¿donde tenemos que buscar a los ladrones? Pues en la Fundición -remachó el “detective”.
-Pedro, ¿quieres decir que como vosotros conocéis al dueño del huerto, y habéis visto al hombre que transportaba otra caja robada, si trabajan en la Fundición tienen que ser los ladrones? -preguntó Dieguito.
-¿Quien puede ser si no? -contestó Pedro.
-¿Y ahora qué tenemos que hacer, ver a los obreros que trabajan en la Fundición y si son los dos que nosotros conocemos? -preguntó Juan.
-Exactamente, nada más que eso.
-¿Y cómo vemos a los obreros de la Fundición? -insistió Juan.
-Eso no lo tengo aún resuelto, por eso os lo quería comentar -respondió Pedro.
Decidieron regresar al cine. Habían reído con la película y lo mejor es que siguieran riendo. La puerta estaba cerrada. Golpearon y les abrió Cayetano.
-¿Donde vais, si la película va a terminar?.
Ni se habían dado cuenta que Valdemiro ya había recogido el puesto.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 13 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA. 2ª Parte



Al día siguiente, no sabemos quien fue a esperar a quien para hacer juntos el camino a la escuela. Estaban deseosos de encontrarse y decirse las preocupaciones que le invadían. Daban por echo que en cualquier momento la Guardia Civil se presentaba en sus casas y se los llevaban presos, pero ese pensamiento mutuo no lo querían expresar porque demostraría el miedo que sentían. Anduvieron un trecho sin cruzar palabra. Fue Juan quien rompió el silencio diciendo que él sabia como escapar de la cárcel. La respuesta de Pedro fue fulminante.
-Tú eres tonto. ¿quien va a ir a la cárcel?
Juan se arrepintió de haber descubierto su miedo tan pronto. Quiso enmendarlo contando que una vez que detuvieron a un hombre y lo metieron en la cárcel.
-Sí, la que está en la calle donde Valdemiro, ¿y qué? -interrumpió Pedro.
Siguió relatando que él se acercó por allí y vio que la cárcel era igual a los cuarteles donde vivían muchas familias, que tenía la misma puerta de madera, y pensó que un familiar de ese hombre si le traía una caja de cerillas lo podían sacar dándole fuego a la puerta.
-Eso. ¡con una caja de cerilla lo arreglas!. ¿Y si nos vieron entrar en el huerto y para que no hablemos presionan a nuestros padres? -dijo Pedro.
-O a nosotros -dijo Juan.
-Pues a mi, aunque me maten no abro la boca -prosiguió Pedro.
-Ni yo tampoco voy a decir nada, aunque me metan en la cárcel.
Pedro preguntó si se había dado cuenta de una cosa, que el hombre que llevaba el burro no parecía de Tharsis.
-Yo también creo que no es de Tharsis. ¿Y eso qué quiere decir? -pregunto Juan.
-Que si el hombre no es de Tharsis, y el dueño del huerto sí, es que esto es un complot -respondió Pedro.
-¿Qué es un complot?
-Que uno hace una cosa y otro otra, para que salga mejor -acertó a explicar Pedro.
-¡Ah! Ya. Como cuando vamos a poner los pájaros. Que tú pones el arbolete y yo llevo el jilguero y el "jamá" -dijo Juan.
-Sí, eso mismo.
-El dueño de ese huerto no es quien llevaba el burro con la caja -dijo Juan- Que yo lo conozco.
-Sí, pero es quien dejó la puerta del huerto y de la choza abiertas para que otro metiera allí las cajas -respondió Pedro.
-¡Uf!, Pedro, me estas preocupando más. ¿pero que hacemos?
Llegaron al llano de la escuela donde confluían los niños de todo el pueblo. Se dirigieron a la clase de D. Gonzalo. A la entrada estaban apilados algunos troncos de madera que la Compañía suministraba para encender la chimenea. Los niños mayores se ofrecieron voluntarios para acarrearlos dentro. Otro niño estaba preparado para tocar la campana. El maestro estaba de pie en el entarimado e iba mirando a los alumnos al entrar. Pedro y Juan no se sentaban juntos y cada uno fue a su asiento.
Antes de ocupar su sitio, Pedro le había dicho que al recreo le dijera a Diego que los acompañara a las vías del tren.
-¿Qué Diego, “Dieguito”? -preguntó Juan.
-Sí, “Dieguito”, dile que vamos a ver pasar a mi tío, que si nos ve tocará el silbato de la locomotora.
Las vías del tren que venían de Sierra Bullones pasaba por bajo de la escuela. Los maestros no querían que los niños se acercaran por allí, pero cuando maquinistas, fogoneros, o guardafrenos no eran padres de unos, eran tíos o familiares de otros. Este trayecto acercando los vagones de mineral hasta Filón Norte se hacía todos los días. A veces viajaba en la locomotora un jefe de la mina, porque ellos vivían en Pueblo Nuevo y hasta allí hubo un tiempo que llegó el ferrocarril.
La clase olía todas las mañanas a limpia. Tarea de limpieza que tenia encomendada Carmen, empleada de la Compañía, que también se encargaba de las oficinas. El compañero de Juan derramó un día tinta en el pupitre que manchó el suelo, pero le hizo seña con el indice en la boca para que no se quejara. Sabía que en un rato tocaría salida y la mancha en la madera y en el suelo no estaría al día siguiente. El crisolín lo limpiaba todo, y Carmen lo usaba con profusión.
A la hora del recreo y según lo acordado, Juan le propuso a Dieguito que fueran a las vías del tren. Que el tío de Pedro los saludaría desde la locomotora. También podían poner algunas piedras en la vía y ver como el tren las pulverizaba.
Dieguito era hijo único, vivía en una casa de empleados. Se enteraba de todo lo que explicaba el maestro, por eso, cuando teníamos alguna duda y no queríamos preguntar para que no comprobara que no estábamos atentos a las explicaciones en clase, luego se lo preguntábamos a Dieguito. Su padre, según era de dominio público, “mandaba algo”. -Contaría de él Pedro.
Era también el que más bromas sufría en sus carnes. El que más tebeos tenía de Roberto Alcázar y Pedrín. El que tenía fotos de equipos de fútbol y de futbolistas, que apenas tenía nadie. Porque le gustaba el fútbol, y se ofrecía el primero a formar parte de uno de los equipos que se organizaban, pero siempre le decían que lo quedaban de reserva y se conformaba. Aunque un día no hubo más remedio que ponerlo a jugar porque uno del equipo se llevó una patada en la cabeza y salio diciendo que no jugaba más. Entonces entró Dieguito y él solo marcó un gol. A partir de entonces ya se contaba con él.
La broma que peor llevaba es que le hicieran el gazpacho. Con varios niños encima poca resistencia podía poner a que le metieran hierbas por todo el cuerpo: camisa, pantalones, cuello; hasta en los calzoncillos. Lo aguantaba intentando que después hicieran el gazpacho con otro. Pero lo que de verdad temía es que tras esa broma venia sistemáticamente los dos o tres alpargatazos que le propinaba su madre, cuando le encontraba briznas y manchas de hierbas en la ropa. Le repetía que no se dejara hacer eso, que le tenía que lavar toda la ropa. Que no se juntara con niños tan salvajes.
Pero ni la alpargata de la madre ni sus indicaciones iban a influir para cambiar de amistades. Este cambio vendría casi un año después, y la verdad que todos lo echaron de menos. Su padre fue trasladado a Corrales, y lo que conocieron de él por unos tíos suyos que vivían en el pueblo, es que fue a un colegio en Huelva.
Antes de llegar a las vías del tren, el sitio acordado, vieron que Pedro ya estaba allí esperándoles.
Nada más llegar, Pedro le soltó a bocajarro:
-Eres un chivato, tú qué tienes que decir nada a D. Gonzalo.
Dieguito no sabia exactamente de qué era chivato, pero lo que le había dicho a D. Gonzalo hacía unos días, es que Pedro le había enseñado una pieza redonda que parecía de oro, y como creía que tenia que valer mucho, quiso que el maestro le asesorara cuanto dinero podía sacar por ella.
-No sé si D. Gonzalo te ha dicho cuanto puede valer, pero si quieres lo hablo con mi padre para que nos diga si es oro bueno o mezcla -contestó el acusado de chivato.
Pedro comprendió que a quien había acusado actuó de buena fe, que lo que creía oro no era tal si no bronce, y se lo iba a decir ahora mismo.
-Escuchame bien, -contestó Pedro- porque si no me haces caso, ahora mismo Juan y yo te hacemos un gazpacho.
Este era un castigo que no quería sufrir, porque los alpargatazos y reproches de la madre le llegaban al alma.
-Explicarme qué queréis que haga -respondió.
-Mira, la pieza que te enseñé, maldita la hora, no es oro, es bronce. No vale como el oro, pero sí vale algo. Ahora quiero que me jures por tu madre, que lo que vamos a hablar no se lo vas a decir a nadie.
Jurar por su madre era lo máximo que se le podía pedir. Respetuoso con sus padres se dispensaban cariño mutuo, pero su madre era sagrada. Si nos hubiéramos acercado al confesionario que visitaba todas las semanas, seguro que no oiríamos un solo pecado en sus confesiones. A lo que D. Juan le diría que siguiera así y rezara dos padres nuestros.
-Os lo juro, no lo diré a nadie.
-No, júralo por tu madre.
-Lo juro por mi madre. -acabó diciendo.
Pedro se extendió explicando lo que descubrieron el día que hicieron la rabona. Las piezas de bronce guardadas en varias cajas en la choza de un huerto. Que estarían allí porque alguien las había robado para venderlas, y que el dueño del huerto, y el que las transportaban tenían un complot.
-No me digáis que también participan los guardas -respondió Dieguito.
-¡Los guardas! -exclamó Juan- esto es un lío y yo me quiero ir a mi casa. -dirigiéndose a Pedro- Tú lo que tienes que hacer es devolver esa pieza. Tú la cogiste y lo has liado todo.
-Al único sitio que vas a ir es a la cárcel. Y te va a llevar la Guardia Civil -contestó Pedro.
-Explicármelo todo si queréis que yo me entere y os pueda ayudar -les dijo Dieguito.
El tren pasó en ese momento y el maquinista, al ver a su sobrino, hizo sonar el silbato. Ellos reconocieron al conductor y le saludaron. El maquinista les gritó algo que los niños no escucharon, pero el fogonero sí: “Pedro, no vengáis por aquí”.
Ese día se unieron tres mosqueteros, que de haber leído a Alejandro Dumas no les hubiera importado hacer suyo el lema de los mosqueteros franceses: “todos para uno y uno para todos”. Habían decidido descubrir a los ladrones antes que los ladrones le descubrieran a ellos.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019

jueves, 6 de junio de 2019

HACIENDO LA RABONA



Una mañana de invierno Juan se revuelve entre las frías sabanas de la cama. Su madre acaba de llamarle: “tienes que ir a la escuela”. Su madre duerme en la misma cama, él y su hermana a los pies. Se levanta antes para ir preparándole el café con leche que desayuna junto a unas rebanadas de pan frito.
Antes tienes que quitarte las legañas”, le dice su madre, en la palangana con agua fría que le ha preparado en la cocina. Como el agua la tiene almacenada en el corral, en un bidón metálico que su padre trajo una vez de la mina y su madre cubrió interiormente con varias capas de cal, está fría como el carámbano. Mojando las punta de los dedos se las pasa por los parpados y cuando la madre no le ve le dice que ya se ha lavado. Otras veces, cuando no se levantaba con el tiempo tan justo como hoy, su madre coge un tiesto del “cuadrolata” y le calienta un poco de agua. Ese día sí se lavaba la cara de verdad. Es que cuando hace frio en esta casa es para temblar, como dice su abuelo, que se queja de los techos tan altos con que la hicieron. Alguna sabiduría le supone Juan a su abuelo porque desde siempre lo conoce con dos pulseras metálicas de cobre en ambas muñecas. Su madre le había explicado que eso es porque en su trabajo de guardafrenos había cogido mucho frio en el cuerpo y con esos adornos de cobre quería combatir la falta de movilidad que notaba en los dedos.
El café con leche ya estaba en la mesa junto a las rebanadas de pan frito. Algunas veces utilizaba como taza el envase metálico de una lata de leche, al que su padre ponía un primoroso asa y que colgaban en el cuadrolata.
El aparato de radio ya se había calentado y estaba emitiendo una radionovela, teatro radiofónico que tantos seguidores tenía entre las amas de casa. El aparato de radio era lo más moderno que tenían en casa, regalo del abuelo. “Yo me tengo que subir a una silla para encenderlo, conectando primero el voltímetro. Pero una vez vino un hombre y se lo llevó cargándolo en una moto y me dijo mi abuelo algo de cambiarle válvulas”. Le había comentado alguna vez a sus amigos.
Durante la radionovela se escuchaba una sintonía con una letra que a Juan confundía sobre el comportamiento humano: “diste fuego al chaparral y ahora que los ves ardiendo lo quieres apagar”
Este estribillo, al que le daba vueltas en la cabeza, acabó resolviéndolo condenando mentalmente a la pirómana: “si lo quería apagar no lo tenia que haber encendido”.
Llamaron a la puerta, y aunque estaba abierta, él sabia que era su amigo Pedro, para hacer juntos el camino a la escuela.
En la calle comprobó el frío que hacía. Se le metía por los perniles de los pantalones cortos y le llegaba hasta la barriga.
Le dijo a Pedro que se aligerara, que lo mismo sonaba la campana y les cogía bien lejos del llano de la escuela, desde donde antes de cerrar la puerta lo mismo les veían llegar. Pero sonó la campana cuando no estaban ni a mitad del camino y sabían que no llegarían a tiempo. Les costó decidir entre volver a casa y que sus madres comprobaran que habían faltado a la escuela, o hacer la rabona. Con algún remordimiento decidieron lo segundo. Se dieron ánimos para iniciar lo que no habían experimentado nunca, faltar a clase sin tener que ir al medico o quedarte con fiebre en la cama el día que tuviste paperas.
Se les ocurrió, que cuando los niños salieran de la escuela marcharían junto con ellos a casa, así las madres no sospecharían nada. Lo que no querían es que a la salida les viera D. Gonzalo, porque seguro que les preguntaba por su falta y la respuesta que darle todavía no la habían pensado. Mañana ya sería otro día y hasta se le podía olvidar que no estuvieron en clase. La clase de D. Gonzalo les resultaba muy amena, sobre todo cuando tenían que leer sobre la vida de “cien figuras universales” o “cien figuras españolas”, porque ponía mucho interés en que pronunciaran bien los signos de la escritura. La correcta lectura de una frase con interrogación o con símbolos de admiración. La diferencia entre una coma, el punto, o el punto y coma. También, cuando para introducirlos en la lectura, les hablaba de la vida o la historia del personaje.
Decididos a faltar a clase, se les ocurrió dar una vuelta por los huertos que había por los alrededores de la escuela. No esperaban encontrarse con nadie que les preguntara porqué no estaban en la escuela. Pasaron por un callejón donde las tapias de piedras de unos huertos se unían con las tapias de los siguientes. Chozas rusticas con paredes deformes de piedra y barro. Chapas y tubos reutilizados para cualquier apaño. Zahúrdas con uno o varios cerdos que gruñían al oírlos pasar.
Uno de estos huertos tenía la puerta abierta, y la curiosidad por ver lo bien cuidado que se adivinaba y que no se escuchaba ninguna voz a lo lejos, les animó a entrar. En algunos huertos y por sus estaturas, no podían ver su interior, pues por arriba de estas paredes de piedras solían sobresalir espinadas chumberas que persuadían al más valiente.
Pasaron dentro. Aunque su extensión no sabían decir si grande o pequeña, calcularon que sería más o menos dos veces la superficie de sus casas. Pedro vivía en otra casa de la Compañía igual. Tenía un pozo con un brocal rematado en dos muros de piedra donde un travesaño de madera sostenía una carrucha herrumbrosa. El cubo de cinc, cubierto de bolladuras y el contorno desgastado, estaba bocabajo junto al brocal; encima un trozo de cuerda de cáñamo enrollada en espiral, que por su extensión se adivinaba que el agua no estaba a mucha profundidad. Al otro lado del brocal había una pileta toscamente construida que contenía dos viejos culos de lebrillos, que antes de acabar aquí como maceteros debieron tener otros usos,  y que ellos habían visto en las matanzas de los cerdos para recoger la sangre que manaba del cuello de los cochinos cuando el matarife les clavaba el cuchillo, y una mujer daba vueltas a la sangre con sus manos. Estos maceteros estaban ahora repletos de hierbabuena que impregnaban el ambiente con su fuerte y agradable aroma. La choza tenia una parra, ahora sin hojas por la estación, pero sus ramas cubrían todo un entramado de cables y tubos que se había construido a modo de pérgola.
La puerta estaba abierta, y les resultaba extraño no escuchar a nadie por los alrededores. ¿Porqué estarían la puerta del huerto y de la choza abiertas? Se preguntaban. La curiosidad era más fuerte que saber que lo que estaban haciendo no estaba bien, y que si sus padres se enteraban les darían una reprimenda. Empujaron la puerta para entrar. Un golpe de luz inundó toda la estancia. Algunas herramientas para trabajar el huerto estaban a un lado. Del techo colgaban algunas ristres de ajos. En un rincón y en varias cajas de madera estaban amontonadas muchas piezas y restos de otras. Creyeron adivinar tuberías, válvulas, manivelas, y todas de un color amarillento. Revolvieron con las manos. Pedro se fijó en una pieza redonda de color más encendido que le cabía en la palma de la mano. No saben que tiempo pasaron observando aquel “tesoro”, pero advirtieron que alguien se podía acercar porque se escuchaba el caminar acompasado de una caballería. Para no verse sorprendidos por si aquellos pasos se dirigían hacia donde ellos estaban, decidieron saltar el muro de piedra que bordeaba el trasero de la choza. Se refugiaron entre las ramas de los eucaliptos. Desde allí vieron llegar a un hombre que conducía un burrito. El animal llevaba en su lomo un bulto envuelto con una lona oscura. El hombre paró el animal a la puerta del huerto que acababan de abandonar y cerrando la puerta lo amarró a una rama del olivo que crecía detrás del pozo. La lona cayó al suelo y pudieron ver lo que ocultaba: una caja de madera igual a las que contenían tantas piezas de color amarillo. La curiosidad y temor a ser descubiertos los mantenía inmóviles sin perder detalles. Con esfuerzo puso la caja en el suelo y después la introdujo en la choza. Momento que Pedro hizo seña a Juan y aprovecharon para salir corriendo y alejarse de aquel huerto.
Calcularon que no faltaría mucho para ver salir a sus compañeros, unirse a ellos y marchar a casa como si no hubiera ocurrido nada. Como si no hubieran echo la rabona. Camino de casa, Pedro sacó algo del bolsillo y lo puso en la mano de Juan. Era el trozo de metal redondo y amarillo que habían visto en aquellas cajas. Se empezaron a preocupar por si el dueño lo echaba en falta. Pasaron algunos días y la preocupación se había disipado, hasta que llegó a conocimiento de D. Gonzalo la posesión de la pieza amarilla y brillante, porque alguien se fue de la lengua pensando que aquello tendría mucho valor.
La llevaron y se la entregaron en privado, asegurándole que la habían encontrado de forma casual. Se enteraron que aquella pieza era una pequeña polea de bronce, un material muy apreciado y caro, les dijo D. Gonzalo. Pedro y Juan se miraron y pensaron lo mismo. Aquellas cajas estaban llenas de bronce, y si estaban ocultas es porque alguien pensaba venderlas para obtener una importante cantidad de dinero. Vaya dolor de barriga que les entró, pensando que acabarían en la Guardia Civil contando todo lo que habían visto.

Continuará...

José Gómez Ponce
Junio 2019